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Córdoba, El Rincón de la Memoria

El día en que coronaron a la joya imperecedera de Juan de Mesa

Pocos presagiaban, a tenor de lo que el clima vaticinaba apenas una semana antes y lo que apuntaban la previsión meteorológica para aquella jornada para la historia, que el sol luciría poderoso en el firmamento de Córdoba el domingo 11 de octubre de 1987. Pero la realidad de los acontecimientos evidenciaron que ni siquiera el astro rey estaba dispuesto a perderse aquella cita con la historia.

Los Padres Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María habían determinado que aquella mañana no sé celebrarían misas en la Real Iglesia de San Pablo, lo propició que desde el preciso instante en el que las puertas del templo se abrieron, cientos de curiosos se acercaron para ser testigos de lo que acontecía en los prolegómenos de aquella historia jornada. Todas las entidades religiosas y sociales de la ciudad estaban invitados a ser participes, con el Obispo de Córdoba, Monseñor Infantes Florido, a la cabeza, encargado de presidir una Eucaristía que fue concelebrada por el Superior de la Comunidad de Claretianos, el Rvdo. P. Olimpio Arranz Prior. En representación del Cabildo Catedral, D. Manuel Martínez Baena y D. José Tomás Vilela Palencia y por la Comunidad de Claretianos los Padres, Segundo Gutiérrez, Alfonso Rivera, Francisco Juberías e Isidro Pozuelo. D. José Luque Requerey, así como el dominico Fray Rafael Cantueso Cárdenas y el Párroco de San Andrés, D. Manuel Márquez González, también formaron parte de la celebración.

Tras la emotiva homilía pronunciada por  Monseñor Infantes Florido que alcanzó instantes especialmente intensos cuando reconoció estar «coronando no sólo a una imagen, sino a toda la devoción mariana de Córdoba», el Hermano Mayor de la Cofradía, dió lectura al decreto de la Coronación Canónica a la sagrada imagen de Ntra. Sra. de las Angustias, y el Superior de la Comunidad de Padres Claretianos la bendición especial enviada por S.S. el Papa Juan Pablo II.

La intensidad fue incrementándose va medida que transcurrían los minutos y el Obispo, una vez bendecida la corona, que sostenían los Padrinos de la ceremonia, la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, representada por el Superior provincial de la Bética, Rvdo. P. Manuel Carrasco Díez y las religiosas Jerónimas del Monasterio de Santa Marta, que por ser de clausura, fueron representadas por los Sres. Ranz Porras, colocó la presea en las sienes de Ntra. Sra. de las Angustias, al tiempo en que una sonora ovación, entremezclada von vivas a la Virgen de las Angustias, inundaban el templo, mientras que por toda la ciudad se multiplicaban los repiques de campanas.

Concluida la eucaristía, pasadas las doce y media dio comienzo la multitudinaria salida procesional. Tras una dotación de batidores a caballo de la Policía Municipal, el nutrido cortejo que anunciaba la llegada de la Madre de Dios, la joya imperecedera de Juan de Mesa, que entronizada en su paso, en compañía de su Hijo, a hombros de una cuadrilla costalera mandada por Patricio Moreno, congregaba a su alrededor a miles de devotos que fueron testigos de excepción de una cita inolvidable. Como curiosidad, ante el paso de situaron acólitos ataviados con dalmáticas cedidas por la Hermandad del Santo Sepulcro, portando ciriales de la Hermandad de la Misericordia y detrás de la Virgen, el palio de respeto del Remedio de Ánimas.

Todo lo o demás sobraba, como cuentan los anales de la corporación. Ni los «cofrades llevaban cera, ni los directivos, vara; tan sólo la medalla de la Hermandad como distintivo». Un escogido recorrido llevó a la Virgen por bellísimos rincones, como el encuentro de la Virgen con las Hermanas de la Cruz y las Capuchinas o la emocionante llegada a Santa Marta.

Desde este enclave, y siempre acompañada por la Banda de Música del Centro Cultural Calíope, la Virgen fue descontando los metros que la separaban de su hogar claretiano recorriendo las calles del itinerario en el que muchos balcones ostentaron colgaduras y mantones de Manila. En torno a las tres de la tarde, la Virgen de las Angustias se despidió de las calles en la que fue la primera presencia extraordinaria de la imagen en las calles de Córdoba, más allá de Semana Santa, desde que el 1 de septiembre de 1865, la Virgen de Linares vino desde su Santuario a la Colegiata de San Hipólito para realizarle unas rogativas y evitara en Córdoba una epidemia de cólera que invadía algunas capitales andaluzas. Una presencia extraordinaria en un tiempo en el que las extraordinarias aún lo eran y las coronaciones canónicas, muy excepcionales. Un día en el que el pueblo de Córdoba, firmó con su palpable devoción, su amor irrenunciable e irremplazable por la Madre de Dios, la Virgen de las Angustias… La joya imperecedera de Juan de Mesa.

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