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Córdoba

Desmontando el “Neobarroco gay” | Cómo inventar una Teoría y morir en el intento

Dentro del contexto sagrado o religioso donde se manifiesta la escultura neobarroca a la que se hace referencia la controvertida publicación del año 2013 que nos ocupa (“Entre la posmodernidad y el homoerotismo: la imaginería procesional del siglo XXI y el Neobarroco Gay: Autores: Juan Antonio Sánchez López, Antonio Rafael Fernández Paradas, José Alberto Ortiz Carmona. Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga, BAETICA, Estudios de Arte, Geografía e Historia, 35), cabe señalar que en la actualidad cualquiera que se acerque a vislumbrarla con detenimiento y objetividad difícilmente percibirá ningún tipo de morbo o de erotismo, ni masculino ni homosexual.

La creación de estas imágenes se separa de alguna manera de la escultura barroca del XVII, no ya desde el punto de vista del tratamiento técnico de los materiales, sino con la contribución que realizan estos autores a la imaginería tradicional al imprimirle unos rasgos que dejan observar valores afectivos adicionales que engrandecen la finalidad principal para las que fueron creadas estas obras, centrada inicialmente en la devoción, en la liturgia y en la catequesis. Esta contribución permite descubrir otros sentimientos que a la imaginería tradicional no interesó destacar por distintos motivos, e incluso revelar nuevas advocaciones y formas de entender el Evangelio.

Si vamos al grano, la compasión de un militar romano no puede ser entendida como “resultado de una absoluta feminización de la masculinidad convencional”, puesto que la virilidad no puede interpretarse hoy en día alejada del resto de los sentimientos; es decir, mostrar al centurión Longinos arrepentido y lloroso muestra una escena patética de arrepentimiento y no cuestiona para nada la masculinidad ni la subversión del género, ni nos sugerirá reivindicación alguna que invite a ningún tipo de orientación sexual, salvo que deseemos entenderla o hacerla entender; claro está, dentro de una tendencia o contexto político determinado y a su interés.

Tampoco la musculación de estas obras es el rasgo diferenciador, puesto que además de encontrarse presente desde los anales de la historia del arte; a mayor abundamiento, en nuestros tiempos, el gimnasio o el ejercicio físico es cada vez más utilizado por la sociedad, no solamente por una mayor cultura al cuerpo sino para la consecución de una vida más saludable. Es cuanto menos sorprendente asimilar el gimnasio a un “santuario” donde mirarse donde predomina también la “liturgia” de ser mirado o, qué tendrá que ver el denominado “síndrome del vestuario”. ¿Se delata con ello una actitud distinta a la mantenida durante siglos por los artistas en torno a la representación del cuerpo y sus circunstancias? En nuestra opinión, de ninguna manera, salvo en lo referente a un mayor conocimiento y comprensión de las composiciones o conjuntos escultóricos. ¿Por qué destacar en la escultura una estética contraria a la anterior? Recordemos que se continúa trabajando del natural por parte de multitud de imagineros por los siglos de los siglos. ¿Para qué entonces suplantar la realidad?

Extraña sobremanera que el “artículo” no observe que en la mayor parte de las esculturas referenciadas en el mismo, el cuerpo queda cubierto con distintos atuendos al tratarse en su mayoría de imágenes para vestir. Deberíamos plantearnos si el motivo de un acabado más acorde a la fisonomía masculina actual corresponde al deseo del cliente o de los autores, a dar cabida a un mayor número de artesanos, o incluso a cuestiones que tienen que ver más con el precio del “producto” final.

Es por todo ello por lo que a nuestro entender, no existe el denominado “Neobarroco Gay”, puesto que los elementos que insisten los autores del “estudio” de 2013 en otorgar a las esculturas se encuentran lejos de los elementos personalizadores del cuerpo que persisten en adjudicar a esta presunta escultura homosexual; como si el tatuaje, el piercing y los tratamientos capilares fuesen elementos exclusivos gay.

Los autores de esta pretendida “teoría” gay matizan que no se trata de un “espejo” de la identidad sexual del imaginero que realizó la obra, claro está, pero entonces  qué se pretende con la publicación de su “artículo”. Recordemos que se trata de imaginería procesional que acompaña a Jesús durante su Pasión en sus distintas advocaciones y misterios, en sintonía con la imagen Titular y con su unción sagrada.

Decir que se canaliza y proyecta al ámbito exterior el “yo poético” del hombre que mira a otro hombre es absurdo. Pero decir que la mirada que surge entre ambos nace preferentemente de la obsesión, la excitación sensual, la tensión sexual, la atracción impulsiva y el deseo carnal del uno hacia el otro más que del amor en su vertiente más afectiva, sentimental, romántica y “químicamente pura”, es demencial.

Decir que el punto de partida de estas creaciones cabe detectarlo en la producción escultórica de los artistas cordobeses Francisco Romero Zafra y Antonio Bernal Redondo por ser los auténticos creadores del neobarroco gay es cuanto menos alucinante, pero concluir el artículo con la afirmación de que el “neobarroco gay” colocado a estos autores aspira a desplazar lo divino o “sublime” a lo “morboso”, es realmente bochornoso. ¡Vamos, para ahorrarles su lectura!

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