Cádiz

Mezcla de sabores con sabor a Cádiz

Martes santo es sinónimo de romanticismo y clasicismo, pero también de juventud y frescura; hábitos negros, de barrio y hábitos decanos en esto de la semana santa. El cielo gaditano se comportó pese a una ligera brisa de agua que auguraba posibles malos momentos para la próxima tarde del miércoles santo. Pese a esto, el día se mantuvo y la mañana fue radiante con numeroso público agolpándose en las iglesias de Santa Cruz, Santiago, San Pablo, nuevamente los franciscanos y por último San Antonio.

La de Sanidad fue la primera cruz de guía en ver la luz del sol, luz que nos resulta extraña en esta hermandad de negro que tantos años procesionó de madrugada; tan solo habría que esperar a que el silencio se adueñara del medieval Pópulo para ver pasear al Señor como si fuese la mismísima calle de la amargura.

Acompañado de las mujeres hebreas, avanzaba el misterio del Señor del Mayor Dolor para poder divisar el lento caminar de su Madre de la Salud. Sin duda, uno de los detalles más bonitos serían las velas de la candelería del paso de palio, pues cada una de ellas guardaba el nombre de aquellas personas que por salud solicitaron acompañar con su alma a la que es reina de la Salud en los peores momentos.

Todas estas oraciones se elevaron a lo más alto ya de recogida en la añeja plaza de Santa Cruz, donde los sones de la Banda de Gailín pusieron el broche final con delicadas notas de los maestros Beigbeder y Pulido.

Mientras los capirotes negros tomaban rumbo a la carrera oficial, muy cerca de allí, pegados a la catedral gaditana, comenzaban a verse los hábitos morados y negros entremezclados con el rojo cruz de Santiago. Era el turno para los hermanos de Piedad, quienes a temprana hora alzaban sus enseres para tomar el camino a la estación de penitencia.

En boca de todos estaba el atrevido y exquisito exorno floral y la novedosa banda de cornetas y tambores La Caridad de Jerez de la Frontera y la banda del Nazareno de Rota, aunque este año el auténtico milagro podríamos decir que fue poder salir. Pese a los tensos momentos vividos por la cofradía estos últimos meses, han sabido llevar adelante este bonito proyecto, dándonos una autentica lección de hermandad y saber hacer las cosas. Felicidades a su junta de gobierno.

Los fúnebres requiebros del paso del crucificado y los señoriales andares de Nuestra Señora de las Lágrimas hizo trasladarnos a esas épocas pasadas de desfiles militares donde ambos procesionaban juntos en el mismo paso, madre e hijo unidos en el monte de la cruz santa.

Sin duda, era tarde de grandísima calidad artística e histórica. Del crucificado genovés pasamos al siglo XVII con la gubia de Jacinto Pimentel, quien supo hacer que cristo flagelado quedase perpetuo en el tiempo con tan bella obra en San Antonio. El cristo de la columna plateada asomaba al dintel a media tarde, a los sones de Rosario de Cádiz, quienes intercalaron marchas clásicas con esas otras a las que nos tiene acostumbrado y que nos lleva a sentir que vamos debajo del paso abrazados al palo.

El dorado del misterio avanza muy progresivamente, quedando tan solo los respiraderos bajos laterales y los candelabros. Quién dio sin duda el toque de elegancia fue María Santísima de las Lágrimas con el estreno de la gloria del techo de palio. La filarmónica de Conil supo acompañar con obras como Lágrimas, Ecce Homo o Señor de las Penas al palio en su caminar entre los balcones de los neoclásicos palacetes que se postran ante en ella en la calle Ancha.

Precisamente del final de esta calle, de la coqueta iglesia de San Pablo enmarcada entre las casas gaditanas, salía el Señor del Manto Rojo, el Ecce Homo, quien Montes de Oca allá por el siglo XVII le diese forma al rostro de cristo condenado y burlado ante Pilatos. Los potentes y cada vez mejores sones de Utrera se arropaban en los bordados del manto del Señor, mientras que la banda del Nazareno de San Fernando defendía un muy exquisito repertorio al corte del palio de María Santísima de las Angustias, cobijada bajo el palio de maya fina y la compañía de su hijo y apóstol San Juan.

Roma se adentraba entonces en pleno centro de Cádiz, donde las armaduras de la Legio VI Ferrata nos trasladaban a un auténtico coliseo romano.

Dejando en último lugar, las horquillas del Caído retumbaron hasta el añorado parque Genovés, donde si Dios quiere volverán en los próximos años.

Sobre un manto de claveles rojos caía la que es obra del imaginero gaditano Laínez Capote, quien de una viga de la iglesia del Carmen consiguió mostrarnos uno de los rostros más dulces de nuestra Semana Santa, repleto de pétalos blancos que recordaban a aquellos tiempos en los que el señor vestía de blanco.

A los impresionantes sones de la Oliva de Vejer con Señor de Santa María, llegaba por la calle Isabel La Católica el misterio, dando una auténtica lección de carga gaditana, al igual de que María Santísima de los Desamparados, a los finos compases de la Banda de Música de Nuestra Señora de Palomares de Trebujena, sonando la marcha Aniversario en la Albarizuela, mientras que muchos la miraban soñando con ese palio que pueda cobijarla en nos muchos años.

Con delicadeza, dulzura, impregnando sabor a Cádiz en los muros del convento franciscano era como llegaban los titulares, rodeados de su numeroso cortejo de penitentes.

La plaza Santísimo Cristo de la Vera Cruz se quedó pequeña para tan bella estampa de recogida, que finalizó entre saetas, dando así paso a la madrugada del miércoles santo y mira al cielo deseando que vuelva a brillar el sol en los rostros de nuestras imágenes.

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