A paso mudá | Ahora «la música no lo es todo»

Hay cosas que uno lee y no sabe si reírse o directamente guardar silencio. Porque cuando llevas demasiado tiempo defendiendo una determinada forma de entender la Semana Santa y, de repente, el argumento cambia justo cuando deja de interesarte, resulta complicado no levantar una ceja.

Ahora resulta que «la música no lo es todo» . Curioso.

Durante años hemos asistido a debates en los que el nivel musical, la trayectoria, la calidad interpretativa y la excelencia de determinadas formaciones parecían ser argumentos suficientes para justificarlo prácticamente todo. La música era importante. Muy importante. El nivel era fundamental. La calidad había que defenderla.

Hasta que, aparentemente, deja de convenir.

Y entonces descubrimos que la música no lo es todo.

Claro que no lo es. Nadie sensato ha dicho nunca que lo sea. Una procesión es muchísimo más que una banda: es patrimonio, devoción, puesta en escena, tradición, organización, imagen y un largo etcétera. El problema no está en afirmar algo tan evidente. El problema está en utilizarlo como argumento de conveniencia.

Porque si la música no lo es todo, estupendo.

Pero entonces habría que aplicar ese mismo criterio siempre.

No solamente cuando interesa rebajar el valor de una cuestión musical que hasta ayer parecía fundamental. Porque resulta bastante llamativo que los principios se vuelvan flexibles dependiendo de quién esté en el centro del debate.

Y ahí es donde uno empieza a preguntarse qué estamos haciendo.

Quizá el problema de determinados canales no sea que tengan opinión. Todo lo contrario. Una Semana Santa sin opinión sería aburridísima. El problema aparece cuando la opinión deja de ser opinión y pretende convertirse en una especie de verdad oficial. Cuando se construye un relato y después se busca cualquier argumento que permita sostenerlo, aunque para ello haya que cambiar de criterio por el camino.

Hoy la música no lo es todo. Mañana quizá sí. Pasado mañana dependerá de quién toque, quién contrate, quién protagonice la noticia o quién genere más repercusión.

Y así es imposible tomarse en serio el supuesto criterio.

Lo verdaderamente preocupante no es que alguien piense diferente. Es que algunos parecen creer que tienen que convencernos de que su versión es la única posible. Y cuando los argumentos no encajan, simplemente se cambian las reglas.

Pero la Semana Santa no funciona así.

La calidad musical seguirá siendo calidad aunque deje de interesarle a determinados altavoces. La trayectoria seguirá existiendo aunque deje de mencionarse. Y una formación no será mejor o peor porque un canal decida colocarla en un pedestal o convertirla en el blanco de turno.

Quizá haya llegado el momento de dejar de buscar argumentos para justificar decisiones previamente tomadas.

Porque si realmente pensamos que la música no lo es todo, perfecto. Pero entonces que tampoco lo sean las visitas, las interacciones, los seguidores, la moda o la capacidad de generar ruido.

Porque si todo vale menos la música, quizá el problema no sea la música; quizá el problema sea el criterio.