Galería | La Merced, una mirada de miel en el silencio del Salvador

Este fin de semana, la Iglesia Colegial del Salvador ha vuelto a convertirse en escenario de uno de esos encuentros en los que la distancia entre el devoto y la imagen parece desaparecer. La solemne celebración del besamanos de Nuestra Madre y Señora de la Merced, titular mariana de la Archicofradía de Pasión, ha permitido contemplar de cerca una de las grandes obras de la imaginería sevillana contemporánea, en la intimidad de una ceremonia que invita a detener el paso, levantar los ojos y permanecer unos instantes ante la Madre de Dios.

Frente a Ella, el tiempo adquiere otra medida. La cercanía permite descubrir aquello que, desde una cierta distancia, apenas puede intuirse: la serenidad de sus ojos de cristal, la delicadeza de unas facciones recorridas por el dolor y la suavidad de unas manos que parecen guardar entre sus dedos todo cuanto el corazón no alcanza a expresar. Hasta el templo se ha acercado en estos días el fotógrafo Benito Álvarez, compañero que ha dejado testimonio gráfico de este acontecimiento y de esa particular intimidad que nace cuando la devoción encuentra en la mirada de la Virgen un lugar donde detenerse.

Una nueva Dolorosa para la Archicofradía de Pasión

La presencia de la actual imagen de la Merced en la Archicofradía de Pasión hunde sus raíces en 1966, cuando la Junta de Gobierno presidida por Juan Fernández Rodríguez García del Busto, Medalla de Oro y Hermano Mayor Honorario Perpetuo de la Hermandad, emprendió las gestiones destinadas a sustituir la antigua imagen mariana. Aquella Dolorosa contaba con la devoción de los hermanos, pero la corporación consideraba que poseía escaso mérito artístico y carecía de una auténtica expresividad dolorosa, circunstancias que motivaron la búsqueda de una nueva representación de la Virgen.

Los Oficiales de Pasión conocían entonces la existencia de una imagen en el taller del prestigioso escultor Sebastián Santos, circunstancia que abrió el camino hacia una nueva etapa. Antes de adoptar una decisión definitiva, la Junta recabó informes de reconocidas personalidades del mundo artístico hispalense, con el propósito de obtener una valoración autorizada acerca de los valores estéticos y religiosos de la talla que se planteaba entronizar.

Entre aquellas opiniones se encontraba la de José Sebastián y Bandarán, hermano de la corporación, Camarero del Señor de Pasión y Director Espiritual de la Hermandad, además de Académico de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría y Patrono del Museo. Su valoración destacó la extraordinaria capacidad de la imagen para suscitar devoción, al considerar que poseía una “hermosura singular” y una “espiritualidad intensísima”, cualidades que, según su apreciación, se veían reforzadas por su majestad y señorío.

Con estos dictámenes sobre la mesa, la Junta de Gobierno convocó Cabildo General Extraordinario para el domingo 6 de febrero de 1966. El segundo punto del orden del día contemplaba precisamente la propuesta de sustitución de la Dolorosa. La iniciativa recibió, según quedó recogido en el acta, la aprobación “por entusiasta aclamación”, abriendo definitivamente el camino para la llegada de la nueva imagen mariana.

La autorización para su bendición llegaría pocos días después, mediante decreto fechado el 14 de febrero de 1966 y firmado por el entonces Cardenal Arzobispo de Sevilla, José María Bueno Monreal. La ceremonia de bendición quedó fijada para el viernes 26 de marzo, a las ocho de la tarde, y fue presidida por el entonces Obispo Auxiliar de la Archidiócesis, José María Cirarda Lachiondo, quien posteriormente sería Arzobispo de Pamplona. Ejercieron como padrinos el Hermano Mayor, Juan Fernández, y su esposa, Isabel de Argüeso.

El rostro en el que habita la serenidad

Acercarse hoy a Nuestra Madre y Señora de la Merced supone encontrarse con una obra en la que Sebastián Santos conjugó la belleza con una expresión contenida del dolor. Su rostro, tallado en madera de ciprés, se construye desde una serenidad atemperada que convive con una angustia igualmente contenida, sin estridencias, como si el sufrimiento permaneciera recogido en el interior de la imagen.

