Resulta preocupante comprobar cómo, en ocasiones, pequeños grupos terminan acumulando un poder excesivo dentro de nuestras Hermandades.
Grupos reducidos que apenas participan de la vida corporativa, que no asisten a los cultos, que están ausentes de muchas actividades y que solo parecen aparecer en determinados momentos. Sin embargo, sus opiniones, intereses y decisiones terminan marcando el rumbo de una Junta de Gobierno y, por tanto, de toda una Hermandad.
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿cómo se puede dirigir aquello que apenas se vive?
Una Hermandad no puede quedar en manos de pequeños círculos de influencia. No puede construirse desde los intereses personales, las amistades o las estrategias internas. Una Hermandad debe ser el reflejo de sus hermanos y tener como principal fundamento sus cultos, su caridad, su formación y su vida diaria.
Porque antes de querer decidir por una Hermandad, hay que vivirla.
Y quizás el verdadero problema sea que estamos permitiendo que unos pocos, que apenas participan, tengan la capacidad de decidir por todos aquellos que sí están, sí trabajan y sí viven la Hermandad durante los 365 días del año.





