La exposición «El Señor me dio… El legado de San Francisco en la Diócesis de Córdoba» ha reunido por primera vez en la Mezquita-Catedral una selección de obras procedentes de conventos, iglesias y hermandades de toda la provincia, trazando un recorrido por siete siglos de presencia franciscana a través del arte, la espiritualidad y el patrimonio. Con motivo de esta iniciativa, Alfonso M. Muñoz Rodríguez, licenciado en Historia del Arte, máster en Museología y responsable del comisariado, atiende a Gente de Paz para desgranar las claves de una muestra que combina piezas de maestros como Pedro Roldán, Luisa Roldán o Pedro de Mena con las propuestas de diversos creadores contemporáneos.
En esta entrevista, el comisario aborda el origen y la concepción de un proyecto enmarcado en el VIII Centenario del tránsito de San Francisco de Asís, así como los criterios que han guiado la selección de las obras y las dificultades inherentes a la concentración de un patrimonio habitualmente disperso. Muñoz Rodríguez también reflexiona sobre el diálogo entre tradición y creación contemporánea, la relevancia de la colaboración institucional y el significado de presentar este legado en un enclave tan singular como la Mezquita-Catedral de Córdoba.
El origen y la concepción de la exposición
—¿Cómo surge la idea de organizar «El Señor me dio… El legado de San Francisco en la Diócesis de Córdoba» y qué circunstancias han hecho posible reunir, por primera vez, una selección tan amplia de obras vinculadas a la tradición franciscana de la provincia?
La idea nace en el contexto de la celebración del VIII Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís, una efeméride que para la Familia Franciscana tenía que ir más allá de la celebración estrictamente religiosa. Queríamos mostrar que la presencia franciscana forma parte de la historia de Córdoba y que, durante más de siete siglos, ha dejado una huella espiritual, artística, cultural y social muy profunda.
De hecho, fue en el pasado mes de mayo cuando se planteó por primera vez en el seno de las comisiones que estaban trabajando en la organización del Centenario la posibilidad de hacer una exposición como esta. Desde ese momento comenzó un trabajo intenso de investigación, selección de piezas, contacto con las comunidades y propietarios, solicitud de préstamos, documentación, seguros, transporte, restauración, diseño y montaje.
«La idea nace en el contexto de la celebración del VIII Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís»
Y hay que tener en cuenta que todo ese proceso se ha realizado prácticamente en tiempo récord. Hemos tenido que organizar y montar una exposición de esta dimensión en apenas cuatro meses y, además, con el mes de agosto de por medio, que en muchos ámbitos es prácticamente un mes inhábil. Eso ha obligado a multiplicar esfuerzos, a trabajar con muchísima intensidad y, sobre todo, a contar con la generosidad y la disponibilidad de muchas personas e instituciones.
Por eso, cuando este comisario contempla hoy la exposición terminada, puedo hablar de un esfuerzo verdaderamente titánico que, afortunadamente, ha merecido la pena.
La exposición nace, por tanto, con la voluntad de acercarnos a un hombre que, hace ochocientos años, dejó una huella que todavía hoy sigue viva entre nosotros: espiritual, humana, cultural, artística y patrimonial mediante un patrimonio que, en buena medida, permanece disperso entre conventos, iglesias, parroquias y hermandades. La propia memoria del proyecto subraya que la presencia franciscana en Córdoba se remonta a la fundación del primer convento en 1236 y que la exposición pretende poner en valor esa herencia.

Reunir estas obras ha sido posible gracias, sobre todo, a la generosidad y confianza de las comunidades religiosas de capuchinas, clarisas, concepcionistas, franciscanos y capuchinos de la Diócesis, la Santa Iglesia Catedral, la Parroquia de San Francisco y San Eulogio, y las Hermandades franciscanas de la Paz y Esperanza, la Soledad y el Císter, de Córdoba, y la de la Vera Cruz de Bujalance, que han abierto sus puertas y han permitido que piezas que normalmente no están al alcance del público puedan contemplarse juntas por primera vez.
