Existen caminos que se recorren con los pies y otros que se recorren con el corazón. Días que, sin saberlo, terminan convirtiéndose en recuerdos para toda la vida.
El traslado de la Virgen del Rocío desde su Santuario hasta Almonte tiene algo de especial. Son tres leguas, pero en realidad son muchos más los kilómetros que se recorren por dentro. Son tres leguas cargadas de historia, de devoción, de sentimientos y, para algunos, de primeras veces.
Esta vez ha sido la primera para muchos. Y entre esas primeras veces está la de mi hija. Con tan solo 11 años, algunos incluso más pequeños, ha recorrido las tres leguas que separan El Rocío de Almonte, descubriendo que hay experiencias que no se pueden explicar del todo hasta que se viven.
Quizás cuando pasen los años no recuerde cada paso, cada parada o cada momento del camino. Pero estoy segura de que recordará lo esencial: que caminó junto a Ella hacia su pueblo. Que sintió el cansancio en las piernas, pero también la alegría de compartirlo. Que hubo momentos en los que reírse era inevitable, otros en los que simplemente había que seguir caminando y muchos en los que mirar alrededor bastaba para entender que aquello era algo mucho más grande.
Este traslado también ha sido un regalo en forma de amistades. Muchos de los que hemos compartido estas tres leguas venimos de lugares diferentes, de historias diferentes y, sobre todo, de hermandades diferentes. Somos cofrades acostumbrados a encontrarnos alrededor de otras advocaciones, de otros pasos, de otras devociones. Pero durante estas horas, todas esas diferencias quedaron a un lado. Porque hay algo que nos une por encima de cualquier medalla, cualquier escudo o cualquier hermandad: Ella. Bajo el manto de la Patrona Almonteña cabemos todos.
Y qué bonito ha sido comprobarlo caminando juntos. Personas de distintas generaciones, jóvenes y mayores, padres e hijos, amigos de siempre y amistades que quizá nacieron precisamente en este camino. Unos contando historias, otros haciendo bromas, algunos ayudando cuando las fuerzas empezaban a faltar y todos compartiendo ese lenguaje universal que tiene la devoción.
Hubo risas, convivencia, conversaciones, cansancio y complicidad. Hubo momentos para hablar de todo y momentos en los que el silencio decía mucho más. Hubo quien caminaba por primera vez y quien ya conocía perfectamente cada tramo. Y entre unos y otros se fue construyendo algo que no aparece en ningún programa ni en ninguna agenda: un recuerdo compartido.
Quizás esa sea una de las cosas más bonitas de la fe: que es capaz de sentar en el mismo camino a personas que, probablemente, fuera de allí jamás habrían coincidido.
Y mientras avanzábamos hacia Almonte, entre polvo, calor, risas y pasos, uno se daba cuenta de que la Virgen no solo estaba delante. También estaba haciendo posible que nos encontráramos nosotros.
Para mi hija, estas tres leguas serán su primera vez. Para otros, quizá una más de tantas. Pero estoy segura de que todos hemos regresado con algo diferente. Porque hay caminos que terminan cuando llegas a tu destino. Y hay otros que, cuando terminan, acaban de empezar dentro de ti.
Tres leguas. Una Patrona. Muchas generaciones. Distintas hermandades. Nuevas amistades. Y un mismo manto bajo el que todos, por un día, fuimos simplemente lo que somos cuando estamos junto a Ella: sus hijos, sus peregrinos y sus amigos.
Y quizá dentro de muchos años, cuando mi hija vuelva a recordar aquel traslado, no recuerde exactamente cuántos pasos dio.
Pero sí recordará que, siendo pequeña, caminó tres leguas para acompañar a la Virgen del Rocío hasta Almonte.
Y eso, sin duda, será uno de esos recuerdos que se quedan para siempre.





