Desde hace unos años hemos venido leyendo, sobre todo en prensa, cómo ciertos juntaletras han inventado un término que no hace justicia al lugar al que hace mención. La «cantillanización» se ha utilizado para ridiculizar a todo un pueblo y su sentir hacia la Virgen María. Su fervor, el exorno de las calles, los aplausos, los vivas… En definitiva, la intensidad con la que viven el amor hacia la Madre de Dios ha quedado reducida a un término de connotaciones negativas que se han encargado de potenciar aquellos que, vaya usted a saber cómo, trabajan en diversos medios de comunicación.
Esta caterva no pretendía más que criticar que la «cantillanización» había llegado a la capital hispalense y se había instalado –¡oh, qué barbaridad! – irrumpiendo cual tsunami e imponiendo un estilo que hacía que se tambalearan los pilares donde los analfabetos creen que se ha sustentado «desde siempre» la religiosidad popular de la capital. Y es que, precisamente, son estos los que acaban reflejados como tal. En vez de revisar la historia y asegurarse de que, cada vez que plasman sus ideas arrojan tras de sí unas afirmaciones con bases firmes, acaban manifestando su indocumentada ignorancia.
Se llevarían las manos a la cabeza si descubriesen que la Virgen de los Reyes, la patrona de Sevilla y su archidiócesis, en más de una ocasión contó con fuegos artificiales durante su recorrido. O, que antes, mucho antes, las estatuas romanas eran bañadas en intensas petalás –si quieren referencias más cercanas a sus antepasados, en los años veinte del pasado siglo la Reina de Todos los Santos las recibía a su paso por Feria–. Hablar antes de leer supone correr un riesgo: el de abrir las puertas y exponerte públicamente a que te señalen como un auténtico zote. Volviendo a los cohetes, las crónicas narran cómo a finales del siglo XIX los titulares de San Bernardo, joyas que se llevó la sinrazón de unos cuantos, eran recibidos con decenas de ellos cuando regresaban a su barrio. Pero, si echamos la vista atrás, ya había presencia de ellos en otras hermandades en el lejano siglo XVII. Enfrascados en el lema «esto ha sido así desde siempre» –ahora resulta que la Semana Santa tiene más años que el sol–, no se atrevan a abrir Youtube y mostrar cómo en los años ochenta y noventa no pocos palios andaban de costero a costero, porque puede ser que les dé un patatús al fusionarse en su mente la supuesta «cantillanización» con otro término que, seguramente, utilizarían para herir.
Durante estos días, la Hermandad de la Asunción de Cantillana se encuentra celebrando el LXXV aniversario del dogma asuncionista. Uno no puede más que aplaudir, como cada vez que Cantillana demuestra el amor hacia María, la majestuosidad, el buen gusto y la categoría de un pueblo que algunos se encargan en demonizar. ¡Lo peor es que dicen seguir las directrices de Jesús! Cuánta amargura corre por sus venas.
La «cantillanización», habría que recordar, no es impostura. Es el modo de vivir de un pueblo que ya quisiéramos muchos poder siquiera imitar.