«Queríamos mostrar que la presencia franciscana forma parte de la historia de Córdoba»
Y creo que eso es precisamente lo que hace especial esta exposición: no se ha construido solamente a partir de grandes obras, sino a partir de la confianza de muchascomunidades que han entendido que este patrimonio, sin dejar de pertenecer a sus lugares de origen, podía durante unas semanas contar una historia común en la Catedral de Córdoba.
Así que, mirando el resultado final, creo que podemos decir que ha sido poco tiempo para un proyecto grande y potente, pero también que la ilusión, la generosidad y el trabajo de todos han conseguido que ese esfuerzo haya merecido realmente la pena.
—El título de la muestra procede del Testamento de San Francisco de Asís. ¿Qué significado tiene esta referencia en el discurso expositivo y cómo ha condicionado la manera de estructurar el recorrido por los siete siglos de presencia franciscana en Córdoba?
«El Señor me dio…» es mucho más que un título. Es la clave de lectura de toda la exposición. Aunque, a lo largo de la entrevista se entenderá, bien podría subtitularse: de las Clausuras al corazón de la Diócesis.
El Testamento de San Francisco nos permite alejarnos de una exposición puramente biográfica o de arte religioso sin más, y plantear un recorrido por la transformación interior del santo de Asís. El visitante no va encontrando simplemente episodios de la vida de Francisco, sino cómo su encuentro con Dios va cambiando progresivamente su manera de mirar: primero a sí mismo, después a Cristo, luego a los hermanos y finalmente a María y a toda la creación.
«Durante más de siete siglos, (Francisco) ha dejado una huella espiritual, artística, cultural y social muy profunda»
Por eso hemos querido que la exposición sea, ante todo, un itinerario espiritual, un recorrido por el interior de un hombre que sigue siendo referencia para creyentes y no creyentes. Precisamente así es como en la memoria del proyecto se define el concepto museológico de esta muestra: como un recorrido experiencial articulado en torno al proceso interior vivido por Francisco desde que descubre el Evangelio.
—Como licenciado en Historia del Arte y máster en Museología, ¿cuáles han sido los principales desafíos a la hora de diseñar una exposición que debe conjugar el valor artístico de las piezas con su dimensión espiritual, histórica y devocional?
El principal desafío ha sido precisamente no separar lo artístico de aquello para lo que estas obras fueron creadas.
Muchas de las piezas que vemos no nacieron para estar en un museo. Nacieron para la oración, para la liturgia, para la contemplación o para acompañar la vida de una comunidad religiosa. Si las presentamos únicamente como objetos artísticos, perdemos una parte fundamental de su significado.
Por eso hemos intentado construir un discurso en el que pintura, escultura, orfebrería, bordados, documentos y elementos litúrgicos dialoguen con textos históricos y con el pensamiento de San Francisco. Lo interesante es que el proyecto museográfico combina patrimonio artístico, documentos, citas históricas, elementos litúrgicos y recursos gráficos con un lenguaje accesible.
El reto ha sido conseguir que el visitante pueda admirar la obra, comprenderla y, al mismo tiempo, percibir para qué fue creada y qué experiencia espiritual hay detrás de ella.

El patrimonio reunido y sus particularidades
—La muestra reúne obras que abarcan desde el siglo XIV hasta el XXI. ¿Qué transformaciones en la representación artística de la espiritualidad franciscana pueden descubrirse a través de este amplio recorrido cronológico?
Una de las cosas más interesantes es comprobar que el franciscanismo no ha dejado de generar imágenes, devociones y formas artísticas a lo largo de los siglos.
Encontramos distintas maneras de representar a Francisco, a Cristo, a María, a los santos franciscanos, la fraternidad universal, pero detrás de esa diversidad permanece un mismo núcleo espiritual. La exposición reúne pinturas, esculturas, orfebrería, documentos y ornamentos litúrgicos procedentes de distintos lugares de la diócesis.
