La crónica | El Cristo de la Providencia trae la promesa de una nueva Semana Santa

La Semana Santa se vive, anticipa y comienza en las Vísperas. En su ritual atávico, el Viernes de Dolores se convierte en la punta del diamante de la espera que se rompe entre ejercicios piadosos y uno que se convierte en la antesala misma de los días grandes. 

La premonición se define en la charla previa con el capataz, Manolo Orozco; en el abrazo con el amigo, Antonio Pontes; en la conversación con Soler; y, aunque esperado, el Cristo de la Providencia irrumpe en la plaza que es suya. 

El murmullo de los numerosos fieles desaparece, la maniobra de salida concluye y la Banda de la Esperanza acaricia al crucificado de Álvarez Duarte con sus sones, siempre solemnes. El Cristo de la Providencia ya camina hacia la residencia Santísima Trinidad, donde los mayores viven con emoción el momento, antes de que Orozco dé la orden y el portentoso paso siga su camino hacia la Catedral. 

Un itinerario emocional que ha hecho flotar los sentimientos cuando el crucificado se ha adentrado por el casco histórico para acceder a la Catedral. Para más tarde retomar un impresionante recorrido de vuelta en el que la Semana Santa ya parecía haber comemzado sn cada acorde de la banda, en el son de la cuadrilla, en la espiritualidad de cada estación del viacrucis. 

La Semana Santa se vive, anticipa y comienza en las Vísperas. En su ritual atávico, el Viernes de Dolores se convierte en la punta del diamante de la espera que se rompe, que ha rasgado la cruz del Cristo de la Providencia con el anuncio exacto, al regresar a la Trinidad, no de lo que viene, sino de lo que ya está aquí, la Semana Santa. 

Su abrazo es infinito, igual que las oraciones de sus devotos. Yo lo soy, igual que Marcos y Victoria; que Domingo, Carmen y Aroa; Raúl, Rafa, Pamela, Miguel Ángel o Carmen Marina. Y en la penitencia nos va la vida, la que nace, muere y resucita con él, como la promesa eterna, como la llama que no cesa, como la Semana Santa que ya ha llegado.