Hay una tentación muy vieja en esto del arte sacro: creer que uno vale para todo con solo asomarse al oficio. Sale el «multimaestro» de turno, ese todólogo capaz de dorar un resplandor, pintar un lienzo, esculpir una cartela y, por si fuera poco, pasarle un trapo a la madera para dejarla «barnizada». Y claro, luego pasa lo que pasa. Te acercas a contemplar un paso y ves el desastre: la unificación del color brilla por su ausencia, encuentras un costado que tira a caoba, una moldura que parece nogal deslucido y unas zonas tan gastadas que parece que han pasado por la mili. Un verdadero parcheo de tonos que tira por tierra cualquier coherencia artística.
Conviene decirlo con claridad, sin ánimo de sentar cátedra pero con el respeto absoluto que merece nuestro trabajo: las cosas bien hechas exigen disciplina, especialización y años de oficio.
Pretender que pasar un trozo de trapo por una talla con un poco de goma laca te convierte en charolista es una broma de muy mal gusto. Para empezar, porque eso no es saber trabajar a muñequilla. La técnica del barnizado tradicional no es impregnar madera por inercia; exige conocer el soporte, controlar la saturación, entender cómo absorbe el poro y dominar el pulso para que la luz corra uniforme por toda la superficie. No es frotar por frotar, es entender la química y el alma de lo que estás tocando.
Afortunadamente, no hay muchos de esos por ahí adelante. Pero el postureo moderno ha encontrado ahora un aliado nuevo: por mucha prosa artificial que se ponga en las publicaciones para epatar al personal, eso no te convierte en un dominador de la materia. Es más, ni siquiera saben defender las fotos que suben, porque las imágenes cantan de lejos; texturas que parecen de plástico, brillos imposibles y filtros que intentan disimular lo indefendible. Y para colmo, el que de verdad sabe de esto lo ve a leguas.
El pluriempleo artístico y la fanfarronería digital, cuando se hacen desde la improvisación y la soberbia, terminan siempre en chapuza. En el taller sabemos de sobra que cada disciplina tiene su miga y su respeto ganado a pulso. El que se pringa las manos con los barnices y las resinas sabe lo que cuesta equilibrar un tono para que el conjunto respire armonía.
No se trata de ir por la vida dando lecciones magistrales, sino de defender la dignidad del oficio. Las redes sociales y los textos de pega pueden vender humo durante cinco minutos, pero la obra real —la que se padece y se trabaja con los hierros de verdad— es la única que no necesita milongas. Menos ínfulas de genio todoterreno y más honradez con las manos. Al final, el desorden de los colores y el cartón piedra digital siempre acaban delatando a quien quiso abarcar tanto que terminó por no saber hacer nada.





