Sendero de sueños | No quiero ser cómplice de aquello que no comparto

Hay momentos en los que el silencio deja de ser prudencia y se convierte en una forma de posicionarse. Momentos en los que observar desde fuera no significa permanecer indiferente, sino tener la conciencia suficiente para saber que hay cosas con las que uno no puede estar de acuerdo, aunque sucedan delante de sus ojos y aunque quienes las protagonicen formen parte de un mismo grupo. Y es precisamente ahí donde cada persona debe decidir qué lugar quiere ocupar.

Yo puedo ser observador de unos hechos sin querer formar parte de ellos. Puedo presenciar una decisión sin compartirla, conocer lo sucedido sin respaldarlo y mantenerme al margen sin renunciar a mi derecho a expresar mi desacuerdo. Porque una cosa es estar presente y otra muy distinta sentirse representado por aquello que se hace en nuestra presencia.

No todo lo que sucede a nuestro alrededor merece nuestro silencio, ni toda decisión colectiva nos obliga a cerrar los ojos y asentir. Pertenecer a un grupo no significa entregar la conciencia, renunciar al criterio propio ni aceptar como correcto aquello que, desde nuestros principios, consideramos equivocado.

Por eso, hoy siento la necesidad de dejar algo claro: no quiero ser cómplice de aquello que no comparto.

No quiero que mi presencia se interprete como aprobación, que mi silencio se confunda con conformidad ni que mi pertenencia a un entorno determinado sirva para justificar decisiones con las que no estoy de acuerdo. No quiero que nadie dé por hecho que, por estar cerca, estoy dentro; que, por observar, estoy respaldando; o que, por no intervenir directamente, acepto lo que está ocurriendo.

Porque la complicidad no siempre consiste en ejecutar una acción. A veces también se manifiesta en quienes la sostienen, en quienes la respaldan y en quienes, conociendo los hechos, prefieren no cuestionarlos para evitar incomodidades.

El silencio puede ser una elección, pero esa elección también tiene un significado.

Y no, no todos somos iguales por estar en el mismo lugar. No todos pensamos lo mismo por compartir un espacio, ni todos debemos cargar con las decisiones que otros toman. Pero tampoco podemos olvidar que cada cual debe responder por su propio papel, por sus apoyos y por las veces que decide callar cuando considera que algo no es justo.

No pretendo juzgar a nadie desde una supuesta superioridad moral. Bastante tiene cada uno con revisar su propia conciencia. Lo que sí reivindico es mi derecho a no sentirme parte de algo que contradice mi manera de entender las cosas. A no dejarme arrastrar por la corriente. A no aplaudir por compromiso ni a guardar silencio por conveniencia.

Porque hay momentos en los que mantenerse fiel a uno mismo exige marcar una distancia. Y esa distancia no siempre nace del desprecio, de la enemistad o del deseo de enfrentamiento. A veces nace, sencillamente, de la necesidad de ser coherente con lo que uno piensa y siente.

No necesito formar parte de una protesta para saber que algo me parece mal. Tampoco necesito levantar la voz constantemente para demostrar que tengo criterio. Pero sí necesito que quede claro que mi presencia no otorga legitimidad a aquello que rechazo, ni mi silencio debe utilizarse como un respaldo que nunca he querido ofrecer.

Cada cual sabrá por qué actúa, por qué acompaña y por qué calla. Yo sé por qué necesito escribir estas palabras: porque hay líneas que no quiero cruzar y decisiones con las que no quiero que se me identifique.

Que nadie confunda mi condición de observador con la de cómplice. Que nadie interprete mi prudencia como aprobación. Y que nadie dé por hecho que compartir un espacio significa compartir una manera de actuar.

Se puede estar sin pertenecer. Se puede observar sin respaldar. Y se puede disentir sin necesidad de entrar en una guerra. Pero, sobre todo, se puede elegir no formar parte de aquello que uno considera contrario a sus principios.

Y esa es mi posición.

No quiero ser cómplice por acción, por omisión ni por una presencia que otros puedan interpretar a su conveniencia. No quiero que se me atribuyan decisiones ajenas ni que mi silencio sirva para construir una unanimidad que no existe.

Porque, al final, uno puede discrepar de muchas cosas, pero hay algo a lo que no debería renunciar nunca: la libertad de pensar por sí mismo y la honestidad de no aparentar que está de acuerdo cuando su conciencia le dice exactamente lo contrario. Y si para conservar esa honestidad tengo que mantenerme al margen, lo haré. Con respeto, pero sin confusión. Con prudencia, pero sin complicidad. Y con la tranquilidad de saber que no todo aquello que presencio me representa, ni todo aquello que sucede a mi alrededor lleva mi consentimiento.

Porque hay silencios que protegen la paz, pero hay otros que comprometen la conciencia. Y yo no estoy dispuesta a hipotecar la mía.