Quince kilómetros. Quince kilómetros de camino duro, exigente y agotador, de horas de esfuerzo físico, de cansancio acumulado y de miles de personas avanzando junto a la Virgen hasta Almonte. Quince kilómetros que únicamente pueden comprender plenamente quienes los han recorrido, quienes han sentido el peso de las horas en las piernas, quienes han soportado el calor, el polvo, las esperas y las dificultades propias de un traslado de semejante magnitud en el que participaron hasta niños y abuelos. Y, sin embargo, desde la distancia y con frecuencia desde el desconocimiento más absoluto y la ignorancia más palmaria, todavía hay quienes se permiten juzgar esta manifestación de fe con una puerilidad difícilmente compatible con la realidad. Es sencillo opinar cuando no se ha caminado; resulta mucho más complicado comprender cuando nunca se ha experimentado. Pero basta observar lo ocurrido para comprobar que el Traslado de la Virgen del Rocío a Almonte constituye la expresión más poderosa de religiosidad popular que existe en España, en el mundo. Una multitud que algunos sitúan por encima del millón y medio de personas ha vuelto a acompañar a la Señora en su regreso a su pueblo, ofreciendo una respuesta que no necesita discursos ni justificaciones: la dimensión del Rocío se explica caminando.
Y esos quince kilómetros contienen, además, una respuesta contundente frente a uno de los tópicos más manidos y vergonzosos que se han construido alrededor del Rocío, incluso desde determinados sectores que, paradójicamente, se proclaman cristianos: esa acusación recurrente de que el rociero es rociero por la juerga, la fiesta y el alcohol. Basta contemplar el Traslado para comprender hasta qué punto semejante caricatura se desmorona cuando entra en contacto con la realidad. Allí no hay juerga ni fiesta ni alcohol que puedan explicar semejante concentración humana. No hay otra cosa que la Virgen, el camino y quienes deciden acompañarla durante horas hasta Almonte. Hay cansancio, esfuerzo, devoción, sacrificio, promesas y una voluntad inequívoca de permanecer junto a la Señora. Padres, hijos y abuelos; jóvenes y mayores; rocieros de toda la vida y personas que se acercan a esta devoción desde realidades diferentes convergen en un mismo camino. Y quizá convendría preguntarse qué clase de juerga es aquella capaz de movilizar a más de un millón y medio de personas para recorrer quince kilómetros detrás de una imagen mariana, soportando el cansancio y las dificultades de un trayecto que nada tiene de cómodo. La respuesta debería resultar evidente para cualquiera que observe sin prejuicios: el Rocío no puede reducirse a la caricatura de quienes lo contemplan desde fuera.
Porque precisamente esa capacidad de convocar, generación tras generación, constituye una de las mayores grandezas de esta devoción. El Rocío ha demostrado una extraordinaria capacidad para crecer sin dejar de ser él mismo, para incorporar nuevas generaciones sin romper el hilo de transmisión que une a padres con hijos y a abuelos con nietos, para modificar determinadas formas sin renunciar a una identidad profundamente arraigada. Es una devoción multitudinaria, transversal e imperecedera que ha sabido evolucionar sin desdibujar su esencia, preservando aquello que forma parte de su propia idiosincrasia mientras encuentra nuevos caminos para perpetuarse. Y quizá por eso resulta difícil comprender esa especie de ansiedad que pretende traducir su dimensión en la concesión de una Rosa de Oro, como si una distinción externa pudiera añadir grandeza a aquello que millones de personas llevan generaciones demostrando con sus vidas. La Virgen del Rocío no necesita un galardón para demostrar su importancia. No necesita competir con ninguna otra advocación, ni ganar un campeonato de devociones, ni recibir una medalla porque otra la tenga. Ninguna distinción pontificia puede hacer más grande aquello que ya posee una dimensión incontestable. Y tampoco su ausencia puede hacer más pequeño al Rocío. Pretender lo contrario supone medir una realidad espiritual con parámetros que poco tienen que ver con su verdadera naturaleza.
Después de contemplar esta Venida, quizá haya llegado el momento de entender definitivamente que la Virgen del Rocío no necesita absolutamente nada para seguir siendo la Virgen del Rocío. No necesita títulos, reconocimientos ni certificaciones externas que acrediten una grandeza que se manifiesta de manera evidente en cada generación que se acerca a Ella. No necesita una Rosa de Oro para entrar en el corazón de nadie porque hace mucho tiempo que ocupa un lugar privilegiado en el alma de millones de personas. Está en quienes aprendieron a quererla de sus mayores, en quienes recorren los caminos, en las hermandades que extienden su devoción por España y en quienes acaban de descubrirla. Y, sobre todo, está en esos quince kilómetros que desmontan tantos prejuicios y que muestran una realidad que algunos se empeñan en desconocer. El Rocío no necesita que nadie lo corone, porque su pueblo lleva generaciones haciéndolo cada vez que camina junto a su Virgen. La verdadera grandeza no está en una medalla, sino en la capacidad de una devoción para atravesar el tiempo, sobrevivir a las modas, transmitirse entre generaciones y reunir a una multitud extraordinaria alrededor de una misma advocación. Por eso, después de una Venida como esta, quizá la única conclusión posible sea la más sencilla: el Rocío no necesita ningún reconocimiento para demostrar lo que es. Le basta con seguir creciendo, sin perder su esencia, en el alma de quienes la aman.





