Cuando el pasado mes de octubre Granada celebró la procesión magna que fue todo un deleite para los cofrades, numerosos actos se llevaron a cabo en la ciudad. Era el caso de la muestra de diversas dolorosas gubiadas por el imaginero Ángel Asenjo Fenoy y donde rendía homenaje a la escuela granadina. Siete en total, vestidas por Álvaro Abril, que pudieron contemplarse en el monasterio de San Bernardo de la capital nazarí. Y que consiguieron el aplauso unánime del universo cofradiero, cada vez más inconformista.
Para conocer a Ángel Asenjo hay que buscar en un precedente destacable dentro de su trayectoria. Lo encontramos cuando se dispone a realizas las imágenes para la catedral de Guadix. El arzobispado de Granada había rechazado antes otros proyectos, como el presentado por Bonilla Cornejo, decantándose finalmente por el que presentó Ángel. Un encargo donde no se busca la reproducción exacta de las piezas destruidas en 1936 sino una reinterpretación de las mismas.

Y así es como se va tejiendo una estrecha relación entre Ángel y el arzobispado de Granada. Años después, surge en Motril un grupo de devotos que pretende rendir culto a Jesús en su última cena. Y el arzobispado se acuerda de aquel imaginero que talló las figuras para el coro del primer templo de la ciudad accitana. El resultado puede contemplarse acudiendo a la ciudad costera -que tan famosa se hizo este pasado verano con el caso de Rubiales y su señora madre encerrada en la iglesia de la Divina Pastora-.
Pueden también preguntar directamente por las imágenes a quienes las han conocido. Y seguramente su opinión no les dejará indiferente. Ahí tenemos a Judas, el traidor, o a Andrés. Para otros ejemplos de imposiciones tenemos los carteles que están presentándose estos días, que también tienen lo suyo. Van a hartarse los artistas de bloquear en las redes sociales, porque está quedándose un enero pictórico que ni la serigrafía aquella de las viejas latas de membrillo.
No estaría de más que se levantara la mano desde ciertas instancias y dar libertad. O al menos frenar en seco antes de que determinadas obras acaben rebajando el nivel del que luego presumiblemente se hace alarde.






