Cruz de guía | La SGAE terminará de estrujar el bolsillo de las hermandades

Ya no solo pagaremos flores, cera, bandas, impuestos, marchas, sino que también pagaremos derechos de autor de composiciones musicales inspiradas en las propias hermandades y sus Imágenes Sagradas. Más nos vale meternos las manos en el bolsillo porque hemos despertado la voracidad recaudadora de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE).

En un panorama cofrade donde las juntas de gobierno ya hacen encajes de bolillos para cuadrar las cuentas —ahogadas entre la inflación de la orfebrería, el encarecimiento desorbitado de la cera, los costes logísticos y las exigencias de unas bandas de primer nivel que cobran lo que su calidad merece—, la irrupción de la SGAE reclamando su tajada por la música que suena en la calle roza el esperpento.

La medida -totalmente legal y con fundamentación jurídica- choca directamente con un mundo sin ánimo de lucro, que vive de las donaciones y las cuotas de hermanos, con algunos mecenas en los mejores casos y con un ecosistema desolador, a nivel económico, lejos de los dominios de Sevilla. Y es que es este el escaparate en el que fijan los gremios por su boyante economía y su ascenso meteórico, pero la realidad es distinta en otras ciudades y sobre todos en ciudades medias con hermandades de presupuestos ajustados. Localidades de las que nadie se acuerda y que se verán abocadas a no poder disfrutar de composiciones musicales actuales que tengan propiedad intelectual.

Es cierto que el creador merece el reconocimiento y el amparo de la ley por su trabajo. Nadie cuestiona la propiedad intelectual. Pero llevar el rasero fiscal y la lupa burocrática al espacio sagrado e intangible de la calle durante una procesión es retorcer el sentido común.

Si la SGAE decide apretar las tuercas y fiscalizar hasta el último acorde de una corneta, el remedio puede ser peor que la enfermedad. Las cofradías, cansadas de ser la vaca lechera a la que todos quieren ordeñar, terminarán por refugiarse en el repertorio clásico de dominio público o en composiciones de libre uso. Y, por consiguiente, acabarán con la hegemonía de las composiciones modernas de carácter descriptivo las cuales dominan el panorama actual, si no se llega a un acuerdo. Es decir, quienes saldrán perdiendo serán los propios autores contemporáneos y la riqueza musical de nuestras procesiones.

Si para sacar una cofradía a la calle hay que pedir permiso y pagar peaje hasta por el aire que respiran los músicos, que nos digan directamente cuánto cuesta la fe. Porque a este paso, la verdadera penitencia de las hermandades no estará bajo el esparto, sino en el departamento de contabilidad.