Y hay algo especialmente importante: terminamos llegando al siglo XXI. La presencia de artistas contemporáneos demuestra que Francisco no es solamente una figura del siglo XIII, sino alguien cuyo mensaje sigue siendo actual, que continúa provocando preguntas y generando creación artística.
Se trata de una exposición donde nos vamos a deleitar con un conjunto de piezas de primer nivel, mudas de ellas difícilmente visibles y otras directamente ocultas en las clausuras que podrán contemplarse desde cerca.
«Puedo hablar de un esfuerzo verdaderamente titánico que, afortunadamente, ha merecido la pena»
—Entre las piezas seleccionadas figuran obras de Pedro Roldán, Luisa Roldán, Duque Cornejo, Pedro de Mena y el círculo de los Hermanos Mora. ¿Qué criterios se han seguido para escoger estas piezas y qué aportan a la comprensión de la riqueza del patrimonio franciscano cordobés?
El criterio fundamental no ha sido reunir simplemente una colección de grandes piezas de autores de primer nivel, sino seleccionar aquellas obras que ayudan a contar el relato de la exposición.
Evidentemente, contar con piezas vinculadas a maestros fundamentales del arte español aporta una extraordinaria calidad artística, pero cada obra tenía que cumplir también una función dentro del itinerario espiritual que hemos planteado.
Había también un segundo criterio que para mí era muy importante: acercar a los visitantes obras que, aun teniendo una enorme calidad e interés, son mucho menos conocidas fuera de sus lugares de origen. Y, en algunos casos, incluso buscar dentro de la producción de un mismo artista aquella pieza menos conocida, aquella que normalmente queda en un segundo plano frente a otras obras maestras.
Un ejemplo muy claro lo encontramos en dos imágenes de San Pedro de Alcántara de Pedro de Mena que conservamos en la Diócesis: una perteneciente al Convento Franciscano de Madre de Dios de Lucena y otra la de la Parroquia de San Francisco, de Córdoba. Son dos obras del mismo gran maestro, pero nuestra intención no era simplemente traer a la exposición la pieza más conocida, sino precisamente dar visibilidad a aquella que permanece más desconocida para el público. En este caso, la imagen procedente de Lucena permite descubrir una obra de Pedro de Mena que muchos visitantes, probablemente, no han tenido ocasión de contemplar ni, incluso, conocían de su existencia.
Creo que ahí está una de las grandes riquezas de la muestra: poner en diálogo las obras maestras con otras piezas menos conocidas, pero igualmente importantes para comprender la dimensión del patrimonio franciscano cordobés. Porque el patrimonio no está formado únicamente por las obras que ya conocemos, sino también por todas aquellas que permanecen en conventos, parroquias y espacios religiosos y que, precisamente por esa circunstancia, han quedado alejadas de la mirada del público.

Por eso esta exposición pretende también ser una oportunidad para redescubrir nuestro propio patrimonio. No solamente venir a contemplar a Pedro Roldán, Luisa Roldán, Pedro de Mena o Duque Cornejo, sino descubrir que detrás de esos grandes nombres existe además un patrimonio franciscano cordobés mucho más amplio, diverso y, en ocasiones, sorprendente.
—La exposición permite contemplar bienes que habitualmente permanecen en conventos de clausura o alejados de los circuitos de exhibición pública. ¿Qué importancia tiene, desde el punto de vista de la conservación y la difusión patrimonial, acercar estas obras a un público más amplio?
Lo repito siempre que puedo: es fundamental, porque existe un patrimonio franciscano de enorme importancia que no siempre es conocido por la sociedad cordobesa.
Hay piezas que durante siglos han permanecido en sus lugares de culto o incluso en espacios de clausura. Sacarlas excepcionalmente de esos lugares permite que puedan ser conocidas, estudiadas y valoradas por un público mucho más amplio.
«“El Señor me dio…” es mucho más que un título»
Pero hacerlo implica también una enorme responsabilidad. La exposición ha incorporado medidas de conservación preventiva, seguros especializados, transporte profesional, control de las condiciones ambientales, instalación museográfica y labores de mantenimiento de las obras.
