Hay preguntas incómodas que debemos atrevernos a formular: ¿hacia dónde estamos llevando nuestras cofradías?
Durante generaciones, ser cofrade significó formar parte de una familia basada en la lealtad, el respeto y la fraternidad. Hoy, sin embargo, la rivalidad, el individualismo y la búsqueda de protagonismo parecen ocupar demasiado espacio.
Discrepar siempre ha sido normal. Lo preocupante es que hayamos dejado de hacerlo como hermanos. Las redes sociales han convertido muchas opiniones en enfrentamientos, y las diferencias en auténticas batallas. A veces parece que nuestras cofradías se han transformado en pequeñas fuerzas políticas: unos contra otros, olvidando el Evangelio que debería unirnos.
Una hermandad no pertenece al hermano mayor, a la Junta de Gobierno, a los costaleros, a la banda ni a quienes tienen más influencia. Pertenece a todos sus hermanos y, sobre todo, a aquello que representa.
Podemos tener mejores pasos, bandas, cultos y retransmisiones, pero si hemos perdido la capacidad de respetarnos, perdonarnos y ayudarnos, todo lo demás será únicamente apariencia.
Necesitamos volver a lo esencial: escuchar antes de juzgar, hablar con el hermano antes que sobre él, aceptar las diferencias y entender que ganar o perder una elección no convierte a nadie en vencedor o vencido.
Porque antes que costaleros, músicos, nazarenos, capataces o miembros de Junta, somos cristianos y somos hermanos.
Quizá el futuro de nuestras cofradías dependa de algo sencillo y difícil a la vez: volver a querernos como hermanos.





