Hace unos días, indagando por las redes sociales, me encontré con una imagen que, a primera vista, podía parecer simplemente un calendario. Un listado de procesiones extraordinarias previstas para los próximos meses. Pero cuanto más lo miraba, más me costaba creer la cantidad de salidas que aparecían en él.
Y entonces pensé que quizá hemos llegado a un punto en el que deberíamos detenernos un momento y preguntarnos qué entendemos por extraordinario.
No hay nada malo en que una hermandad celebre un aniversario, una coronación, una efeméride importante o cualquier acontecimiento que merezca llevar a su titular a la calle de una manera diferente. De hecho, algunas de esas salidas terminan siendo momentos históricos para una corporación y para toda una ciudad. El problema aparece cuando aquello que nació para ser excepcional empieza a convertirse en parte habitual del calendario. Porque cuando uno mira determinadas agendas cofrades, la palabra “extraordinaria” empieza a perder precisamente su significado.
Tenemos extraordinarias prácticamente durante todo el año. Las hay en primavera, verano, otoño e invierno. A veces coinciden varias en un mismo fin de semana y, mientras una imagen apenas ha regresado a su templo, otra ya está preparando su salida. Y quizá deberíamos preguntarnos si no estamos cayendo en una especie de necesidad permanente de tener pasos en la calle.
Nos hemos acostumbrado tanto a lo extraordinario que lo excepcional empieza a parecernos normal.
Y eso, aunque pueda parecer una cuestión menor, tiene consecuencias. Porque una procesión extraordinaria debería generar expectación precisamente porque no ocurre todos los años. Debería sentirse como algo diferente, como un acontecimiento que rompe la rutina. Pero si el calendario está permanentemente lleno de ellas, ¿qué queda de esa sensación?
También existe otra cuestión que quizá resulte todavía más incómoda: ¿todas las extraordinarias responden realmente a una necesidad de la hermandad o, en algunos casos, hemos empezado a buscarnos motivos para sacar a nuestros titulares a la calle?
No afirmo que sea así siempre. Sería injusto. Hay celebraciones perfectamente justificadas y salidas que tienen un profundo sentido devocional. Pero quizá entre unas y otras haya aparecido una zona gris en la que la frontera entre celebrar algo verdaderamente excepcional y alimentar el calendario cofrade se ha vuelto demasiado fina.
Y tampoco podemos ignorar el papel que desempeñamos nosotros mismos.
Porque si existen tantas extraordinarias es, en parte, porque las consumimos. Acudimos, fotografiamos, compartimos, comentamos y esperamos la siguiente. Las redes sociales han convertido cada salida en un acontecimiento que se multiplica durante días y que, en ocasiones, parece necesitar inmediatamente otro para mantener la atención.
Quizá el problema no sea que haya demasiadas procesiones extraordinarias.
Quizá el problema sea que hemos dejado de saber qué significa la palabra extraordinaria.
Porque cuando todo es excepcional, nada lo es realmente.
Y tal vez convendría recuperar algo que las cofradías conocen perfectamente: el valor de la espera.
Que una imagen salga a la calle debería seguir siendo un acontecimiento. Algo que se espera durante mucho tiempo, que se prepara con ilusión y que, cuando finalmente sucede, se siente diferente.
No se trata de sacar menos por sacar menos.
Se trata de que cuando una hermandad anuncie una salida extraordinaria, volvamos a pensar realmente que estamos ante algo extraordinario.
Porque quizá la mejor manera de proteger lo extraordinario sea, precisamente, no convertirlo en ordinario.
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