La revirá | Los bocachanclas, la colonia y el precio de la caridad

En ocasiones uno contempla determinadas reacciones y llega a la conclusión de que el bocachanclismo cofrade debería cotizar como actividad de riesgo; por el riesgo que corren algunos de demostrar científicamente su propia estulticia. Especialmente cuando, sin conocer los números, los contratos, los horarios ni las circunstancias reales de una hermandad, se lanzan a repartir sentencias con una seguridad directamente proporcional a su desconocimiento. Lo ocurrido con la Hermandad de la Agonía y su configuración para el Martes Santo de 2027 constituye un ejemplo bastante ilustrativo. La corporación saldrá desde el Naranjo y se recogerá en el Naranjo, algo que supone una novedad respecto a los últimos años, cuando la estación de penitencia comenzaba en otro punto y concluía en el barrio. Esta nueva configuración prolongará sensiblemente la jornada, con una salida de la cruz de guía prevista en torno a las 14:00 o 14:30 horas, paso por Carrera Oficial a las 19:00 y regreso al templo alrededor de la 1:50. La consecuencia musical será que la Agonía pasará de las dos bandas que ya tenía contratadas a cuatro formaciones, para cubrir las horas adicionales que requiere el nuevo recorrido. Y aquí es donde algunos han decidido tirar de demagogia barata y comenzar a impartir doctrina: que si «en algún momento habría que salir del barrio», que si «eso es lo que toca», y hasta que «la decisión del párroco le va a venir bien a la Hermandad porque se va a volver a enraizar con el barrio». Como si la Hermandad del Naranjo tuviera ahora que enraizarse con el Naranjo, cuando hablamos de una de las corporaciones conmayor sentimiento de pertenencia al barrio de toda Córdoba, esa ciudad en la que llamamos «hermandad de barrio» a cualquier cosa. La Agonía no necesita que nadie venga a explicarle cómo se construye una identidad de barrio: lleva décadas siendo Naranjo, viviendo el Naranjo y trabajando por el Naranjo. Y lo verdaderamente pintoresco es que, después de semejante colección de lugares comunes, todavía haya quien pretenda que la Hermandad dé las gracias a quienes le han regalado el supuesto favor. Porque, traducido al lenguaje de las cuentas, el «beneficio» consiste en que donde antes eran suficientes dos contratos musicales ahora hacen falta cuatro. Quizá convendría dejar los lugares comunes en la puerta antes de presentar como una bendición lo que supone, sencillamente, un esfuerzo económico extraordinario y una auténtica putada.

Porque aquí no hay demasiada materia para la interpretación creativa. Las dos bandas que ya estaban contratadas lo estaban para unas condiciones horarias concretas —acordadas desde hace tiempo, por cierto—. La nueva configuración de la estación de penitencia extiende la jornada más allá de ese marco y, por tanto, obliga a buscar otras dos formaciones. Si desde el principio se hubiera conocido el horario que tendrá la Agonía en 2027, los contratos podrían haberse negociado teniendo en cuenta desde el primer momento todas las horas necesarias. Pero las circunstancias no fueron esas. El horario de 2027 excede el ámbito temporal de los contratos ya suscritos con las dos bandas, de manera que la Hermandad necesita incorporar a otras dos para completar el dispositivo musical. No es una cuestión de capricho, ni de querer llenar el Martes Santo de músicos, ni de que a nadie se le haya ocurrido de repente que cuatro bandas quedan más bonitas que dos. Es la consecuencia directa de una ampliación horaria que requiere cubrir un tramo que los contratos existentes no contemplaban. Y eso tiene un precio y unos responsables. Un precio que, en una corporación humilde, no puede despacharse con una frase ingeniosa sobre el barrio, el arraigo o lo que «toca». Y unos responsables que no esperen que hagan otra cosa que ponerse de perfil. Las facturas tienen la desagradable costumbre de no entender de demagogia.

