A paso mudá | Los tiempos cambian

Hay polémicas que quizá no existirían si antes de opinar nos parásemos un segundo a pensar.

Estos días las redes han vuelto a demostrarlo a raíz de una estación de penitencia que contará con cuatro bandas, dos para cada paso, y de las críticas surgidas porque una de las formaciones no realizará el recorrido completo. Para algunos, parece poco menos que una aberración.

Y quizá el problema sea que seguimos pensando la Semana Santa con los mismos esquemas de hace treinta años.

Porque llevar dos bandas detrás de un mismo paso no es ninguna extravagancia. En otras ciudades es una fórmula perfectamente asumida desde hace tiempo. Se organiza el acompañamiento de otra manera, se distribuyen los tiempos y se entiende que la música puede tener diferentes momentos dentro de una misma estación de penitencia.

Aquí, sin embargo, parece que todo tiene que hacerse exactamente como se ha hecho siempre.

Una banda entra detrás del paso y tiene que permanecer allí hasta el final. Porque sí. Porque siempre ha sido así. Porque si no hace el recorrido completo parece que está haciendo menos.

¿Y por qué?

Los tiempos cambian.

También lo hacen las hermandades, las ciudades, los recorridos, la duración de las estaciones de penitencia y, por supuesto, la manera de entender el acompañamiento musical. Lo que hace unas décadas podía tener todo el sentido del mundo no tiene por qué seguir siendo la única fórmula válida hoy.

Y eso no significa perder la tradición.

Significa utilizar el sentido común.

Si una hermandad considera que quiere contar con dos formaciones para un mismo paso, ¿qué problema hay? Si decide distribuir su participación de manera que cada una tenga un determinado tramo, ¿por qué tenemos que interpretarlo como algo negativo?

¿Acaso una banda vale menos porque no haga todos los kilómetros?

¿Acaso una marcha pierde valor porque la interprete una formación durante una parte del recorrido y otra durante el resto?

Parece que hemos convertido determinadas costumbres en leyes inmutables.

Y no lo son.

Además, hablamos de una formación que durante años estuvo vinculada a la propia hermandad. Precisamente por eso resulta curioso que desde fuera se pretenda dictar cómo debe organizarse una relación que, en última instancia, corresponde a quienes forman parte de ella.

Quizá deberíamos dejar de pensar que cualquier cambio supone una pérdida.

La Semana Santa también evoluciona.

Y evolucionar no significa renunciar a la esencia. Significa entender que las formas pueden cambiar sin que por ello cambie el fondo.

Porque al final, quizá lo verdaderamente absurdo no sea que haya dos bandas.

Lo absurdo sería pensar que solo existe una manera correcta de hacer las cosas porque siempre se hayan hecho así.

Los tiempos cambian.

Y quizá ya va siendo hora de que nosotros también cambiemos un poco con ellos.