El candelabro | ¿Y si el problema no son los hermanos?

Hay una frase que se repite con demasiada frecuencia en nuestras hermandades: «Los hermanos ya no son como antes».

Que si los jóvenes no se implican. Que si cada vez participa menos gente. Que si muchos solo aparecen cuando llega la cuaresma. Que si falta compromiso. Que si antes había más convivencia, más asistencia a los cultos, más ganas de trabajar por la hermandad.

Puede que en parte sea verdad. Pero quizá llevemos demasiado tiempo haciéndonos la misma pregunta y buscando siempre la respuesta en el mismo sitio.

¿Y si el problema no son los hermanos?Porque también deberíamos preguntarnos qué les estamos ofreciendo.

Una hermandad no puede pretender que alguien se sienta parte de ella únicamente porque un día pagó una cuota, porque tiene una papeleta de sitio o porque figura en un censo. Ser hermano debería significar mucho más. Pero para que alguien quiera vivir una hermandad durante todo el año, tiene que encontrar en ella algo que le invite a quedarse.

No podemos pedir compromiso y ofrecer distancia. No podemos hablar de comunidad y limitarnos a encontrarnos en los cultos. No podemos lamentarnos de que los jóvenes no participan mientras muchas veces no somos capaces de explicarles por qué deberían hacerlo.

Quizá hemos puesto demasiado empeño en enseñar nuestra hermandad hacia fuera y demasiado poco en cuidarla hacia dentro. Y nos preocupamos por el patrimonio, por los estrenos, por las bandas, por los itinerarios, por cómo será la estación de penitencia y por lo que se dice de nosotros. Y todo eso forma parte, indudablemente, de nuestra realidad cofrade. Pero una hermandad no puede vivir únicamente de lo que sucede cuando se abren las puertas de la iglesia.

Hay algo que ocurre cuando no hay pasos en la calle. Cuando no hay cámaras. Cuando no hay fotografías. Cuando nadie está mirando. Ahí es donde quizá se descubre si existe realmente una hermandad.

Una hermandad debería ser capaz de hacer que un niño que entra por primera vez quiera volver. Que un joven encuentre su sitio. Que un hermano que lleva treinta años en la nómina siga sintiendo que aquello también es suyo. Que alguien que atraviesa una dificultad sepa que no está solo. Que el que llega nuevo no tenga la sensación de estar entrando en un círculo cerrado.

Y eso no se consigue solamente con palabras. Se consigue abriendo las puertas. Escuchando. Acogiendo. Formando. Conviviendo. Dando responsabilidades. Dejando espacio. Entendiendo que las nuevas generaciones no tienen por qué vivir la hermandad exactamente como la vivimos nosotros.

Quizá el problema no sea que los hermanos hayan cambiado. Quizá hemos cambiado todos. Y quizá una hermandad que quiere seguir viva tenga que ser capaz de cambiar algunas cosas sin renunciar a aquello que la hace ser quien es.

Porque reclamar que vuelvan los hermanos de antes no parece la solución. La verdadera pregunta debería ser otra: ¿qué estamos haciendo para que los hermanos de hoy quieran quedarse mañana? Tal vez ahí esté el verdadero debate. Y tal vez, antes de señalar a los hermanos, tengamos que mirarnos un poco al espejo.

Hasta la próxima.

Mientras tanto, seguiremos mirando nuestras Cofradías desde la luz de la Cera.