En el interior de algunas juntas de gobierno existe una especie particularmente perniciosa cuya capacidad de generar conflictos parece directamente proporcional a su incapacidad para resolverlos. Son los fabricantes de mal ambiente, individuos que parecen haber convertido la convivencia en una disciplina de combate y la gestión cotidiana en una sucesión interminable de pequeños incendios que ellos mismos contribuyen a provocar. No importa que una corporación tenga un proyecto razonable, que existan iniciativas acertadas o que el conjunto de la junta esté trabajando con seriedad: basta con que uno de estos personajes encuentre un charco para que, en lugar de rodearlo con prudencia, se lance de cabeza sobre él con una mezcla de protagonismo, imprudencia y una seguridad en sí mismo que difícilmente encuentra correspondencia en sus capacidades reales. Algunos necesitan estar permanentemente en el centro de todo; otros padecen una chulería tan resistente a cualquier razonamiento que convierten cualquier discrepancia menor en una cuestión de principios. Son, además, auténticos especialistas en el patético arte de tratar con malos modos a sus propios compañeros, como si ocupar un cargo les otorgara una suerte de patente de corso para despreciar, desautorizar o menospreciar a quienes deberían ser sus aliados. Y así, lo que debería ser una responsabilidad ejercida con discreción termina transformándose en un escaparate permanente de egos, susceptibilidades y conflictos perfectamente evitables. Lo verdaderamente preocupante es que muchas veces estos individuos ni siquiera son conscientes del daño que producen, porque su infinita soberbia les lleva a considerarse permanentemente en posesión de la verdad, depositarios de una especie de infalibilidad cuya magnitud resulta directamente inversamente proporcional a sus propias capacidades.
El asunto adquiere una gravedad considerable cuando, además, esas actitudes conviven con alguna iniciativa acertada, porque incluso aquello que podría merecer reconocimiento acaba sepultado bajo el ruido generado alrededor. Puede organizarse una actividad magnífica, impulsarse una actuación patrimonial necesaria, mejorar determinados aspectos de la vida interna o poner en marcha cualquier proyecto digno de elogio; pero si quien lo desarrolla se ha dedicado entretanto a sembrar enfrentamientos, alimentar suspicacias, entrar en todos los debates y convertir cada decisión en una batalla personal, el resultado termina inevitablemente contaminado. No basta con hacer cosas bien si la manera de hacerlas destruye la convivencia. Una corporación no es una empresa diseñada exclusivamente para presentar balances de resultados, ni una junta de gobierno puede evaluarse únicamente por el número de iniciativas ejecutadas. Existe algo mucho más delicado y trascendente que también forma parte de cualquier gestión: el ambiente, la confianza, la capacidad de trabajar juntos y la sensación de que quienes ocupan una responsabilidad están allí para servir y no para alimentar su propia necesidad de reconocimiento. Porque cuando el protagonismo se convierte en una adicción, la institución deja de ser el fin y comienza a convertirse en el escenario donde algunos pretenden representarse a sí mismos.
Y aquí aparece la responsabilidad de quien más manda, porque mantener deliberadamente a determinadas personas en puestos de responsabilidad no constituye una decisión neutra. Quien conserva a un elemento nocivo después de haber comprobado reiteradamente su capacidad para generar conflictos termina asumiendo también las consecuencias de sus actos. Puede hacerlo por amistad, por lealtad personal, por miedo a perder apoyos, por comodidad o sencillamente porque prefiere mirar hacia otro lado; pero ninguna de esas razones modifica el desenlace. El mal ambiente no desaparece porque se ignore. Al contrario: se instala, se normaliza y termina convirtiéndose en una forma de funcionamiento. Y mientras algunos se entretienen acumulando protagonismo, otros empiezan a cansarse. Primero dejan de intervenir; después abandonan determinadas responsabilidades; finalmente llega el momento en que personas válidas, sensatas y verdaderamente comprometidas deciden marcharse porque comprenden que no merece la pena permanecer en un lugar donde la convivencia se ha convertido en un ejercicio de resistencia. Es entonces cuando quien preside puede encontrarse con una paradoja devastadora: conservar a quienes generan el problema y perder a quienes contribuían a solucionarlo.
Porque quizá convendría recordar algo que debería constituir la primera regla de cualquier junta de gobierno: a una corporación se llega a servir, no a ocupar un lugar de privilegio bajo los focos. Se llega para aportar, para trabajar, para construir y, sobre todo, para comprender que ninguna responsabilidad pertenece realmente a quien la desempeña. Los cargos pasan; las instituciones permanecen. El ego, por mucho que algunos se empeñen, no forma parte del patrimonio de ninguna corporación. Por eso resulta tan peligroso permitir que determinados personajes terminen adquiriendo una influencia desproporcionada dentro de una junta. Una gestión que podría ser razonable puede convertirse en un auténtico disparate por culpa de quienes necesitan protagonizar cada episodio, convertir cada diferencia en una afrenta y cada decisión en una oportunidad para exhibirse. Y cuando los sensatos se marchan, no suele hacerlo el problema con ellos: el problema se queda dentro, instalado y fortalecido, acompañado precisamente por quien decidió no ponerle remedio. Entonces quizá ya sea demasiado tarde para descubrir que aquel proyecto que podía haber terminado en un éxito irrefutable ha sido arruinado por algo mucho más vulgar: la incapacidad de apartar a quienes confunden servir a una corporación con servirse de ella para satisfacer sus propias necesidades de protagonismo.