Por tanto, difusión y conservación no son cuestiones contrapuestas: difundir adecuadamente este patrimonio es también una forma de contribuir a su conocimiento y valoración.
Lo que es verdad es que todas estas obras podrían formar parte de cualquier museo o colección importante del mundo, y con esta muestra queremos hacer ver a todos los cordobeses de la riqueza patrimonial de nuestra Diócesis. Y una última cuestión: constituye un hecho excepcional e irrepetible poder unir todos estas piezas de la provincia en un espacio incomparable como la Santa Iglesia Catedral de Córdoba.
—Uno de los aspectos singulares de la muestra es que muchas de las piezas no han sido sometidas a intervenciones de restauración. ¿Qué valor documental tiene esta circunstancia y qué precauciones ha sido necesario adoptar para garantizar su adecuada conservación durante la exposición?
En determinadas piezas, el hecho de que hayan llegado hasta nosotros prácticamente sin intervenciones importantes forma parte de su propia historia.
Por eso no queríamos convertir esta exposición en una campaña de restauración. El objetivo ha sido conservar y presentar, no transformar. Como explicamos en el discurso de la muestra, el mantenimiento ha pretendido respetar la esencia, la historia, el aspecto y las condiciones en las que las piezas han llegado hasta nosotros. Por eso encontraremos en la exposición imágenes con algunos dedos rotos, con fisuras, incluso con los efectos de haber sufrido la carcoma… Todas estas imperfecciones nos hablan de la historia vivida por cada pieza en sí.
«Es la clave de lectura de toda la exposición»
Por eso se exige todavía más cuidado: transporte especializado, manipulación adecuada, condiciones ambientales controladas, montaje correcto y, cuando ha sido necesario, intervenciones muy respetuosas de mantenimiento y limpieza superficial. Es una filosofía de conservación preventiva que permite que el visitante contemple las obras con la mayor fidelidad posible.
—La presencia de la Virgen de las Navas junto a un frontal de altar bordado en oro de época renacentista, así como la incorporación de la gran custodia de Cristóbal Sánchez Soto, ponen de relieve la importancia de las artes suntuarias en este legado. ¿Qué papel desempeñaron históricamente la orfebrería y los tejidos litúrgicos en la expresión de la espiritualidad franciscana?
Las artes suntuarias son fundamentales porque muestran cómo la espiritualidad también se expresó a través de la belleza puesta al servicio de la liturgia y de la devoción.
La custodia, los bordados, los ornamentos o los objetos vinculados al culto no son elementos secundarios. Formaban parte de una experiencia religiosa en la que el arte contribuía a hacer visible aquello que se celebraba.
En la exposición, la monumental custodia de Cristóbal Sánchez Soto, el frontal de altar procedente de Belalcázar o la Virgen de las Navas permiten precisamente acercarnos a esa dimensión. Y en el caso de ésta hay además un componente patrimonial extraordinario, porque desde hace muchos años permanece fuera de la contemplación pública.

La relación entre patrimonio histórico y creación contemporánea
—«El Señor me dio…» no se limita a mostrar obras de siglos pasados, sino que incorpora también creaciones de Antoine Cas, Jesús Zurita, Chema Rodríguez, el hermano Xavier Lamas y el ilustrador José Gabriel Llamas. ¿Qué buscaba aportar con la presencia de estos artistas contemporáneos al discurso general de la exposición?
Queríamos demostrar que el legado franciscano sigue vivo.
Si hubiéramos construido una exposición exclusivamente con obras históricas, podíamos haber transmitido, aunque fuera involuntariamente, la idea de que estamos hablando de una realidad que pertenece al pasado. Y no es así.
El franciscanismo no terminó en 1226, no terminó con el Tránsito de San Francisco: el franciscanismo está aquí. Y el ejemplo más palpable es la Familia Franciscana presente en nuestra Diócesis, la cual goza de muy buena salud y sigue trabajando denodadamente en la educación, en la pastoral, la contemplación, la acción social, la atención a las personas vulnerables, la evangelización o la promoción humana.
