Hay imágenes que no necesitan presentación porque pertenecen a la memoria antes incluso de pertenecer a las calles. Imágenes que llevan consigo un territorio, una manera de rezar, una forma de comprender la devoción y hasta un modo particular de caminar detrás de Ella. La Virgen de Araceli es una de esas presencias. Y este sábado, cuando su paso comenzó a adentrarse en Córdoba, la ciudad volvió a reconocer en su semblante una parte de la identidad de una provincia que sabe convertir la fe en tradición y la tradición en memoria.
Esta vez, la Virgen de Araceli ha vuelto a encontrarse con Córdoba en una jornada concebida desde la devoción, el encuentro y la solemnidad de una procesión de alabanza. Su presencia en las calles ha bastado para alterar durante unas horas el pulso cotidiano de la ciudad, convocando a quienes profesan su devoción y a cuantos han querido contemplar de cerca una de las advocaciones marianas con mayor arraigo en la provincia.
Y Córdoba, cuando una Virgen sale, tiene una manera muy particular de hacerse silencio.
No importa que alrededor continúe latiendo la ciudad cotidiana. Hay momentos en los que el tránsito se vuelve expectación, las conversaciones se transforman en susurros y las miradas buscan una única dirección. La llegada de la Virgen modifica la arquitectura emocional de cuanto la rodea. Las avenidas dejan de ser solamente avenidas; las plazas se convierten en lugares de encuentro; las esquinas adquieren la solemnidad de un recuerdo.
Así comenzó a suceder cuando Araceli emprendió su recorrido de alabanza. La cuadrilla de santeros estuvo dirigida por David Carrasco Reyes, llevando sobre sus hombros una tradición cuya singularidad trasciende la mera estética procesional: la ancestral santería lucentina, convertida en una de las señas más reconocibles de esta devoción.
Pero el vínculo con Lucena no quedó circunscrito a la manera de portar a la Virgen. Uno de los elementos más singulares del cortejo fue la presencia de los Fandangos de Lucena, interpretados durante el recorrido por el cantaor «El Parri», acompañado por la Academia de Baile Lucentina Reflejo. La música popular se incorporó así a la procesión como otra forma de expresar aquello que Araceli representa y que durante unas horas caminó por las calles cordobesas.
La presencia del fandango lucentino adquiere, además, una dimensión estrechamente ligada a la propia historia de la corporación. Es la expresión musical de los lazos existentes entre Lucena y Córdoba, pero también de la identidad de una hermandad que nació precisamente para conservar entre los lucentinos residentes en la capital cordobesa la devoción a la Virgen de Araceli. De esta manera, tradición, memoria y pertenencia encontraron en la calle un mismo lenguaje.
Y mientras el paso avanzaba, la banda de cornetas y tambores Nuestra Señora de la Fuensanta Coronada de Córdoba puso música a la tarde. Sus sones fueron acompañando el caminar de la Virgen, aportando a la procesión una dimensión sonora que fue creciendo a medida que Araceli penetraba en el corazón de la ciudad.
Hay músicas que acompañan. Otras, en cambio, parecen abrir un espacio invisible para que la devoción pueda avanzar. La de la Fuensanta Coronada encontró ese lugar junto a Araceli, mientras los fandangos aportaban desde la raíz lucentina otra sonoridad, otra memoria y otra forma de contar quién es la Virgen que atravesaba Córdoba.
Desde Ángel Ganivet y la avenida de los Mozárabes, pasando por los Jardines de Agricultura, el cortejo fue dibujando sobre Córdoba un itinerario que poco a poco lo condujo hacia el centro. Ronda de los Tejares, Alonso de Burgos, la plaza del Escudo y la plaza de San Ignacio de Loyola fueron contemplando el tránsito de la imagen, antes de continuar por Menéndez Pelayo y José Zorrilla.
Después llegaron Concepción, Conde de Gondomar y las Tendillas. Y allí, en esa plaza que tantas veces ha sido escenario de las grandes manifestaciones públicas de la ciudad, Araceli encontró otra Córdoba, la de las miradas detenidas, la de quienes aguardaban su paso y la de quienes quisieron acompañarla durante algunos metros.
Jesús y María, Juan Valera, Santa Victoria y, finalmente, la plaza de la Compañía condujeron a la Virgen hacia el templo del mismo nombre. El recorrido había sido también un viaje por la propia ciudad, una sucesión de calles que, durante unas horas, quedaron vinculadas a la presencia de la Virgen.
Pero quizá la verdadera singularidad de esta jornada no pueda medirse en metros de recorrido ni en el número de personas congregadas. Se encuentra en algo mucho más profundo: la permanencia de una manera de entender la devoción.
Los santeros, con su particular forma de portar a la Virgen, hicieron visible una tradición que procede de Lucena y que continúa encontrando en cada salida una oportunidad para ser contemplada, reconocida y transmitida. En sus movimientos hay una herencia que no necesita explicarse demasiado porque se comprende al verla: la devoción también puede caminar con el cuerpo.
Y los fandangos hicieron el resto. La voz de «El Parri», acompañada por la Academia de Baile Lucentina Reflejo, introdujo en el corazón de Córdoba una manifestación artística profundamente vinculada a Lucena. Por unos instantes, el cante y el baile dejaron de ser únicamente acompañamiento para convertirse en memoria viva de una tierra y de los vínculos que la unen con la capital.
Y así, entre música, cante, baile, miradas y pasos acompasados, Araceli fue dejando detrás de sí ese rastro intangible que dejan las imágenes cuando consiguen convertir una tarde cualquiera en una jornada destinada a ser recordada.
Porque hay celebraciones que se viven en un calendario y celebraciones que se viven en la calle. La de Araceli pertenece a las segundas. Su presencia en Córdoba merecía que la Virgen volviera a encontrarse con quienes la veneran y con quienes quisieron acercarse a contemplarla, aunque fuese durante unos minutos.
Quedaba entonces la imagen de Araceli recogida bajo las bóvedas, mientras fuera permanecía el eco de una tarde diferente. La ciudad recuperaría poco a poco su pulso habitual, las calles volverían a ser simplemente calles y las plazas recuperarían su condición cotidiana. Pero algo habría quedado suspendido en la memoria.
Córdoba había visto caminar a Araceli.
Y durante unas horas, en esa vieja ceremonia mediante la cual una Virgen abandona su templo para encontrarse con su pueblo, Lucena y Córdoba parecieron reconocerse en una misma devoción. Una devoción capaz de atravesar el tiempo, de conservar una tradición ancestral y de seguir congregando a los fieles alrededor de una imagen que, al salir a la calle, no solo ocupa el espacio: lo transforma.
Araceli se refugió en la Compañía después de atravesar el corazón de Córdoba. La ciudad quedó atrás, pero la emoción permaneció. Porque algunas procesiones terminan cuando el paso entra por la puerta. Otras, las que llevan consigo la memoria de un pueblo y la belleza de una tradición que se resiste al olvido, continúan caminando mucho después de que se apaguen los últimos sones.
Este domingo tendrá lugar la misa de acción de gracias, poniendo el broche litúrgico a una jornada en la que Córdoba volvió a abrir sus calles a Araceli. Y quizá entonces, cuando todo haya concluido, quede flotando la certeza de que hay devociones que no necesitan reclamar un lugar en la memoria porque la memoria ya les pertenece.


















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