La candidata de Podemos a la Alcaldía de Sevilla reivindica que cualquier ciudadano pueda acceder a las mejores ubicaciones, pero su planteamiento obvia la dimensión económica que las localidades tienen para las hermandades y para la acción social que desarrollan
La Semana Santa de Sevilla vuelve a situarse en el centro del debate político a raíz de las declaraciones realizadas por Susana Hornillo, edil y candidata de Podemos a las primarias de la formación para la Alcaldía de Sevilla, durante una entrevista concedida a 101tv. Hornillo ha defendido que la Semana Santa constituye una de las principales señas de identidad de la ciudad, pero ha cuestionado que su contemplación desde determinadas ubicaciones pueda estar condicionada por la capacidad económica de quienes pueden acceder a un palco o a una silla de la Carrera Oficial.
La controversia se produce después de la decisión del alcalde de Sevilla, José Luis Sanz, respecto al palco de Semana Santa que correspondía al grupo municipal de Podemos en el Centro de la ciudad. Según relató Hornillo, el alcalde habría advertido de que retiraría ese espacio si su formación pretendía que fuese sorteado entre vecinos y, siempre según su versión, finalmente llevó a efecto esa decisión. La candidata explicó que Podemos disponía de un palco cedido al grupo municipal y de unos asientos que le correspondían, pero defendió que la formación no tenía por qué disfrutar de ese privilegio y que podía ponerse a disposición de cualquier ciudadano.
La reivindicación de que la Semana Santa sea «del pueblo»
Hornillo afirmó que «la Semana Santa de Sevilla es una marca de identidad de nuestra ciudad y hay que defenderla por encima de todo», para añadir que, a su juicio, no puede ser una celebración disfrutada únicamente por las élites. En sus palabras, «es una fiesta del pueblo y todos tienen derecho a disfrutarla en las mejores posiciones, no solo si puedes pagar un palco».
La candidata explicó que de esa consideración partía la reivindicación de su formación y defendió que una familia procedente de cualquier barrio pudiera contemplar las cofradías desde una ubicación privilegiada mediante un eventual sorteo. «Yo no entiendo dónde está el problema de que venga una familia desde un barrio a ver su Semana Santa desde un sitio privilegiado. ¿Por qué no?», planteó Hornillo, vinculando esta cuestión con el hecho de que todos los ciudadanos contribuyen mediante sus impuestos con independencia del lugar de Sevilla en el que residan.
Sin embargo, el razonamiento introduce una equiparación entre disponer de una silla o un palco en la Carrera Oficial y poder disfrutar de la Semana Santa en el Centro que no se corresponde con la totalidad de los recorridos procesionales. Las hermandades permanecen durante una parte de sus estaciones de penitencia fuera del itinerario común y atraviesan numerosas calles en las que el acceso del público no depende de disponer de una localidad.
La Carrera Oficial no es toda la Semana Santa
La Carrera Oficial constituye el tramo común que recorren las cofradías antes de realizar estación de penitencia en la Catedral, pero los itinerarios procesionales se extienden durante muchas más horas y por un número muy superior de calles. Las hermandades recorren sus barrios y diferentes zonas del Centro tanto antes de incorporarse a ese itinerario común como después de abandonarlo para regresar a sus templos.
Por ello, afirmar que un sevillano procedente de Villegas, el Polígono Sur o cualquier otro barrio tiene restringido el acceso al Centro para ver la Semana Santa por no disponer de una silla o un palco supone reducir una realidad extraordinariamente más amplia a un único tramo de los recorridos. La propia configuración de las estaciones de penitencia demuestra que las cofradías discurren durante buena parte de la jornada por espacios abiertos al público que se encuentran fuera de la Carrera Oficial.
La cuestión de las sillas, por tanto, puede y debe ser debatida desde sus distintas dimensiones, pero una cosa es el acceso a una localidad concreta y otra el acceso a las procesiones. Confundir ambas cuestiones conduce a una simplificación que no hace justicia ni a la complejidad de la Semana Santa ni a la realidad de sus recorridos.
Las sillas también sostienen económicamente a las hermandades
Existe además un elemento esencial que queda fuera de una lectura exclusivamente vinculada al disfrute de las procesiones: los ingresos procedentes de las sillas y palcos tienen una relevancia determinante para la economía de las hermandades. Las cantidades que generan estas localidades no constituyen únicamente el precio que paga quien desea contemplar las cofradías desde un determinado emplazamiento, sino que forman parte de un sistema económico que contribuye de manera decisiva a la salud de las cuentas de las corporaciones.
Esa realidad tiene una consecuencia que no debería ser ignorada: la fortaleza económica de las hermandades permite sostener su propia actividad ordinaria y extraordinaria y, con ello, contribuye también a la existencia misma de la Semana Santa tal y como se desarrolla en Sevilla. Las corporaciones necesitan recursos para afrontar sus cultos, su patrimonio, sus estaciones de penitencia, sus obligaciones de funcionamiento y el conjunto de iniciativas que desarrollan durante el año.
