El Calvario de Córdoba aprueba por unanimidad la restauración del Señor

La Hermandad del Calvario de Córdoba ha dado luz verde a la restauración de la imagen de Nuestro Padre Jesús del Calvario, una intervención de especial relevancia para la conservación de una de las obras más representativas de su patrimonio histórico y devocional. El acuerdo quedó aprobado por unanimidad en el Cabildo General Extraordinario celebrado el 9 de octubre, según ha comunicado la Junta de Gobierno de la corporación, que ha depositado su confianza en los profesionales encargados de acometer los trabajos.

La intervención será ejecutada por Enrique Ortega Ortega y Rosa Cabello Ramírez, en el taller de restauración REGESPA. La Junta de Gobierno ha expresado su agradecimiento a ambos restauradores por su disposición y ha manifestado su confianza en la labor que desarrollarán, respaldada por su reconocida trayectoria en el ámbito de la conservación y restauración patrimonial y por su dilatada experiencia en el tratamiento de bienes artísticos y devocionales.

Una imagen nacida en la Córdoba del siglo XVIII

La historia de Nuestro Padre Jesús del Calvario se remonta a 1724, cuando el religioso trinitario Fray Juan de la Concepción realizó la imagen para dar cumplimiento a la segunda regla de las constituciones primitivas de la hermandad. Aquella disposición establecía la necesidad de contar con una representación de Jesús Nazareno capaz de suscitar la devoción de los fieles durante los ejercicios de la Vía Sacra que se celebraban en el campo del Marrubial, una práctica cuyo atractivo espiritual residía en la contemplación de Cristo cargando con la Cruz camino del Calvario, imagen que invitaba a la piedad y a la ternura del corazón.

El 9 de abril de 1724, Viernes Santo, la cofradía trasladó la efigie de Jesús Nazareno hasta el Palacio Episcopal para que el obispo Marcelino Siuri procediera a su bendición. Esa misma noche, la imagen salió por el barrio de San Lorenzo para participar en el Santo Ejercicio del Vía Crucis, incorporándose desde sus primeros momentos a la vida religiosa de la ciudad y a una tradición penitencial que ha perdurado durante generaciones.

La formación del autor durante su etapa de noviciado en Granada constituye una de las claves para comprender la personalidad artística de la talla, cuya estética guarda relación con los gustos del barroco granadino. La imagen está realizada en madera de pino de Flandes y presenta unos rasgos plásticos vinculados a las tendencias dulcificadoras que caracterizaron el periodo rococó.

La belleza serena de una obra concebida para despertar la devoción

La escultura destaca por sus formas delicadas y por un modelado que busca la contemplación reposada. Sus volúmenes menudos propician una percepción marcada por la ternura, la fragilidad y la compasión, cualidades mediante las cuales la obra alcanza su propósito esencial: atraer la devoción de los fieles a través de la belleza. Lejos de recurrir a una anatomía excesivamente enfática, la talla encuentra su fuerza expresiva en la delicadeza de sus rasgos y en una concepción plástica que subordina el virtuosismo formal al carácter religioso de la representación.

Como sucede habitualmente con las imágenes de vestir, el cuidado escultórico se concentra especialmente en las partes destinadas a permanecer a la vista. Las extremidades inferiores, dotadas de un tratamiento anatómico definido, imprimen a la figura un avance discreto, con el pie izquierdo ligeramente adelantado. Los brazos, articulados por los codos, permiten vestir la imagen y disponer las manos sobre la Cruz, que ambas sujetan con suavidad por la mitad inferior del travesaño menor. La mano derecha queda situada a menor altura, siguiendo la inclinación del torso. No obstante, antiguos testimonios fotográficos documentan otra disposición: en ellos, el Señor sostiene con la mano izquierda la parte superior de la Cruz.

El modelado corporal mantiene una sobriedad acorde con la naturaleza devocional de la obra y evita los alardes anatómicos. Es, sin embargo, en la cabeza donde se concentra buena parte de su capacidad de atracción, gracias a una composición de gran belleza que ha alimentado durante casi tres siglos el fervor de los cordobeses.

Un rostro de delicadeza barroca y dramatismo contenido

El rostro de Nuestro Padre Jesús del Calvario reúne una serie de rasgos que definen su personalidad iconográfica. La frente despejada, las cejas finas dibujadas en forma de ese, los grandes ojos cristalinos dirigidos hacia abajo y la boca pequeña, ligeramente entreabierta, componen una expresión de recogimiento y sufrimiento contenido. El bigote y la barba, formados por pequeños mechones longitudinales, enmarcan la boca, mientras que la barba bífida deja visible la parte superior de la barbilla.

La larga melena, ceñida al cráneo, cae suavemente por la espalda y contribuye a la armonía del conjunto. Sobre el rostro, los regueros de sangre y el hematoma situado en el pómulo izquierdo introducen el componente dramático de la Pasión, aunque sin estridencias ni exageraciones expresivas. Este equilibrio entre el dolor representado y la serenidad formal constituye uno de los valores más destacados de la imagen, cuyas cálidas carnaciones refuerzan la riqueza escultórica y acentúan la expresividad de sus facciones.

Tres intervenciones restauradoras a lo largo de su historia

La restauración ahora aprobada será la cuarta intervención documentada sobre la imagen de Nuestro Padre Jesús del Calvario. La primera tuvo lugar en 1949 y fue realizada por Amadeo Ruiz Olmos, quien acometió los trabajos de conservación de la talla.

Posteriormente, en 1984, Miguel Arjona Navarro llevó a cabo una segunda restauración. Su intervención incluyó la restitución de las partes deterioradas de la policromía y el refuerzo de las piernas mediante la incorporación de nervios de hierro, actuaciones destinadas a recuperar las zonas dañadas y reforzar la estructura de la imagen.

La tercera intervención se desarrolló en 2001 y estuvo a cargo de Enrique Ortega Ortega, uno de los restauradores que volverá a trabajar sobre la imagen en esta nueva etapa, junto a Rosa Cabello Ramírez. Con la aprobación unánime del Cabildo General Extraordinario, la hermandad emprende así una nueva actuación sobre una talla que, desde su realización en el siglo XVIII, constituye un referente de su identidad religiosa y de la historia devocional de Córdoba.