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Diario de Cuaresma (XXI): Penitencia callada

Extracto del Pregón de la Semana Santa de Sevilla

Ignacio Pérez Franco. Año 2012.

La Semana Santa está imbadida de silencios penetrantes, pausados y llenos de simbolismo.

El pregonero recuerda algunos de ellos y evoca el recogimiento de hermandades sin música, como el Calvario o San Isidoro.

Estas cofradías son la otra cara de Sevilla. El contrapeso justo a la algarabía y el clamor de tambores, cornetas y platillos. El tiempo se detiene ante ellas, y nos invita a vivir la intimidad de Cristo.

Silencios

Recientemente, el Santo Padre afirmaba que nuestro tiempo no favorece el recogimiento y que por eso se ha de educar al pueblo de Dios en el valor del silencio invitándonos a redescubrir ese sentido del recogimiento y del sosiego interior.

Todo esto lo decía en relación con la Palabra de Dios y su recepción en la vida de los fieles. En la Semana Santa sevillana tiene un lugar muy importante el silencio. O, más bien, los silencios.

Silencios que los cofrades y los sevillanos en general debemos preservar, primordialmente, por ese valor espiritual que nos remarcaba el Santo Padre y también por que el silencio es un valor consustancial a la propia esencia de nuestra Semana Santa cuyos contrastes forman parte esencial de su riqueza expresiva y sentimental.

En algunas de nuestras Cofradías, este silencio se ha hecho seña de identidad y trasciende a todo su recorrido pues sus Sagrados Titulares no llevan acompañamiento musical alguno más que el silencio, silencio que tiende un puente invisible con el que acceder a la hondura del misterio.

Cuando la madrugada santa termina de desangrarse por esa herida abierta en el costado de la noche que es la luna, y el cielo se va destiñendo hasta tomar el color de ese azul intenso que preludia el triste amanecer del Viernes Santo, la Cofradía del CALVARIO regresa presurosa por las calles Arfe y Castelar al viejo compás de San Pablo. Todo es quietud y silencio al paso de los negros nazarenos. Negra la cera y negras unas alpargatas que ponen sordina a las pisadas penitentes hasta hacer que la Cofradía, mas que andar, se deslice por el cristal de la noche como un río silencioso y oscuro.

Un silencio denso solo roto por el vaivén de un rumor lejano y extraño de cornetas y tambores que navega caprichoso y sin rumbo por la brisa y que se enreda con el sonido seco del crujir de muerte de la caoba fúnebre de un paso único donde se acuna el sueño de Cristo.

Un Cristo que, escoltado por mazos de claveles teñidos del color de su sangre cuajada y seca, es velado por sus cofrades entre cuatro hachones.

Cuatrocientos años contemplan el prodigio que Francisco de Ocampo legara para la Fe de los sevillanos en este crucificado del Calvario que refleja, en la lividez de su encarnadura, con realismo pero a la vez con dulzura infinita, la absoluta y rotunda certeza de la muerte.

Hasta en la muerte quiso Cristo ser semejante a nosotros. Por eso en el Cristo del Calvario vemos a la muerte que a todos nos iguala. Una verdad que proclama su Hermandad cada año con un pregón de solo seis palabras que resuena, con una solemnidad profunda y atronadora que estremece los cimientos del corazón, en las altas bóvedas de la Magdalena.

Un pregón que da fe y certifica, al examinar el cadáver de Cristo la verdad y la causa de su muerte, toda una teología de la redención: Dios por el hombre ha muerto. Y tras el Señor, la Virgen de la PRESENTACION, blanca su tez como un crisantemo, arrobada en su dolor, enmarcada en el prodigio de equilibrio de su palio de cajón, recibe el pésame de las últimas estrellas de la noche antes que los primeros rayos del sol lastimen unos ojos ahítos de llanto.

La Virgen no quiere que el sol la vea llorar. La Cofradía del Calvario, tan de otro tiempo, tan medida, tan austera, se recoge, como un suspiro de dolor, ante el rubor rosa del alba sin que sepamos, a ciencia cierta, si fue una realidad o una ensoñación, acompañada tan solo de su silencio y del triste piar de los pájaros que descorren los ventanales del día.

Ya en la tarde del Viernes Santo, cuando los últimos rayos de sol se resbalan por la Cuesta del Rosario, el silencio vuelve a reinar en torno a JESUS, el SEÑOR DE LAS TRES CAIDAS, el Cristo de la mirada triste.

Este Señor Caído tiene la misma mirada, la misma expresión de tristeza en sus ojos, que aquellos hermanos que nos piden diariamente que les ayudemos, como Simón de Cirene, a llevar la pesada Cruz de cada día que la vida cargó sobre sus hombros y que le hace tropezar y caer una y mil veces.

Si los ojos son el espejo del alma, en la mirada se ven los jirones que la enfermedad, el paro, la soledad o las dudas han ido dejando en muchos de nuestros semejantes. Pero ese día no todo el sol se acaba diluyendo en la orilla de la tarde cuando el Señor desciende de las alturas del Sancta Sanctorum de Sevilla.

Sus últimos resplandores dorados se funden con la plata repujada del hermosísimo paso de Palio de la Virgen de LORETO templo itinerante que cobija el desconsuelo de esta Virgen de los aviadores. Un palio con el color gris plomizo del que se tiñó el cielo de aquel primer Viernes Santo de la historia, cuando “hacia la hora sexta, las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora nona y el sol se eclipsó” (Lucas 23-44).

Ante la Virgen de Loreto el silencio se dulcifica con la discreta algarabía de un batallón de pequeños monaguillos que alivian, con la melodía infantil de sus voces y el aleteo de sus juegos infantiles, la tristeza de esta Dolorosa que llora su pena entre blancas camelias.

Una Virgen, vecina del pregonero, discreta en su dolor, elegante, sobria y bella en su tristeza, y cuya contemplación es un regalo para el espíritu y para los sentidos.

Viéndola alcanzamos a comprender el dolor intenso de María. Una Madre a la que hoy el pregonero le quiere cantar con esta sencilla oración.

La ciudad tiene un tesoro Entre camelias guardado.

Y Bajo un palio bordado que es una casa de oro.

La tarde en San Isidoro Su luz rompe en mil astillas.

Y al bajar la costanilla LORETO desde tu cielo, tu pena viste de duelo el corazón de Sevilla.

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