La cuestión adquiere todavía mayor trascendencia cuando se observa la dimensión social y asistencial de las hermandades. Los recursos que obtienen a través de sus distintas vías de financiación, entre ellas los derivados de las localidades de la Carrera Oficial, permiten acometer numerosas actuaciones de carácter social y caritativo, canalizando fondos hacia personas y familias que atraviesan situaciones de necesidad. Actuaciones que jamás han sido emprendidas por la formación política a la que pertenece Hornillo. Reducir las sillas a una cuestión de privilegio para espectadores significa, por tanto, ignorar que detrás de ese sistema existe también una dimensión económica que repercute en la capacidad de las corporaciones para desarrollar su actividad y atender sus compromisos.
En un contexto de enorme necesidad social, esa vertiente no puede quedar relegada a un segundo plano cuando se analiza el modelo de financiación de las hermandades. La Semana Santa no se limita a las horas en las que los pasos recorren las calles: las corporaciones mantienen durante todo el año una estructura de cultos, formación, conservación patrimonial y acción social que requiere recursos económicos para poder sostenerse.
El debate sobre el palco municipal
Desde esa perspectiva, la propuesta de Podemos de renunciar al palco y a los asientos asignados al grupo municipal para sortearlos entre los ciudadanos constituye una cuestión diferente y perfectamente identificable. Puede discutirse quién debe utilizar una localidad vinculada a una institución pública y mediante qué procedimiento, pero ese debate no debería extenderse hasta convertir las sillas de la Carrera Oficial en una suerte de mecanismo destinado exclusivamente a garantizar el disfrute privilegiado de quienes pueden pagarlas.
Además, el sistema de acceso a las localidades temporales incorpora mecanismos específicos de adjudicación. En la Semana Santa de 2026, el Consejo General de Hermandades y Cofradías informó de que se recibieron 28.246 solicitudes y que fueron adjudicadas mediante sorteo 686 sillas temporales. Asimismo, el Ayuntamiento de Sevilla, en colaboración con el Consejo, habilitó 115 plazas gratuitas diarias en la Carrera Oficial para personas con discapacidad, distribuidas entre sillas y palcos, con una plaza adicional para un acompañante mayor de 16 años.
La existencia de estos procedimientos no elimina el debate sobre el precio, la disponibilidad o las condiciones de acceso a las localidades, pero sí obliga a introducir matices y datos concretos en una discusión que corre el riesgo de quedar reducida a la contraposición entre «élite» y «pueblo».
Más allá de la retórica política
La crítica adquiere una dimensión especialmente relevante cuando se contrapone el discurso político sobre la necesidad de garantizar el acceso de todos a la Semana Santa con la actividad social efectiva que desarrollan las propias hermandades. Las corporaciones cofrades destinan recursos a iniciativas asistenciales y caritativas que forman parte de su actividad cotidiana y que se sostienen, entre otras fuentes, mediante los ingresos que genera su propia estructura económica.
Frente a ello, resulta legítimo preguntarse por las iniciativas sociales concretas emprendidas por la formación política de Hornillo más allá de la retórica empleada en torno a esta cuestión. En el planteamiento expuesto por la candidata, la denuncia del supuesto carácter elitista de determinadas localidades ocupa un espacio destacado, pero no se acompaña en estas declaraciones de una referencia a iniciativas asistenciales concretas impulsadas por Podemos que puedan situarse en paralelo con la acción social desarrollada por las hermandades. Esa ausencia hace que el contraste entre el discurso y la realidad social resulte inevitable en un momento de elevada necesidad para numerosos sectores de la población.
La discusión, por tanto, debería incorporar algo más que una apelación genérica a que «todos tienen derecho». También sería necesario considerar quién sostiene económicamente la estructura que hace posible la celebración, quién financia las actuaciones sociales vinculadas a ella y qué consecuencias tendría alterar determinadas fuentes de ingresos para unas corporaciones que no viven únicamente durante los siete días de la Semana Santa, sino que mantienen una actividad permanente durante todo el año.
Porque la Carrera Oficial es solo una parte de la Semana Santa, del mismo modo que una silla es solo una parte de la compleja estructura económica que sostiene a las hermandades. Presentar ambas realidades exclusivamente como símbolos de privilegio supone dejar fuera una dimensión fundamental del problema: los recursos obtenidos mediante las localidades contribuyen a sostener a las propias corporaciones y permiten financiar una acción social que forma parte de su identidad y de su actividad cotidiana.
El debate sobre el palco municipal, en definitiva, puede plantearse desde la transparencia, la participación ciudadana y el destino de los espacios institucionales. Pero convertirlo en una denuncia genérica de una Semana Santa reservada a las élites resulta mucho más discutible cuando se observa que las cofradías recorren durante horas numerosos espacios abiertos de la ciudad y que los ingresos vinculados a las sillas y palcos contribuyen a sostener tanto su funcionamiento como numerosas iniciativas sociales. En ese contexto, la crítica política necesita algo más que consignas: requiere reconocer también la realidad económica, asistencial y territorial de una celebración que desborda ampliamente los límites de la Carrera Oficial.
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