Por eso hemos querido incorporar la mirada de artistas contemporáneos. Antoine Cas, Jesús Zurita, Chema Rodríguez, el hermano Xaime Lamas o José Gabriel Llamas aportan lenguajes diferentes, pero todos dialogan con Francisco desde nuestro presente. La memoria habla precisamente de favorecer el diálogo entre fe, cultura y sociedad.
«Hemos querido que la exposición sea, ante todo, un itinerario espiritual»
—¿Cómo se ha articulado el diálogo entre las piezas históricas y las propuestas artísticas actuales para evitar que la tradición franciscana se perciba como una realidad exclusivamente vinculada al pasado?
El diálogo se establece a partir de las preguntas que plantea Francisco, más que a partir de una simple comparación estética entre obras antiguas y contemporáneas.
Las piezas históricas nos muestran cómo otras generaciones vivieron y expresaron la experiencia franciscana. Las obras actuales nos preguntan qué significa esa experiencia para nosotros.
Por eso, por ejemplo, una obra contemporánea como el Cántico de las Criaturas, de Jesús Zurita, puede dialogar con aquello que Francisco contemplaba hace ocho siglos. La tradición no aparece entonces como algo cerrado, sino como una fuente que continúa generando creación, reflexión y preguntas.
—Desde su perspectiva como comisario, ¿qué elementos del pensamiento y de la espiritualidad de San Francisco de Asís mantienen una especial capacidad de interpelación en la sociedad contemporánea y cómo se reflejan en las obras reunidas?
Creo que precisamente aquellos aspectos que tienen una dimensión profundamente humana: la fraternidad, la paz, la dignidad de la persona, la solidaridad, el cuidado de la creación y la capacidad de mirar al otro sea cual sea su raza, sexo, idea o religión. Estos valores son elementos de plena vigencia en nuestra sociedad.
Y eso está presente en el propio recorrido expositivo. Francisco comienza dejando de mirarse exclusivamente a sí mismo y aprendiendo a mirar a Dios y a los demás. Por eso la exposición no pretende simplemente contar quién fue Francisco, sino plantear al visitante una pregunta sobre su propia vida.
«Muchas de las piezas que vemos no nacieron para estar en un museo»
La organización y el significado de la muestra
—La exposición ha requerido la colaboración de conventos, comunidades religiosas, parroquias y hermandades de distintos puntos de la provincia. ¿Qué dificultades ha planteado coordinar a tantos propietarios y custodios de las piezas, especialmente cuando algunas proceden de comunidades de clausura?
Ha sido, sin duda, una de las partes más complejas del proyecto, pero también una de las más bonitas.
Estamos hablando de obras que tienen detrás una historia, una comunidad y muchas veces una profunda vinculación devocional. Por eso era imprescindible trabajar desde la confianza y el respeto.
Ha habido que coordinar préstamos, documentación, transporte, seguros, conservación y montaje, pero también explicar a cada comunidad el sentido de la exposición y las garantías con las que sus piezas iban a ser trasladadas y exhibidas.

La respuesta de conventos, parroquia y hermandades ha sido fundamental. Sin esa confianza, esta exposición sencillamente no habría sido posible. Tengo que destacar, con mucha alegría, la implicación real de las distintas comunidades religiosas, parroquias y hermandades en el proyecto, lo cual ha facilitado muchísimo el proceso de organización y de montaje.
—La Mezquita-Catedral constituye el escenario de esta muestra, que se presenta en las naves de la ampliación de Almanzor. ¿Qué aporta este espacio al discurso expositivo y qué relación ha buscado establecer entre el legado franciscano y uno de los grandes referentes históricos y religiosos de Córdoba?
La Mezquita-Catedral aporta una dimensión extraordinaria porque convierte la exposición en un encuentro entre patrimonio, historia, arte y espiritualidad.
