El viejo costal | El silencio de la Berduga

Sí, con b. En el habla popular cordobesa, una berduga era una cosa de gran tamaño o fuerza. Así bautizó el barrio de la Corredera a la campana grande del Socorro, esa que guarda silencio desde hace ya tanto tiempo que ni recuerdo cuándo dejó de sonar, a pesar de ser una de las piezas sonoras más queridas del patrimonio cordobés.

Es cierto que su nombre procede del término verdugo/verduga, que en una de sus derivaciones populares terminó refiriéndose a algo grande, rotundo, que impone respeto. Y esta campana, por su poderoso sonido bronco, heredó aquel apodo cariñoso que el barrio le dio sin necesidad de actas ni documentos.

También es verdad que la palabra berduga no aparece como entrada en el diccionario de la RAE. Pero una de las acepciones de verdugo, concretamente la tercera, dice: “cosa que atormenta o molesta mucho”. Y tengo la certeza de que no es de ahí de donde proviene su nombre, porque la Berduga marcó durante siglos la vida del barrio: llamando a los cultos en la Ermita del Socorro, doblando a muertos con su toque lento cuando fallecía un vecino, avisando incendios, señalando fiestas y convocando a la gente en los momentos grandes y en los momentos duros.

Son muchas las campanas cordobesas que guardan nombres nacidos de la mezcla entre tradición y obligación. En Santa Marina: La GordaLa de los NoviosLa de la Aurora. En San Lorenzo: La GrandeLa ChicaLa de los CuartosLa de la Torre Baja. En San Andrés: La CatalanaLa TormentaLa Bomba. En San Pedro: La MayorLa de DifuntosLa de la Asunción.

Muchas de ellas suenan. Otras guardan silencio, como si su voz esperara, aletargada, el momento de volver a volar entre las callejas de su barrio. Y la Berduga, creo, es la que más tiempo lleva callada, por no sé qué problema técnico de la espadaña del Socorro. Un silencio que ha apagado también la leyenda del barrio sobre esta campana.

La tradición oral cuenta que la Berduga fue pagada por un verdugo que ejercía su oficio en la Plaza de la Corredera. Bajo su promesa: “Cuando yo cumpla mi oficio en la Corredera, que San Pedro toque a muertos.” Dicen que aquel hombre, consciente del peso moral de su trabajo, quiso que cada ejecución fuese acompañada por un toque solemne, para que el barrio supiera que un alma salía del mundo y debía ser encomendada.

Por eso, según la leyenda, él mismo costeó la campana mayor de la ermita del Socorro, situada a pocos metros de la plaza, para que avisara a San Pedro en el instante en que la sentencia se cumplía.

Podemos decir que esta campana pedía por las almas de quienes partían al más allá. La Berduga es la campana que rezaba primero por todos los ajusticiados, la que guarda aún hoy el eco de las almas que un día temblaron en la Corredera. Y ahora calla. Calla con un silencio solemne, doloroso, espeso, pesado.

Me gustaría oírla en un arrebato, en la salida tradicional de su Titular a la calle a finales de septiembre. Volteando y volviendo a la vida, en un alegre repique que anuncie que la más insigne vecina del Mercado Sánchez Peña, la patrona de los Visitadores Médicos, la Alcaldesa Perpetua de Córdoba, y Coronada, vuelve a sus calles. Y si su sonido es bronco, como corresponde a su nombre, mejor: que anuncie la vida, el paseo anual de la Reina del Cielo, la Madre del Socorro. Que vuelva a sonar la pólvora en la Corredera… y la Berduga en el cielo.