Los artesanos | Entre el pulso del tiempo y el refugio del taller

Ha llovido esta semana en Sevilla. Ha caído esa agua mansa y repentina que huele a tierra mojada y a asfalto caliente, sacudiéndole al aire la modorra de agosto. Con las primeras gotas, la ciudad entera parece desperezarse. Todo va volviendo a su cauce, a su tráfago diario, aunque en las esquinas aún se respire el rescoldo de los días largos.

​Uno se pregunta, mirando el cielo gris y el agua resbalando por los cristales de la calle, si es que se nos va el verano o si es que ya llama a la puerta el otoño. O si acaso, en este tiempo de frontera, las dos estaciones se dan la mano en silencio.

​Pero la verdad es que, para los que vivimos metidos en el fondo de un taller, la normalidad nunca se fue del todo.

​Mientras el mundo de fuera corre, descansa, viaja o mide el año en vacaciones y treguas estivales, aquí dentro el tiempo tiene otra medida. Las horas no se gastan en la playa ni se cuentan por calendarios oficiales; se miden en el compás pausado de los hierros, en el secado lento de la materia y en el silencio cómplice de las paredes que nos guardan. Para nosotros, las estaciones no cambian por decreto del termómetro, sino por el pulso de lo que tenemos entre manos.

​Hay algo profundamente unamuniano en esta manera de estar en el mundo, en este retiro voluntario donde la vida verdadera no se busca en el escaparate de lo que pasa allá afuera, sino en la hondura de lo que se queda dentro. El agua cae ahí fuera, la ciudad se alborota con sus prisas y sus retornos, y nosotros seguimos a lo nuestro, con el delantal puesto y la cabeza metida en el empeño de hacer las cosas con alma.

​Se irá el verano, vendrá el otoño con sus brumas y sus tardes cortas, y nosotros seguiremos aquí. Sabiendo que el tiempo pasa, sí, pero que hay refugios donde la vida, simplemente, se dedica a durar y a crear verdad.