El viejo costal | Holgazanear

Muchos de los que ostentan cargos, cargos de esos que tienen mayúsculas en su título y muchas palabrejas y responsabilidades en su contenido, muchos de estos pasan un verano que para sí lo quisiera algún político de renombre y fama del mismo tamaño.

Mienten el político y el del cargo, ambos dicen estar trabajando constantemente y lucen un moreno impresionante de playa, de esos que solo se alcanzan al llegar al mes de estar tirado en la arena de alguna recóndita playa, recóndita digo, para que esté alejada del lugar donde ha de estar trabajando, en su hermandad, que desde ahora, acabado el estival descanso, es cuando empieza la actividad de verdad. Se viene la Navidad, la preparación de cultos, y un larguísimo etcétera de asuntos que, por arte de magia, parece que nadie ha querido tocar durante el verano.

El moreno está reñido con el trabajo en la casa de hermandad, y el cargo debería estar reñido con el holgazanear cerca de un chiringuito de playa o en la misma arena. Han huido al empezar el verano y regresan creyendo que todo estará hecho, como si las cosas se hicieran solas, como si los proveedores llamaran a la puerta, los cultos se organizaran por telepatía, las cuentas se cuadraran mientras uno duerme la siesta y los hermanos, esos benditos hermanos que siempre están para todo, hubieran estado esperando pacientemente a que regresara el responsable de turno.

Y es que hay cargos que parecen tener un extraño sistema de funcionamiento, se pasan  once meses hablando de responsabilidad, compromiso, dedicación y servicio, y cuando llega julio aparece una palabra mucho más poderosa que todas las anteriores, “vacaciones”. Y vacaciones, por lo visto, en algunos casos significa desaparición absoluta.

Porque una cosa es tomarse unos días de descanso, que faltaría más, y otra bien distinta es convertir el descanso en una forma de vida, una cosa es desconectar unos días y otra es que haya que mandar una paloma mensajera para localizar al que ostenta el cargo, y no es que uno pretenda que el hermano mayor, el diputado, el secretario o quien corresponda viva pegado a la casa de hermandad las veinticuatro horas del día, pero entre eso y que durante un mes solo sepamos de él por una fotografía en la playa hay un término medio bastante razonable.

Es lo que tienen los mojitos, que nos nublan la memoria y las responsabilidades, al regreso deberás abordar todo lo pendiente y acumulado en este mes de vacaciones desmedidas, pero además te escucharemos, como muchos años, decir: “Hay tanto que hacer y tan poco tiempo…”, “Esto no hay quien lo aguante, tantísimo trabajo…”, cuando la realidad es que buena parte de ese trabajo es el acumulado de un mes de holgazanería, arena, sol y mojitos a desmedida.

No, querido hermano. Las tareas no se han multiplicado. Simplemente llevan un mes esperándote.

El cargo tiene un componente que casi nadie conoce de 24/7, y que incluye además las noches, no porque haya que dormir en la casa de hermandad, naturalmente, sino porque aceptar una responsabilidad implica estar disponible cuando haga falta, dentro de lo razonable, y no solamente cuando el calendario dice que se han acabado las vacaciones.

Mientras unos están buscando sombra, otros están buscando presupuestos, mientras unos están buscando una hamaca, otros están buscando soluciones,  mientras unos preguntan si el chiringuito tiene aire acondicionado, otros están preguntando si ha llegado el material para el próximo culto.

Ahí está quizá la diferencia. El que trabaja de verdad no necesita recordarnos constantemente que trabaja. No hace falta pregonarlo, ni contarlo, ni utilizar el cansancio como medalla. Se trabaja porque hay una responsabilidad adquirida y porque detrás de un cargo hay una institución, una historia, unos hermanos y, sobre todo, un compromiso que no entiende demasiado de temporadas altas o bajas.

Una cosa es tomarse unos días y otra entregar las llaves de la responsabilidad al socorrido “ya lo veremos en septiembre”, septiembre tiene la mala costumbre de llegar.

Y con septiembre llega la frase estrella: “Tenemos muchísimo trabajo” habría que añadir: “Y parte de él lo tenemos porque decidimos no hacerlo cuando tocaba”.

No hay peor compañero para un cargo que la holgazanería disfrazada de descanso, ni peor excusa que confundir el verano con una suspensión temporal de las obligaciones, ahora hay que aplicarse aquella máxima: “El verano no es excusa para parar; quien quiere progresar, también ha de trabajar cuando los otros descansan”. Y es que las tareas pendientes no se van de vacaciones, ni te ponen la piel morena.

El moreno se terminará yendo,  y cuando no quede rastro del bronceado, seguirá estando allí la Navidad, los cultos, las reuniones y ese larguísimo etcétera que parecía tan lejano cuando el mojito estaba frío.

Porque al final, en una hermandad, como en tantas cosas de la vida, hay quien vuelve de vacaciones con el moreno perdido y el trabajo hecho, y hay quien vuelve con un moreno espectacular y una lista de pendientes que da miedo, la diferencia es que el primero ha estado trabajando, y el segundo… holgazaneando.