Las obras proceden de muchos lugares de la provincia y, durante unas semanas, y creo que por una única ocasión, se reúnen en uno de los grandes espacios patrimoniales de Córdoba. Eso permite que piezas que durante siglos han estado separadas puedan ser contempladas bajo una misma luz y dentro de un discurso común.
«Si las presentamos únicamente como objetos artísticos, perdemos una parte fundamental de su significado»
Además, el propio proyecto tiene una clara vocación de servicio público; la exposición pretende acercar a toda la ciudadanía un patrimonio que habitualmente se encuentra custodiado en conventos, monasterios y parroquias.
—La Diputación Provincial asume los seguros, el transporte, los trabajos de imprenta, el montaje y el mantenimiento de las piezas, además de preparar un libro-catálogo sobre la exposición. ¿Qué importancia tiene esta colaboración institucional para garantizar la conservación y la difusión de un patrimonio que, en buena medida, permanece disperso por la provincia?
La colaboración de la Excma. Diputación Provincial de Córdoba ha sido fundamental, y creo que debe señalarse expresamente que se ha materializado mediante una subvención excepcional concedida con motivo del VIII Centenario.
No estamos ante una actividad ordinaria. Estamos ante una conmemoración extraordinaria y que implica movilizar un patrimonio de enorme valor. Por eso la memoria justificaba expresamente la necesidad de un apoyo institucional extraordinario. Y es más, Córdoba es la única ciudad de España que ha celebrado este centenario con una exposición antológica como esta; los cordobeses tardamos en hacer y celebrar, pero cuando lo hacemos, lo hacemos a lo grande, pero para ello necesitábamos la implicación, entre otros, de la Diputación, destacando particularmente el entusiasmo del Presidente de la institución provincial, D. Salvador Fuentes.
«El reto ha sido conseguir que el visitante pueda admirar la obra, comprenderla y, al mismo tiempo, percibir para qué fue creada»
La subvención excepcional está destinada a sufragar gastos imprescindibles de la conmemoración y, en lo que afecta directamente a la exposición, contempla cuestiones tan importantes como el seguro especializado «clavo a clavo» de las obras, los vinilos, paneles, cartelas e infografías, la adecuación de la exposición y las labores de mantenimiento y acondicionamiento de las piezas. También contribuye a los gastos de la Solemne Procesión del Tránsito.
Por tanto, quiero agradecer de manera muy especial a la Diputación Provincial de Córdoba esa subvención excepcional, porque ha permitido convertir un proyecto que por su dimensión superaba ampliamente las posibilidades económicas de las comunidades y entidades franciscanas en una realidad.
Y creo que es importante entender esta colaboración no solamente como una ayuda económica, sino como una apuesta por la conservación, difusión y puesta en valor del patrimonio histórico-artístico de la provincia.

—La exposición ha contado también con la colaboración de Kutxabank y la Asociación Cultural Belenista de Córdoba. ¿Qué importancia tiene para un proyecto cultural de estas características contar con este tipo de colaboraciones y qué significado especial tiene la presencia del belenismo en una exposición dedicada a San Francisco?
La cultura, sin duda, necesita también de la implicación de la sociedad civil. Una exposición como esta, que quiere trascender el ámbito estrictamente religioso para convertirse en una propuesta cultural abierta a toda la sociedad, necesita precisamente de esa suma de voluntades.
Por eso quiero agradecer especialmente a la Dirección de Instituciones de Kutxabank su colaboración económica. Su apoyo demuestra que la cultura es una responsabilidad compartida y que las instituciones y entidades de la sociedad civil pueden contribuir de manera muy importante a que proyectos como este puedan hacerse realidad.
«Francisco no es solamente una figura del siglo XIII, sino alguien cuyo mensaje sigue siendo actual»
Y quiero agradecer de corazón a la Asociación Cultural Belenista de Córdoba su colaboración y, sobre todo, el significado tan entrañable que tiene su presencia en una exposición franciscana.
