De las manos y otras estampas

Las procesiones extraordinarias suelen depararnos en ocasiones momentos que pasan a formar parte de los recuerdos. Una banda que antaño tocaba tras el paso y que se recupera, la implantación de un itinerario por el que no suelen transitar las imágenes o la recuperación de viejas estampas, con sayas, mantas, coronas… y hasta manos.

Había expectación por ver cómo se recuperaba la expresividad perdida que aportaban las antiguas manos de la dolorosa. Cierto día un hermano de la corporación me comentaba que uno de los problemas para no lucirlas era que al colocarse la imagen erguida este juego de manos resultaba pequeño, más acorde con la imagen cuando esta aparecía arrodillada. Más allá de tales cuestiones, el resultado fue el de una Virgen de las Aguas con un mayor dramatismo que había ganado incluso más si se hubiera rescatado tal y como aparece en añejas estampas, con los nudillos aún más elevados.

La recuperación, aunque fuera momentánea de tal iconografía recuerda a aquellas otras estampas que acabamos perdiendo, y que fueron suprimiéndose por modas o por la llegada de juntas de gobierno que actuando a su antojo decidieron qué o no qué hacer. Y era inevitable cuando la Virgen de las Aguas recorría las calles de la feligresía de San Vicente no acordarse, por ejemplo, de aquellos crucificados y nazarenos que lucían peluca de pelo natural o las coronas de plata que estos solían portar durante todo el año, también en su estación de penitencia. No deja de ser interesante cómo tan solo un elemento puede configurar una nueva dimensión. Véase el caso del Cristo de la Expiración del Cachorro cuando sale sin la corona de espinas. El dramatismo mengua al suprimírsele este elemento. Jesús a punto de expirar dirige su mirada hacia el cielo. La sola presencia de la corona de espinas acentúa aún más los últimos minutos de vida del crucificado, que ve cómo esta impide una visión directa del Hijo con el Padre.

El Cachorro con corona de espinas. Foto: Hermandad del Cachorro

Atrás quedaron en nuestra Semana Santa las peanas forradas de terciopelo o los palios pintados. En una recuperación del pasado, no hay más que recordar la que le cayó a la hermandad del Sol hace unos años, que por cierto recuperó la Sacra conversación, que en otros tiempos llevaron corporaciones como El Valle o la Esperanza de Triana. Imaginen el impacto visual que causaría el Cristo de Burgos con el faldellín, que lo asemejaba aún más al crucificado de la ciudad castellana o aquellos palios de cera verde. Las corporaciones, que ahora consideramos fieles a su estilo, tampoco estuvieron exentas de las modas. Y acabaron llegaron iconografías sesgadas para quedarse. Cuando Martínez Montañés concibe el Nazareno de Pasión el Cirineo no era un personaje meramente secundario. Concebido para acompañarlo hasta en dos ocasiones tuvieron lugar sendos cabildos donde esta idea quedó descartada, desde su supresión en 1974. Y en la exposición que en la Casa de la Provincia se llevó a cabo sobre Sebastián Santos vimos al último Cirineo y cómo una de las imágenes secundarias de mayor valor quedó relegada al olvido y que ahora puede contemplarse en el Salvador.

Virgen de la Soledad, de Marchena. Foto: Hermandad de la Soledad

La decisión que en aquellos años motivó la supresión de las manos unidas recuerda a aquella oleada de partidarios de la sustitución porque las manos separadas daban más juego a la hora de portar el rosario en una mano y en otra el pañuelo. Atrás quedaron las manos unidas de la Virgen de los Dolores de Benacazón o las de la Esperanza de Granada, que sí suele portarlas en ocasiones concretas. Otras imágenes continúan siendo fieles a la concepción original del autor, como la Virgen de la Soledad de Marchena. Características son las manos de la Soledad de Jerez. Y a día de hoy nadie la imagina con ellas separadas.

Al menos nos queda agradecer a la corporación del Museo que pudiera deleitarnos con la recuperación de una estampa antigua, pudiendo imaginar cómo nuestros antepasados pudieron orar ante ella, con unas manos que, al menos, todavía se conservan.

Cirineo de Sebastián Santos: Foto: Andrés González