El candelabro | El cofrade que todo lo sabe

Hay una curiosa costumbre que, de vez en cuando, se abre paso entre nuestras hermandades: la de aquellos cofrades que siempre tienen una crítica preparada, una opinión sobre cualquier asunto y la certeza absoluta de que, si las cosas se hicieran a su manera, todo iría mucho mejor.

Son los que señalan los errores ajenos con una facilidad asombrosa, pero parecen incapaces de reconocer los propios. Los que encuentran defectos en cada decisión de una junta de gobierno, en el andar de un paso, en un repertorio musical o en el montaje de un altar, pero rara vez se preguntan si ellos mismos están haciendo algo mal.

Porque, al parecer, hay quien conoce al detalle las debilidades de los demás, pero lleva años sin mirarse al espejo.

Y conviene aclarar algo: criticar no es malo. Las hermandades necesitan voces críticas, personas que cuestionen decisiones, adviertan de errores y propongan mejoras. El problema aparece cuando la crítica deja de servir para construir y se convierte en una herramienta para desacreditar, alimentar el ego o demostrar una supuesta superioridad.

No es lo mismo querer que una hermandad mejore que necesitar demostrar que uno siempre tiene razón.

A veces resulta muy sencillo opinar desde fuera. Decir cómo deberían hacerse las cosas cuando no somos nosotros quienes asumimos las responsabilidades, afrontamos las dificultades o damos la cara cuando algo sale mal. Otra cuestión muy distinta es ponerse al frente de un proyecto, tomar decisiones y aceptar que, por mucho empeño que se ponga, no siempre se acierta.

Todos nos equivocamos. Quien acaba de llegar y quien lleva décadas; quien trabaja entre bastidores y quien ocupa un cargo de responsabilidad. La diferencia está en la capacidad de reconocerlo y aprender de ello.

La autocrítica no nos hace más débiles, sino más honestos. Y quizá ese sea uno de nuestros grandes retos como cofrades: exigir a los demás con la misma severidad con la que somos capaces de examinarnos a nosotros mismos.

Porque una hermandad no es un concurso de egos, ni un escaparate para demostrar quién sabe más, quién tiene más influencia o quién consigue imponer su criterio. Es una comunidad de hermanos que debería sustentarse en el respeto, la convivencia y el trabajo compartido.

De poco sirve hablar de fraternidad si después convertimos al hermano en un adversario al que hay que corregir constantemente. Tampoco tiene demasiado sentido presumir de amor a nuestros titulares mientras dedicamos más energías a señalar los fallos ajenos que a aportar soluciones.

Si algo está mal, digámoslo con argumentos. Si tenemos una propuesta mejor, pongámosla sobre la mesa. Y si nos equivocamos, tengamos la grandeza de reconocerlo. Lo demás es ruido, y nuestras hermandades ya tienen bastante con los problemas reales como para añadirles disputas alimentadas por el orgullo.

Quizá deberíamos recordar que no siempre es quien más critica quien más trabaja, ni quien más presume de saber quien más aporta. A veces, quienes verdaderamente engrandecen una corporación son aquellos que trabajan en silencio, ayudan sin buscar reconocimiento y entienden que el bien común está por encima de cualquier protagonismo personal.

Al final, nuestras hermandades hablan de fe, humildad, servicio y caridad. Pero esos valores deben notarse también cuando termina la procesión, cuando desaparecen los aplausos y toca convivir con quienes no piensan como nosotros.

La luz de un cirio no solo sirve para iluminar el camino. También debería ayudarnos a descubrir nuestras propias sombras.

Por eso, antes de señalar al hermano, convendría preguntarnos qué hacemos nosotros, qué podemos mejorar y si estamos contribuyendo a construir o simplemente a desgastar.

Menos dedos señalando y más manos tendidas. Menos soberbia y más autocrítica. Menos necesidad de tener razón y más voluntad de hacer las cosas bien.

Porque el problema no es equivocarse. El verdadero problema es vivir convencido de que los equivocados son siempre los demás.

Y quizá el cofrade que nunca se equivoca sea, precisamente, quien más necesita aprender.

Hasta la próxima. Mientras tanto, seguiremos mirando nuestras Cofradías desde la luz de la Cera.