Extracto del Pregón de la Semana Santa de Sevilla
Rosario Padilla Hoyuela. Año 2019
La pregoniza abre el cajón de la memoria, rebuscando entre los recuerdos un Domingo de Ramos soleado en San Julián.
Padilla desgrana los momentos en los que el nazareno azul y plata se viste, el recorrido hasta la iglesia, el rumor del barrio minutos antes de la salida y las emociones conjugadas en toda la familia.
El texto hará vibrar al lector, que se identificará completamente con las experiencias hermosas vividas por la pregonera.
Vivencias familiares
La Hermandad de la Hiniesta representa para mí una institución fundamental: la familia.
Es la imagen de mi hijo con cinco meses vistiendo por primera vez la túnica de nazareno con su babero de raso azul, Azul Hiniesta naturalmente.
Es una mañana de nervios en la casa de la calle Arcos. Es un sofá con una hilera de guantes blancos, de capas y túnicas, de cíngulos y de zapatillas negras.
Es la abuela Coca viendo a todos sus hijos y nietos marchar desde su casa unidos al vestir la misma túnica.
La Hiniesta son esos primeros años de mis hijos como nazarenos, cuando estaban aprendiendo a amar, respetar y querer nuestra Semana Santa.
Esos primeros años en los que apenas recorrían unos metros, si acaso las primeras calles del barrio. Pero yo sabía que estaba sembrando la semilla que un día germinaría.
La Hiniesta es la familia Marvizón. Es Jóse, Bruno y Manolo con sus varas delante de la Virgen.
Es la foto que se repite cada Domingo de Ramos ante el palio… Ramón, Julián, Alfredo, José Manuel. Reencuentros de cada año con los viejos amigos.
Es la música que retumba dentro de la iglesia, banda sonora de nuestras vidas que agita nuestras emociones cuando el Cristo de la Buena Muerte, como buen hijo, se acerca a su Madre antes de salir de su casa, como para pedir permiso.
Ella alumbrará su camino con amor, llenando las almas, de todos sus nazarenos, de vida y esperanza. Y yo suspiro y lloro ante Ti, refúgiame bajo tu manto. La Virgen sale y se escucha la voz de los Ariza mandando callar mientras los varales cruzan la puerta ojival de San Julián. Y yo trato de contar lo que solo acierta a entender el corazón.
La Hiniesta es una lluviosa mañana del mes de marzo con la Virgen en besamanos y el comienzo de una vida en común.
Es escuchar Azul y Plata junto a la muralla de la Macarena.
Es acompañar a la cofradía en su recorrido mientras los hijos son aún pequeños. Y reponer sus cestas para que no les falten caramelos. Y llevarles agua y ver cómo cada año llegamos un poco más lejos hasta que llega el día en que te dicen “Mamá, este año quiero hacer el recorrido entero”.
Entonces se produce un silencio breve y hondo. El nazareno reclama ya su intimidad. Llega el día en que ya no va de tu mano, pero siempre os une la fe.
En una sociedad asolada por una evidente crisis de valores, debemos estar orgullosos de que en Sevilla haya hogares, miles de hogares, donde se enseña cada día a ser cofrade. De abuelos a nietos. Y de padres a hijos.
Una escuela sin subvenciones, que funciona sólo por amor. Donde se habla de Dios. Donde se enseña a rezar. Rezar por los tuyos, por los amigos, por un mundo mejor. Rezar por otro y que recen por ti, la mayor muestra de amor que una pueda recibir.
Hoy muchos habrán rezado por mí. Hogares donde se bendice la mesa y se dan gracias a Dios por los alimentos recibidos y por lo que la vida nos regala cada día.
El día de salida de la cofradía de la familia es el día de mayor felicidad del año, benditos nervios, desórdenes de cíngulos o espartos, dónde está mi capirote, dónde colocaste la varita, quién guardó las papeletas, quién lleva a los monaguillos hasta su sitio, ¿alguien ha traído los imperdibles? ¿Comida rápida? Comida rápida es la que se toma en cualquier casa de Sevilla el día que sale la cofradía.
Yo vivo ese ajetreo de felicidad cada Domingo de Ramos. Ustedes tendrán también su día. Ese día en el que abrazamos como nunca, besamos como nunca, lloramos como nunca. Es la fuerza de la familia.
Cada Domingo de Ramos vivido en familia, como los que vosotros vivís en los días señalados de vuestra Semana Santa, es la mayor prueba de que ser buenos cofrades es la forma más hermosa de ser católicos en Sevilla.
Como madre la he vivido incluso cuando dentro de mí estaba naciendo una vida. Ya antes de que mis hijos nacieran, los he llevado de cofradía en cofradía en días de retransmisiones interminables, apostada a la puerta de una iglesia, incluso a pocas semanas de dar a luz.
Ellos, acomodados dentro de mí, han sentido el bullicio de la calle, la lluvia, las carreras por llegar a tiempo, la emoción cuando su madre se emocionaba.
Han escuchado el sonido rotundo de un llamador junto a sus oídos. He notado su sobresalto cuando un platillo anunciaba el inicio de una marcha.
Se han quedado quietos ante el cante de una saeta. Han reconocido al Cristo de las Misericordias aún sin verlo en la marcha que le compuso su padre, la música que tantas veces les acunó.





