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El Cirineo, Opinión, Sevilla

El armao, la mantilla… y el beso

Cada año, cuando concluye la Semana Santa, miles de escenas maravillosas del pasado periplo se multiplican por las redes sociales. Escenas únicas e irrepetibles que son muestra irrefutable de lo que somos, de lo que sentimos, consecuencia de lo que fuimos y evidencia de hacia dónde nos encaminamos y, por ende, lo que algún día seremos. Porque la Semana Santa es un microcosmos cuya esencia deriva irremisiblemente de las tradiciones heredadas de generación en generación y se trufa de múltiples elementos adyacentes que la convierten en un ente vivo, incontrolable, por más vallas con las que pretendamos encorsetarla y encorsetarnos, y por más control con que pretendamos someter a la anarquía que forma parte indisoluble de su idiosincrasia.

A veces, muy de cuando en cuando, una de estas fotografías se convierte en icónica. Sucede, en realidad, en cualquier orden de la vida – no es un hecho que se circunscriba al universo cofrade -, que unos pocos elegidos de los miles de fotógrafos que respiran alrededor de nuestras cofradías intentando captar la imagen irrepetible, son capaces de ver lo que otros no ven, convirtiendo el instante captado en único, en diferente, en arte. No seré yo quien reste importancia a los fotógrafos, héroes cotidianos que con su ímprobo esfuerzo, permiten al resto de los mortales almacenar para siempre lo que ha sucedido, a través de un objetivo, para ayudar a que permanezca para siempre en nuestras memorias, como no seré quien les otorgue más importancia de la que tienen, como notarios de la realidad, ni haga absurdas distinciones entre profesionales y aficionados – repulsiva tendencia, potenciada por los propios fotógrafos, que ahora está tan de moda -. Pero es cierto, que sólo unos pocos elegidos son capaces de encontrar entre el maremágnum casi inabarcable de una procesión de Semana Santa, dónde está la imagen que es realmente única, la foto irrepetible, la que permanecerá eternamente en nuestras retinas para quizá convertirse en un icono de nuestra propia esencia, de nuestra idiosincrasia y de la mismísima Semana Santa que tanto nos fascina.

Una de estas imágenes, y créanme que son miles las que he visto en la última semana, llegó a mis manos hace tan sólo unas horas a través de este universo llamado twitter, maravilloso y miserable a partes iguales. Una maravillosa fotografía ante cuya visión no he podido evitar recordar la mítica imagen que inmortalizase Alfred Eisenstaedt en Times Square en 1945, del marinero que besa a la enfermera al concluir la II Guerra Mundial que todos hemos visto en alguna ocasión. La imagen de la que les hablo, es nuestra propia esencia, lo que somos, y probablemente no requiera de mayor explicación que la que deriva del sentimiento que su visión despierta. Un armao, una mantilla y un beso, una tarde de Jueves Santo, «justo cuando las mantillas se recogen para la gran noche y la centuria inunda el centro de la ciudad para visitar los templos» – tal y como explica el propio autor -, cuando Sevilla se reencuentra a sí misma, sedienta de reflejarse en las pupilas de la Madre de Dios.

Una imagen fascinante que vale más que mil palabras, pura poesía que podría perfectamente haber nacido de la infinita creatividad de Nuria Barrera o que podría haber sido tomada hace setenta años… «para mí, la mejor foto de la Semana Santa de Sevilla 2019, una locura en todos los sentidos», en opinión de @arcodelpostigo, «una foto que es en sí misma un pregón», en palabras de @Tomassampalo. Una secuencia de nuestros sentimientos, sin aspavientos ni matices, con una naturalidad que embelesa, de la autenticidad que se esconde en el alma del cofrade de verdad, de quien ama profundamente sus tradiciones heredadas, que las protege y las potencia, de quien convierte en magia cualquier acto ocasional convirtiéndolo en un acontecimiento de dimensiones incalculables.

La verdadera identidad de nuestras cosas, la que se traduce en millones de sentimientos por cada rincón de nuestras ciudades durante una semana maravillosa y la que permite, aunque algunos no lo lleguen jamás a comprender, que cada año todo sea diferente, porque ese instante es irreproducible, ese beso jamás se volverá a repetir, como no se volverá a repetir el roce de una bambalina con un balcón o el aroma de la cera derretida que se entremezcla con el de las rosas del frontal de un paso de palio y el azahar de los naranjos. Podrán multiplicarse escenas similares pero jamás una idéntica. Un beso, entre un armao y una mantilla, amor puro materializado que ya forma parte indisoluble de nuestra memoria colectiva, de nuestra esencia imperecedera por obra y gracia de la fotografía perfecta.

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