Y aquí es donde el asunto adquiere una dimensión bastante más incómoda. Porque algunos de esos meacolonias que se permiten sacar pecho y explicar a la Agonía desde dónde debe salir, por dónde debe entrar o qué tendría que hacer para demostrar su supuesto arraigo pertenecen a corporaciones que disponen de más recursos, más escaparate y mayor capacidad económica. Hasta ahí, nada que objetar. Lo difícil de digerir es que pretendan impartir semejantes lecciones cuando la obra social de la Agonía es infinitamente superior a la que desarrollan algunas de esas hermandades. Y debería darles vergüenza. Vergüenza a sus respectivas corporaciones por la comparación y vergüenza a quienes, con el pecho henchido y la colonia bien puesta, se sienten autorizados para dar doctrina a una hermandad que tiene bastante más que enseñarles a ellos sobre compromiso social que ellos a la Agonía sobre dónde debe colocar su cruz de guía. La Agonía, con sus limitaciones y sin necesidad de grandes alharacas, sostiene una labor social que debería ser motivo de reconocimiento. Sin embargo, tiene que soportar las lecciones de ciertos personajillos que pertenecen a hermandades cuya aportación en ese terreno queda en una posición francamente vergonzosa frente a la que realiza esta corporación. Y la paradoja alcanza su máxima expresión cuando ese esfuerzo social puede verse comprometido por un gasto añadido derivado precisamente de decisiones procedentes de un ámbito —la propia Iglesia— en el que se reclama constantemente a las hermandades más caridad, más pastoral, más compromiso y más implicación con los necesitados. Si se exige a las corporaciones que destinen recursos y esfuerzos a la acción social, también habría que asumir que cada sobrecoste impuesto a una hermandad puede terminar teniendo consecuencias sobre su capacidad para sostener precisamente esa labor. No todo cabe en el mismo presupuesto, por mucho que algunos pretendan que sí.

Por eso, a quienes han convertido el asunto en una especie de catecismo sobre la necesidad de volver a salir del barrio, habría que recordarles que nadie está discutiendo que una hermandad pueda salir del Naranjo cuando las circunstancias lo exijan. Lo que resulta cuestionable es la frivolidad con la que algunos convierten una circunstancia compleja en una lección moral para los demás. Salir del barrio no convierte a una hermandad en mejor hermandad, del mismo modo que permanecer en él no la convierte automáticamente en peor. A ver cuándo se escucha una crítica de estos mismos bocachanclas a quienes salen y se recogen fuera de su feligresía, que lo mismo va siendo hora de que alguien abra ese melón, aunque haya quien piense que «entre meacolonias no nos pisemos la… manguera«. La cuestión es qué hace cada corporación durante todo el año, qué vínculos mantiene con sus vecinos y, sobre todo, qué aporta a quienes necesitan que alguien se ocupe de ellos. Y en ese terreno la Agonía tiene poco que demostrar. A quienes hablan de «lo que toca» habría que pedirles que expliquen también qué toca cuando una hermandad tiene que afrontar las consecuencias de una decisión que altera sustancialmente su planificación. Y a los meacolonias, antes de volver a sacar pecho para explicar a la Agonía cómo debe organizar su estación de penitencia, quizá les vendría bien una mirada hacia sus propias casas: menos colonia, menos doctrina y un poco más de autocrítica. Porque resulta bastante más sencillo pontificar sobre el itinerario ajeno que enfrentarse a las carencias propias. La Agonía seguirá «siendo Naranjo» , seguirá recorriendo Córdoba y seguirá haciendo aquello que viene haciendo durante años, desarrollando una ingente obra social que ahora podría verse condicionada porque «no es no». Mientras algunos continúen repartiendo certificados de arraigo desde la distancia, quizá convendría recordarles que el prestigio de una hermandad no se mide únicamente por dónde coloca sus pasos, sino por lo que es capaz de hacer por los demás cuando nadie la está mirando.