La revirá | El valiente grito del Santo Entierro frente al silencio cobarde y la equidistancia cómplice

Hay pronunciamientos que pueden parecer, a primera vista, una simple declaración institucional y que, sin embargo, adquieren una dimensión mucho mayor cuando las circunstancias exigen abandonar la comodidad del silencio. El valiente posicionamiento del Santo Entierro de Sevilla en defensa de Ceuta, de sus habitantes y, de manera especialmente significativa, de sus Hermandades y Cofradías merece reconocimiento y aplauso porque la corporación ha entendido algo que debería resultar elemental: la fraternidad cristiana no puede ser una palabra hermosa para las ocasiones tranquilas, sino una obligación moral cuando quienes comparten nuestra fe atraviesan momentos de incertidumbre. La corporación sevillana ha expresado cercanía, solidaridad y afecto hacia la comunidad cristiana ceutí, recordando que la distancia geográfica no puede convertirse en una frontera para quienes forman parte de una misma Iglesia. Ha elevado sus oraciones por Ceuta y por todos sus habitantes, ha pedido concordia, respeto, convivencia y paz, y ha encomendado especialmente a sus Sagrados Titulares, el Santísimo Cristo Yacente y María Santísima de Villaviciosa, la fortaleza de quienes viven estas circunstancias con temor y desasosiego. No parece demasiado pedir que quienes compartimos una misma fe seamos capaces, al menos, de reconocer como propios los problemas que afectan a quienes profesan esa misma fe al otro lado del Estrecho.

Precisamente por eso resulta inevitable preguntarse dónde están los demás. Se echa de menos un posicionamiento inequívoco del resto de hermandades sevillanas y de tantas otras corporaciones repartidas por la geografía cofrade española que, ante una situación de esta naturaleza, parecen haber optado por refugiarse en una prudencia que empieza a parecerse demasiado a la cobardía. No se trata de convertir a las hermandades en actores partidistas ni de exigirles pronunciamientos sobre cualquier controversia política que aparezca en el horizonte. Se trata de algo infinitamente más elemental: defender aquello que forma parte de nuestra propia identidad cultural, religiosa y tradicional cuando se encuentra amenazado, y hacerlo sin complejos, sin equidistancias artificiales y sin ese buenismo barato que convierte cualquier conflicto en una oportunidad para repartir responsabilidades entre quienes sufren y quienes provocan la situación. Una cosa es reclamar serenidad, concordia y paz —algo que el Santo Entierro ha hecho con absoluta claridad— y otra muy diferente esconderse detrás de una falsa neutralidad cuando lo que está en juego afecta directamente a la libertad de quienes quieren seguir viviendo y manifestando públicamente su fe. La equidistancia no siempre es moderación; en ocasiones es simplemente miedo a decir lo que uno piensa.

Y convendría recordar que las Hermandades y Cofradías de Ceuta no son una nota al pie de nuestra religiosidad popular. Son parte de una tradición viva, de un patrimonio espiritual y cultural construido durante generaciones, de una manera de entender la fe que forma parte de España y de su historia. Cuando una comunidad cristiana afronta incertidumbre respecto de su futuro, cuando quienes forman parte de esas corporaciones sienten preocupación o desprotección y cuando la convivencia que conocen se ve perturbada, mirar hacia otro lado desde Sevilla, Andalucía o cualquier otro rincón de España constituye una forma de renuncia que difícilmente puede justificarse apelando a la prudencia. Y aquí es donde quienes durante años han convertido el buenismo en una especie de catecismo contemporáneo deberían preguntarse qué ocurrirá cuando aquello que hoy contemplan desde la distancia deje de ser un problema ajeno. Los silencios también dejan huella, y quienes ahora deciden no mojarse, quienes prefieren mantener una posición equidistante para no incomodar a nadie, tendrán que asumir algún día la responsabilidad moral de haber permanecido callados cuando quizá habría sido necesario levantar la voz. Porque la defensa de nuestras tradiciones y de nuestra cultura, incluida nuestra religión, no debería depender de que la amenaza aparezca convenientemente cerca de nuestra casa para que entonces descubramos que sí nos importa.

Por eso el gesto del Santo Entierro merece ser destacado precisamente en un momento en el que la comodidad parece haberse convertido en la principal virtud de demasiadas instituciones. La corporación ha elegido acompañar a Ceuta, ofrecer su fraternidad a sus hermanos cristianos y poner sus oraciones al servicio de una ciudad que necesita recuperar la serenidad y la normalidad. No ha necesitado estridencias ni consignas incendiarias; le ha bastado con hacer algo tan sencillo como no mirar hacia otro lado. Ojalá otras corporaciones comprendan que permanecer calladas no siempre significa contribuir a la paz y que, cuando están en juego cuestiones tan esenciales como la libertad religiosa, la identidad cultural y la preservación de unas tradiciones que pertenecen a varias generaciones, el silencio puede terminar siendo mucho más elocuente que cualquier comunicado. Porque quienes hoy contemplan los acontecimientos desde una prudente distancia pueden pensar que nada tienen que ver con ellos, pero las tradiciones no sobreviven únicamente gracias a quienes las practican: también necesitan de quienes están dispuestos a defenderlas cuando hacerlo deja de resultar cómodo. El Santo Entierro ha dado un paso al frente. Ahora corresponde al resto decidir si quiere caminar a su lado o permanecer contemplando desde la barrera. Y conviene no olvidar que cuando el miedo dicta el silencio, quienes pretenden preservar sus privilegios suelen agradecer enormemente que los demás permanezcan callados.