Porque cuando hablamos de belenismo estamos hablando, en cierto modo, de volver a aquel momento de hace algo más de ochocientos años en el que Francisco quiso hacer visible, en Greccio, ante los ojos de la gente el misterio del nacimiento de Cristo. El belén nace así vinculado a una manera muy franciscana de acercar el Evangelio a las personas a través de una experiencia cercana, visual y profundamente humana.
Por eso la presencia de la Asociación Belenista en esta exposición no es algo anecdótico; forma parte de la propia historia de cómo el franciscanismo ha sabido transmitir la fe a través de la cultura, del arte y de la sensibilidad popular. Y me parece especialmente hermoso que, ocho siglos después, el belenismo siga encontrando en San Francisco una referencia y que pueda estar presente en esta exposición.
—Después de todo el trabajo de investigación, selección y montaje, ¿qué le gustaría que descubriera el visitante al recorrer «El Señor me dio…» y con qué idea o reflexión desearía que abandonara la exposición sobre la huella que el franciscanismo ha dejado en Córdoba durante siete siglos?
Me gustaría que descubriera, en primer lugar, a Francisco. Que detrás de las obras, de los artistas, de la historia y del patrimonio pudiera encontrarse con un hombre que hace más de ochocientos años tuvo una experiencia capaz de transformar su vida y que todavía hoy puede hacernos preguntas.
Pero, sobre todo, me gustaría que no saliera de la exposición con una respuesta cerrada, sino con una pregunta.
«La exposición nace, por tanto, con la voluntad de acercarnos a un hombre que, hace ochocientos años, dejó una huella que todavía hoy sigue viva entre nosotros»
La exposición termina planteando precisamente esta pregunta: «Si Francisco ha conseguido interpelar tu corazón, ¿qué te está diciendo hoy sobre tu propia vida?».
Porque el verdadero objetivo no es solamente que el visitante admire una obra, reconozca a un artista o conozca un episodio histórico. Queremos que comprenda que aquel legado sigue vivo y que, ocho siglos después, puede seguir hablándonos de fraternidad, de fe, de servicio, de paz, de los demás y de nuestra propia manera de vivir.
—Una exposición de estas características requiere muchas horas de trabajo que no siempre son visibles. ¿A quiénes le gustaría agradecer especialmente su colaboración voluntaria y desinteresada para que esta muestra haya podido hacerse realidad?
Creo que esta pregunta es especialmente importante porque detrás de una exposición como esta hay muchísimas personas que trabajan sin que su nombre aparezca en ningún cartel.
Quiero comenzar dando las gracias al Padre franciscano Manuel Díaz Buiza, uno de los grandes impulsores de este proyecto, junto con el capuchino Fray Paco Martínez. Él nos facilitó el texto sobre el que hemos trabajado y ha estado detrás de la concepción y el impulso de todos los actos que la Familia Franciscana está celebrando con motivo del VIII Centenario.
Y no puedo olvidarme de todos los miembros de la Familia Franciscana que han puesto su tiempo, su ilusión y su disponibilidad para vigilar y cuidar cada día de la exposición durante estas semana en las que estará abierta al público.
«El criterio fundamental no ha sido reunir simplemente una colección de grandes piezas de autores de primer nivel»
Quiero mencionar también de manera muy especial a mis compañeros de comisión, Sarai Herrera y Cristóbal Rosero, y muy especialmente a Julio Cachinero, que ha sido una pieza fundamental durante todo el proceso. Y junto a ellos, a Javier Barcones, José Manuel Danvila, Miguel Ángel Rodríguez-Campos, Jesús Durnes, Ramón Gómez y Cristina Bautista, que han trabajado en la coordinación de los transportes, el movimiento de los elementos expositivos y el montaje material.
También hay que agradecer el trabajo del equipo de restauradores, formado por Carmen Bernal, José Manuel Sánchez, Juan Carlos Arango, Jesús Zurita y Juan Pablo Morales, que ha preparado las obras con enorme respeto y cuidado.
