En Sevilla hay bandas a las que parece que nunca se les concede el beneficio de la duda. Da igual lo que hagan, cómo lo hagan o las circunstancias que haya detrás de cada decisión. Siempre aparece alguien dispuesto a ponerlas en cuestión, a encontrarles un defecto o a convertir cualquier movimiento en una nueva polémica. Y lo más curioso es que, con el paso del tiempo, esas críticas han terminado convirtiéndose casi en una costumbre.
El problema es que, cuando una crítica se repite constantemente contra los mismos, llega un momento en el que deja de parecer una opinión aislada y empieza a parecer una sentencia dictada de antemano. Hay formaciones que parecen condenadas a estar permanentemente bajo sospecha, mientras que otras disfrutan de una consideración mucho más amable, incluso cuando protagonizan situaciones que, aplicando exactamente los mismos argumentos, también podrían ser cuestionadas.
Y entonces sucede algo que retrata bastante bien esta dinámica: una hermandad decide cambiar de banda y, de repente, el debate musical se convierte en una batalla de intereses. Si la decisión beneficia a una formación que gusta a determinados sectores, aparecen las justificaciones, los elogios y las explicaciones razonables. Si, por el contrario, la decisión no favorece a quienes algunos querrían ver en ese lugar, comienza el repertorio habitual de críticas, insinuaciones y reproches.
¿De verdad estamos hablando de música o estamos hablando de preferencias personales disfrazadas de criterio?
Porque una cosa es analizar una decisión, discrepar de ella o considerar que otra opción habría sido más acertada. Eso forma parte de la libertad de opinión y es perfectamente legítimo. Otra muy distinta es aprovechar cada oportunidad para cuestionar a las mismas formaciones, como si existiera una necesidad permanente de recordar que no merecen el lugar que ocupan.
Lo preocupante es que, cuando ese comportamiento se repite durante años, termina condicionando la percepción de quienes consumen información cofrade. Una crítica deja de ser una crítica concreta y se convierte en un relato. Se repite tantas veces que algunos terminan asumiéndola como una verdad indiscutible, sin preguntarse siquiera si detrás existe un análisis real o simplemente una animadversión que se ha ido alimentando con el tiempo.
Y las redes sociales han contribuido a que todo esto sea todavía más evidente. La polémica genera visitas, las visitas generan repercusión y la repercusión alimenta nuevas polémicas. Así, cualquier decisión puede convertirse en una oportunidad para volver a señalar a los de siempre. No hace falta que haya un problema musical de fondo; a veces basta con que la realidad no coincida con lo que algunos esperaban.
Quizá por eso convendría recuperar algo tan sencillo como la coherencia. Si una decisión merece críticas, que se critique con argumentos. Si una banda comete un error, que se señale ese error. Pero que se haga con el mismo criterio para todos, no dependiendo de quién protagonice la noticia o de a quién beneficie el resultado.
Porque ninguna formación está por encima de las críticas, pero tampoco debería existir ninguna que tenga que soportar una fiscalización permanente por sistema. La exigencia es saludable cuando nace de un criterio honesto; cuando se convierte en una costumbre selectiva, deja de ser exigencia y empieza a parecer otra cosa.
Al final, el problema no es que haya bandas que despierten más simpatías que otras. Eso ha ocurrido siempre y seguirá ocurriendo. El problema es cuando esas simpatías y antipatías se disfrazan de objetividad, cuando se pretende vender como análisis musical lo que en realidad es una reacción ante una decisión que no ha salido como algunos querían.
Y entonces quizá la pregunta no sea por qué se critica tanto a determinadas bandas.
Quizá la pregunta sea por qué algunos necesitan criticarlas tanto.
Porque en Sevilla, a veces, parece que hay bandas que no solo tienen que demostrar lo que valen sobre el atril y detrás de un paso. También tienen que defenderse de un juicio que ya estaba escrito antes incluso de que empezara a sonar la primera marcha.
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