Y es precisamente en los ojos donde ese lenguaje alcanza una particular intensidad. Grandes, de color miel y realizados en cristal, aparecen tamizados por pestañas postizas y enmarcados por unas cejas de trazo descendente. Su tamaño es algo superior al que Sebastián Santos empleaba habitualmente en sus imágenes, circunstancia que contribuye a generar una mirada de extraordinaria serenidad y acusado realismo. Cuando el visitante se sitúa frente a Ella, esa mirada parece abandonar la materia para establecer un diálogo silencioso, de esos que no necesitan palabras porque basta con permanecer unos segundos ante sus ojos.

Sobre las mejillas se deslizan siete lágrimas de cristal, habituales en la producción del escultor y concebidas como recuerdo de los dolores padecidos por la Virgen durante su vida terrenal. No son únicamente un recurso iconográfico: en la cercanía, cada lágrima parece prolongar la expresión del rostro y conducir la mirada hacia una tristeza profunda, aunque siempre medida y contenida.

Los labios, ligeramente entreabiertos hasta permitir incluso la visión de la lengua, parecen contener un sollozo que nunca termina de convertirse en palabra. Bajo el rostro, el cuello, esbelto y de modelado blando, evidencia el cuidado anatómico con el que fue concebida la talla. Tanto la mascarilla como las manos presentan pálidas y rosáceas carnaciones, una policromía que remite a las primeras obras de Sebastián Santos y que aporta al conjunto una delicadeza particular.

Las manos de la Merced

La contemplación cercana permite detenerse también en las manos, igualmente ejecutadas en madera de ciprés, donde Sebastián Santos se apartó de algunos de los modelos que había empleado anteriormente. La derecha adquiere una especial singularidad por la disposición de los dedos: el índice y el anular aparecen separados, mientras que los dedos corazón y meñique se flexionan en sentido contrario desde la articulación de los metacarpos hacia dentro.

Son detalles que quizá pasan inadvertidos cuando la imagen se contempla desde la distancia de un altar o durante una estación de penitencia, pero que cobran una dimensión distinta cuando la Virgen se ofrece a la mirada cercana. El besamanos permite precisamente esa pausa, ese detenerse ante lo pequeño, ante aquello que el movimiento de la calle obliga a contemplar fugazmente.

Porque hay imágenes que se contemplan y hay imágenes ante las que, de alguna manera, uno termina encontrándose. La Merced pertenece a esa segunda categoría. Su mirada no necesita imponerse; permanece. Sus ojos de cristal, grandes y serenos, parecen esperar al devoto sin reclamarle nada, como si conocieran de antemano las palabras que este no sabe pronunciar. Y en esa proximidad, cuando apenas media distancia entre el rostro de la Virgen y quien se sitúa ante Ella, la solemnidad deja paso a una intimidad difícil de explicar.

Una obra especialmente querida por Sebastián Santos

La imagen de Nuestra Madre y Señora de la Merced fue una de las obras más apreciadas por su propio escultor y recibió innumerables elogios desde el mismo momento de su bendición en 1966. Sebastián Santos había modelado previamente su efigie, pero la talla que finalmente realizó para la Archicofradía de Pasión fue concebida con especial cuidado, esmero y libertad creativa, circunstancias que explican la singularidad de su resultado.

El conjunto constituye así una de las obras de mayor calidad y más cuidada factura dentro de la imaginería contemporánea, una creación en la que el escultor desarrolló con particular atención la expresión, la anatomía, la policromía y el lenguaje de las manos y de los ojos.

Y quizá sea precisamente por eso por lo que el encuentro con la Merced adquiere una dimensión especial cuando la distancia desaparece. Allí, en la quietud del Salvador, frente a frente con la Madre de Dios, el devoto encuentra unos ojos que parecen guardar una historia de dolor y serenidad; siete lágrimas que hablan de sus padecimientos; unos labios que contienen un sollozo; unas manos delicadamente abiertas al misterio de la súplica. Y durante unos instantes, mientras todo alrededor parece quedar suspendido, solamente permanecen Ella y quien la contempla, unidos por la frágil y poderosa intimidad de una mirada.