Gracias también al historiador e investigador de la Fundación «Casa Ducal de Medinaceli» Juan Casado por su trabajo, dedicación y entusiasmo, que han sido fundamentales, entre otras cosas, para hacer posible la incorporación de las obras procedentes de Montilla.
Y, por supuesto, a Jesús Luque Ramírez, autor del magnífico cartel de la exposición, en el que ha conseguido convertir en una imagen el espíritu de todo este proyecto, y creo que eso no es nada fácil.
Permitidme también un agradecimiento, de manera muy especial, a todas las personas que hacen posible que la Mezquita-Catedral y la Diputación Provincial funcionen cada día. Porque a veces hablamos de las grandes instituciones y olvidamos a quienes, silenciosamente, hacen que todo sea posible.
Quiero dar las gracias al equipo de mantenimiento, a los auxiliares, a los vigilantes y al servicio de limpieza de la Catedral. A todos ellos. A quienes están cuando llegamos y a quienes continúan trabajando cuando todos nos hemos marchado.
A quienes colocan, revisan, limpian, transportan, vigilan, arreglan y solucionan esos pequeños problemas que nunca aparecen en una fotografía, pero sin los cuales este Patrimonio de la Humanidad no podría abrir sus puertas.
Y quiero hacer extensivo este agradecimiento a todo el personal de las Áreas de Presidencia y Cultura de la Diputación de Córdoba, por su disponibilidad, cercanía y paciencia, y por haber entendido, desde el principio, que este proyecto necesitaba mucho más que una ayuda institucional: necesitaba implicación.
Mi agradecimiento sincero a la Fundación Provincial de Artes Plásticas Rafael Botí, por haber hecho posible el transporte de las obras que hoy contemplamos. Gracias por vuestro cuidado, vuestra disponibilidad y, sobre todo, por haber tratado cada pieza con el cariño y la responsabilidad que merece. Detrás de cada obra que hoy admiramos hay también un poco de vuestro trabajo.
La Mezquita-Catedral, lo sabemos todos, es uno de los grandes edificios de la historia de la arquitectura universal. El Palacio de la Merced es, también, uno de esos lugares que forman parte de la identidad arquitectónica y cultural de Córdoba y uno de los mejores exponentes del barroco en Andalucía.
«Todo ese proceso se ha realizado prácticamente en tiempo récord»
Son edificios extraordinarios, cierto. Pero estos dos conjuntos arquitectónicos son todavía más hermosos por las personas que trabajan dentro de ellos y les dan vida.
Pero no quiero olvidar a todas esas personas que trabajan diariamente en la Mezquita-Catedral y en el Palacio de la Merced: quienes mantienen, limpian, vigilan, transportan, colocan, gestionan y solucionan problemas muchas veces en silencio. Son trabajos que quizá no se ven cuando. son edificios extraordinarios, sí, pero son todavía más hermosos por las personas que trabajan dentro de ellos y les dan vida.
Quiero agradecer también a la Dirección de Instituciones de Kutxabank su colaboración económica, que demuestra que la cultura necesita también de la implicación de la sociedad civil, y a la Asociación Cultural Belenista de Córdoba, por su colaboración y por el significado tan bonito que tiene vuestra presencia en una exposición franciscana. Porque cuando hablamos del belenismo hablamos también de aquella Navidad de hace ya algo más de ochocientos cuando Francisco quiso hacer visible ante los ojos de la gente el misterio del nacimiento de Cristo.

Porque, al final, una exposición como esta no la hace solamente un comisario ni un equipo técnico: la hace una comunidad entera de personas que creen que merece la pena conservar, compartir y hacer visible nuestro patrimonio.
Y quizá ese sea también uno de los mensajes más franciscanos que podemos encontrar detrás de esta exposición: que lo importante no es quién aparece, sino poner lo que uno tiene el tiempo, el conocimiento, el trabajo, la ilusión- al servicio de los demás
Fotos de la exposición: Rafael Alonso Butelo
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