Sevilla, ⭐ Portada

Diario de Cuaresma (XIX): Suena un lejano reloj

Extracto del Pregón de la Semana Santa de Sevilla

Antonio Rodríguez Buzón. Año 1956

Hablar de Pregones históricos y con huella en el tiempo es nombrar a Antonio Rodríguez Buzón.

Maestro de la prosa y poeta con mayúsculas, el pregonero crea la atmósfera perfecta para evocar el sabor fúnebre y doliente del Sábado Santo.

Dolor inconsolable

Se encendía de fulgor vivísimo el muro blanco de la calle, y lenta, muy lentamente, va apareciendo el “paso” con el más logrado y sublime misterio de Sevilla.

Viene llorando más, mucho más, la Madre Dolorosa, y es más triste y desconsolado el llanto de las Marías y el gesto de los Santos Varones.

Se oye ahora, el latir acelerado de cada pecho y el vibrar conmovido de cada corazón; y de la altura, parece descender un coro de ángeles en vuelo silencioso, que ayudando a la Virgen Santísima de la Piedad, terminan de amortajar el Cuerpo de Cristo con plata de luna y reflejos de estrellas. Entra la Cofradía.

Suena un lejano reloj. Alguna mano amiga nos toma del brazo, que oprime con emoción incontenible. Intentamos caminar de nuevo, y apenas si podemos conseguirlo. Queremos hablar, y apenas si podemos pronunciar palabra.

Y es que nos está llorando, cofrades de Sevilla, la fibra más sensible del corazón, y es también, que se nos ha evadido el espíritu purificado del barro que lo portaba, queriendo volar hasta las plantas de María Santísima, por intentar consolar su dolor inconsolable.

Y en el aire de la noche, seguirá vibrando aquella canción poética brotada del pecho como una oración, al encontrarla momentos antes, cuando nos hizo exclamar:

¡Ay! qué pena más desnuda
viene cruzando la calle.
Seca campana de angustia
rueda y gime por la tarde,
entre naranjos en flor
lirios y clavel granate.
¡Ay! que pena más desnuda
viene cruzando la calle.

Una Cruz nuncio de muerte
pasa conmoviendo el aire,
y un camino tortuoso
de luminarias se abre,
bajo el palio de la noche
sereno, azul rutilante.

Pone un friso de silencio
la luna sobre las calles,
y la brisa es un pañuelo
de levísimos encajes,
que va recogiendo el llanto
de unas notas musicales.

La plata para el dolor
se hace bosque de ciriales,
y tras las nubes de incienso
humo, perfume y cambiantes,
Jesús muerto y descendido
viene en brazos de la Madre.

La luz del Amor Divino
nos ilumina la sangre,
y en el pecho de María
y en sus labios suplicantes,
el acero del dolor
afila Siete Puñales.

Y hay luto por las esquinas
y en la seda tremolante,
luto en el árbol florido,
luto en luna y el aire,
luto y silencio en la plaza,
luto en todos los andares,
luto en la acera que llora,
y en el quejido del cante,
cuando tu pena desnuda
viene cruzando la calle,
y al pasar le va poniendo
luto de aromas y encajes,
a una Sevilla de pena
crucificada en el aire.

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