El poder más mezquino rara vez se presenta de frente; prefiere la penumbra, los pasillos y el rumor de una llamada a deshora. Se alimenta de apellidos, de antigüedades convenientemente invocadas y de viejas glorias convertidas en salvoconducto para seguir dictando órdenes cuando ya no corresponde. Desde esa cómoda oscuridad, quienes lo ejercen no tienen el valor de presentarse a unas elecciones, ni el coraje de poner su nombre sobre una candidatura, ni mucho menos lo que hay que tener para someter sus ideas al juicio de los hermanos. Prefieren el pasillo al cabildo, la llamada telefónica al voto y la influencia entre bambalinas a la responsabilidad pública. Es la vieja escuela del poder sin exposición: mandar sin comparecer, decidir sin responder y exigir sin asumir jamás el coste de sus decisiones.
Lo verdaderamente obsceno aparece cuando algunos de esos personajes han contemplado incluso cómo su propia hermandad terminaba en manos de una junta gestora o se veía abocada a una fusión por falta de personas dispuestas a tirar hacia adelante y, pese a semejante evidencia, siguen comportándose como si fueran imprescindibles. Entre meada de colonia y meada de colonia, continúan repartiendo instrucciones, colocando dirigentes de quita y pon, moviendo peones y determinando quién sirve, quién sobra y quién merece sentarse en la mesa.
Han llegado incluso a influir sobre directores espirituales, convertidos también en monigotes pusilánimes, para quitarse de un plumazo a candidatos a hermano mayor que resultaban incómodos, incómodos precisamente porque podían ganar unas elecciones y devolver a quienes manejan los hilos al lugar que quizá les corresponde: el cubo de material orgánico. Hay que tener una descomunal dosis de soberbia para interpretar el fracaso de una generación como una razón para perpetuarse en la sombra.
Y aquí la responsabilidad no recae únicamente sobre quienes manejan los hilos. También recae, y de manera muy severa, sobre quienes aceptan convertirse voluntariamente en marionetas de individuos que ni siquiera han tenido el valor de dar la cara ante sus hermanos. Escuchar a quien tiene experiencia puede ser sensato; entregar el gobierno efectivo de una corporación a quien no ostenta ninguna responsabilidad formal es otra cosa. Porque una junta de gobierno que ejecuta instrucciones ajenas, recoge recados y pone firmas mientras otros deciden desde fuera podrá conservar los cargos, pero ha renunciado a ejercerlos. Y una hermandad gobernada por títeres termina siendo una hermandad sin gobierno.
Algunos, además, parecen haber heredado junto al apellido una especie de escritura de propiedad perpetua sobre la corporación. Presuntas vacas sagradas, prepotentes, soberbias y pagadas de sí mismas, convencidas de que su opinión debe continuar siendo ley aunque su tiempo haya pasado hace mucho. Pero ninguna hermandad puede vivir eternamente sometida a las nostalgias, los rencores y los intereses particulares de quienes se niegan a aceptar que el presente pertenece a otros. Hay un momento en la vida en el que incluso las viejas glorias deben comprender que toca apartarse, buscar un huequecito en ese particular cementerio de elefantes donde descansan quienes ya cumplieron su ciclo y dejar que otros construyan el futuro.
Porque seguir revoloteando alrededor de las juntas de gobierno, sembrando mierda y odio a diestra y siniestra, intoxicando relaciones, enfrentando a hermanos y utilizando influencias personales para condicionar decisiones no es defender una hermandad. Es utilizar una hermandad para alimentar un cortijo personal. Y cuando el interés particular se disfraza de experiencia, cuando la soberbia se presenta como autoridad moral y cuando la nostalgia se convierte en una herramienta para fiscalizar a quienes han llegado después, la institución acaba pagando una factura que nadie firma y que, sin embargo, termina pagando todo el cuerpo de hermanos.
Así que quizá haya llegado la hora de llamar a las cosas por su nombre. A los que quieran gobernar, que tengan los huevos de presentarse a unas elecciones, poner su nombre sobre una candidatura y aceptar el veredicto de sus hermanos. A quienes ocupan cargos, que recuerden que no fueron elegidos para ser monigotes de nadie, sino para decidir con criterio, personalidad y libertad. Y a quienes llevan demasiado tiempo viviendo de glorias pasadas, que entiendan de una vez que ninguna vaca sagrada tiene derecho a convertir una hermandad en su cortijo. Porque cuando la influencia clandestina sustituye al gobierno, cuando la cobardía sustituye al compromiso y cuando quienes deberían servir terminan obedeciendo a quienes no se atreven a dar la cara, la hermandad deja de avanzar y empieza a pudrirse desde dentro. Y quizá el mayor acto de amor que algunos puedan hacer por ella sea, sencillamente, apartarse.
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