El atentado en el aeropuerto de Kabul que ha matado a más de 170 personas inocentes debería servir como primera conclusión al monumental esperpento que está representando Occidente desde hace varias semanas.
La invasión ilegal y violenta de los terroristas talibanes al territorio afgano ha salido totalmente gratis, con el extra de la pérdida de libertades y derechos de las mujeres y la explosión que el ISIS se adjudicó ayer tras la masacre.
La comunidad internacional no ha hecho absolutamente nada, además de huir y evacuar refugiados. La respuesta de todos esos gobiernos a la intolerancia y al terror es la retirada.
Pero los cristianos tenemos el deber de cuidar al prójimo hasta dar la vida por los amigos, como dice la Biblia. El pueblo afgano es nuestro hermano en el Señor, y por ello se convierte en obligación ayudarles hasta el límite de nuestras fuerzas.
Y junto a ello, el Catolicismo debe lanzar una gigantesca, unánime e imperecedera condena al terrorismo islámico, cosa que aún no ha ocurrido.
El Papa Francisco muestra su preocupación por la toma de poder de los talibanes en Afganistán y negocio canales humanitarios junto a Erdogan, pero esos son pequeños gestos a la galería que poco o nada favorece la situación en este territorio.
La respuesta a la atrocidad criminal debe llegar por la condena primero, y por el objetivo de echar a semejantes elementos del poder lo antes posible.
Ésa es la premisa cristiana: hacer el bien a través del amor y la caridad; y desterrar el pecado, el odio y el mal de la sociedad. Y justo de esta forma, el Santo Padre daría ejemplo a esos políticos y ministros de la Iglesia Cristiana que, según el propio Francisco, actúan con hipocresía. ¿ O Acaso no es hipócrita permitir el terror y la pérdida de derechos en un pueblo libre y feliz?
Muchos recordarán el coraje mostrado por San Juan Pablo II en su afrenta contra el comunismo, que obtuvo maravillosos resultados; a Benedicto XV en esa complicada etapa de la Primera Guerra Mundial; su sucesor Pío XI, llamado el Papa de los acuerdos; o Pío XII, que lidió la etapa de los holocaustos. Todos han puesto su grano de arena a la eliminación de los conflictos y sobre todo de los que originan los conflictos, los maestros del crimen y la ilegalidad.
Y no con ello hay que quitar mérito a las iglesias italiana, española o portuguesa, que están favoreciendo la acogida de refugiados; pero ese altruismo no soluciona el conflicto de los millones de afganos que viven en su país y no tienen por qué irse.
La situación sin embargo es la que se ve. Cientos de muertos por un atentado, una población aterrada por unos criminales que han invadido su hogar sin que nadie mueva un maldito dedo para impedirlo, y una parte de la población que suspira por subirse a un avión que le lleve lejos, muy lejos de ese horror.
¿Cómo se ha llegado nuevamente a esta situación en pleno siglo XXI? ¿Cuáles pueden ser esos intereses tan importantes que impiden cualquier tipo de actuación de un país concreto o de un grupo de países en defensa del pueblo afgano?
Un completo galimatías que nadie está dispuesto a aclararlo, y muchos menos a remediarlo a corto plazo. Es por tanto una necesidad crucial para la paz mundial y un deber indispensable para el cristiano luchar contra el terror, no negociando con él para minimizar los daños; sino combatiendo sin objeciones.
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