Hay una palabra que septiembre trae consigo casi sin que nos demos cuenta: volver.
Volver al trabajo. Volver al colegio. Volver a los horarios. Volver a las prisas. Volver a las calles con más tráfico y a las agendas llenas.
Y, por supuesto, volver a nuestras hermandades.
Después del paréntesis veraniego, septiembre vuelve a llenar nuestras parroquias de cultos, nuestras casas de hermandad de reuniones y nuestras calles de actividad cofrade. Córdoba recupera poco a poco ese pulso que nunca llega a perder del todo.
Porque aquí, aunque algunos piensen que la vida cofrade se guarda en un cajón hasta que llega la Cuaresma, no es así. Y Septiembre nos lo demuestra.
Pero hay una pregunta que quizá deberíamos hacernos mientras volvemos a nuestras rutinas:
¿Volvemos a la normalidad o volvemos a lo de siempre?
Y no es exactamente lo mismo. Porque volver a lo de siempre puede significar repetir calendarios, reuniones, ensayos, cultos y actividades como quien pulsa el botón de reinicio cada septiembre.
Volver a la normalidad, en cambio, debería significar regresar con ganas de hacer las cosas mejor.
Y ahí está, quizá, el verdadero reto.
Una hermandad no puede vivir solamente de lo que hace cuando sale a la calle. Ni una cofradía puede medir su grandeza únicamente por la calidad de sus pasos, por los estrenos, por la música que acompaña a sus titulares o por la cantidad de personas que aparecen detrás de una fotografía.
Todo eso importa. Claro que importa. El patrimonio importa. La estética importa. La organización importa. La tradición importa.
Pero no pueden ser el principio y el final de nuestra vida cofrade. Porque detrás de cada manto, de cada túnica y de cada cirio debería haber una persona.
Un hermano.
Alguien que no solamente aparezca cuando toca sacar el paso, sino que participe, que rece, que ayude, que conviva, que se forme y que se preocupe por su hermandad.
Quizá septiembre sea un buen momento para preguntarnos cuántos de nosotros regresamos a nuestra hermandad con verdadera ilusión y cuántos simplemente volvemos porque así lo marca el calendario.
Y luego están nuestras casas de hermandad.
Esas que deberían ser mucho más que almacenes, lugares de reunión o puntos de encuentro cuando se acerca una salida.
Una casa de hermandad debería ser eso: una casa. Un lugar donde se conozcan los hermanos, donde se acoja al que llega, donde se acompañe al que lo necesita, donde haya formación, oración, convivencia y también, por qué no, risas y buenos ratos.
Porque las hermandades también se construyen alrededor de una mesa.
Y quizá hemos olvidado un poco que una hermandad no se hace solamente delante de un paso.
Se hace también cuando alguien llama a la puerta y encuentra una mano tendida., cuando un hermano está pasando un mal momento y otro se interesa por él, cuando se visita a un enfermo, cuando se ayuda a una familia, cuando se acompaña a quien está solo, cuando se entra en una iglesia no para mirar una imagen, sino para rezar ante ella.
Y sí, también se hace cuando toca preparar una procesión, limpiar unos enseres, montar un altar o ensayar durante horas.
Pero todo debe tener un porqué.
Por eso, mientras Córdoba vuelve poco a poco a su rutina cofrade, quizá sería bueno que cada hermandad se hiciera su propia pregunta:
¿Qué queremos ser este nuevo curso?
¿Queremos simplemente hacer lo mismo que el año pasado? ¿O queremos dar un paso adelante?
No hace falta revolucionarlo todo.
A veces basta con recuperar cosas que nunca debimos perder.
Recuperar la convivencia, recuperar la formación, recuperar la participación, recuperar la vida de parroquia, recuperar el compromiso, recuperar la capacidad de mirar más allá del propio ombligo.
Porque nuestras hermandades son demasiado importantes como para vivir únicamente pendientes de lo que hacen las demás. Cada una tiene su historia, su identidad, sus problemas y sus sueños. Y septiembre puede ser una magnífica oportunidad para empezar a escribir una nueva página.
Así que sí: volvamos.
Volvamos a los cultos. Volvamos a las reuniones. Volvamos a los ensayos. Volvamos a las calles. Pero intentemos no volver simplemente a lo de siempre.
Que cuando encendamos de nuevo el cirio de nuestras hermandades no sea únicamente para iluminar el camino de nuestros titulares. Que sirva también para iluminar el camino de quienes formamos parte de ellas. Porque quizá el verdadero estreno de este nuevo curso no tenga que ser un bordado, una pieza de orfebrería o una nueva marcha.
Quizá el verdadero estreno sea una hermandad más viva, más unida, más comprometida y más cristiana.
Y eso no necesita presupuesto. Solo necesita voluntad.
Hasta la próxima.
Mientras tanto, seguiremos mirando nuestras Cofradías desde la luz de la Cera.





