El hilo de Ariadna | La liturgia del yo y la tentación de los altares secundarios

El universo de las cofradías, tan pródigo en símbolos de humildad y tan fecundo en ceremonias donde el hombre debería aprender a menguar para que lo trascendente resplandezca, padece una paradoja cada vez más difícil de disimular: la proliferación de egos en un territorio que, por su propia naturaleza, debería constituir una escuela de renunciamiento. Allí donde todo remite a una realidad que excede lo humano, donde la madera policromada, el terciopelo, la cera y la música aspiran a disponer el alma ante el misterio, emerge con inquietante frecuencia una voluntad de protagonismo que reclama para sí una porción del fulgor destinado a otros. El fenómeno no es nuevo, aunque acaso haya adquirido en nuestros días una dimensión más aparatosa, favorecida por una cultura que ha convertido la exposición permanente en una forma de existencia y la mirada ajena en una suerte de divisa emocional. Vanitas vanitatum et omnia vanitas: vanidad de vanidades, todo es vanidad. La antigua sentencia del Eclesiastés conserva una vigencia que desmiente el calendario y atraviesa, con su severidad intacta, las nuevas liturgias de la notoriedad. Ya no parece suficiente con hacer bien las cosas: también se diría imprescindible que todo el mundo sepa quién las hace. Y así, bajo el palio de una devoción que debiera invitarnos a la discreción, comienza a desplegarse la liturgia paralela del yo, ese pequeño culto doméstico en el que el servidor corre el riesgo de terminar adorando su propia imagen.

El catálogo de sus manifestaciones resulta tan extenso como revelador. Músicos que parecen olvidar que la partitura está al servicio de una escena devocional y no al revés; directores de bandas cuya presencia termina adquiriendo una notoriedad que amenaza con eclipsar el sonido mismo de la formación; costaleros que confunden la entrega bajo las trabajaderas con una suerte de investidura heroica; capataces que, en ocasiones, parecen dirigir menos una cuadrilla que una representación de su propia importancia. A ellos se suman vestidores cuya labor, delicadísima y merecedora de todo reconocimiento cuando se ejerce con sensibilidad, corre el riesgo de convertirse en escaparate personal, y ahora incluso priostes, custodios de una tarea esencialmente silenciosa, que pueden sucumbir a la tentación de hacer de la labor de altar una escenografía para el lucimiento propio. No se trata de condenar los oficios, sino de interrogar la vanidad que puede parasitarlos. Cada una de estas responsabilidades exige conocimiento, sacrificio, sensibilidad y competencia; ninguna, sin embargo, concede a quien la desempeña una patente de superioridad ni el derecho tácito a reclamar una cuota de veneración. La frontera es sutil, pero decisiva: una cosa es servir con excelencia y otra muy distinta servirse de la excelencia para adquirir notoriedad. Ars longa, vita brevis: el arte es largo y la vida breve; pero también lo es, con frecuencia, la vigencia de las reputaciones que se edifican sobre el aplauso. La verdadera maestría no consiste en perpetuar el nombre del artífice, sino en lograr que su obra conserve sentido cuando su nombre haya dejado de pronunciarse.

Quizá el equívoco nazca de una confusión semántica que termina por convertirse en extravío moral: hemos comenzado a identificar la relevancia de una tarea con la relevancia pública de quien la ejecuta. Y no son términos intercambiables. La importancia del servicio no se transfiere automáticamente a la persona que lo presta, del mismo modo que el resplandor de una candelería no convierte en llama a quien la dispone. El buen músico sabe cuándo su instrumento debe elevarse y cuándo ha de recogerse en el conjunto; el buen capataz comprende que su voz solo alcanza sentido si conduce a los hombres hacia un esfuerzo compartido; el buen vestidor desaparece detrás de la belleza que ayuda a revelar; el buen prioste conoce la dignidad de aquello que ordena y la humildad de no considerarse su propietario. En todos ellos existe una forma superior de maestría: la capacidad de hacer que la obra prevalezca sobre el artífice. Los clásicos lo entendieron mucho antes de que las redes sociales convirtieran la identidad en escaparate y la notoriedad en una aspiración casi compulsiva. La hybris de los griegos, aquella desmesura que empujaba al hombre a rebasar los límites de su condición, continúa encontrando acomodo entre nosotros, aunque ahora vista túnica, maneje un martillo, sostenga una batuta o disponga una saya. Frente a ella, la sophrosýne —σωφροσύνη, la templanza que impone medida al deseo— recuerda que no toda capacidad autoriza cualquier exhibición y que el talento solo alcanza su plenitud cuando reconoce los límites que lo ennoblecen. El genio sin mesura puede deslumbrar; la excelencia con humildad, en cambio, permanece.

Las redes sociales han añadido, además, un espejo ubicuo en el que cualquier gesto puede transformarse en una pequeña ceremonia de autoafirmación. El trabajo, que antes encontraba su recompensa en la satisfacción íntima del deber cumplido y en el reconocimiento discreto de la comunidad, parece necesitar ahora su correspondiente testimonio visual, su crédito nominal, su circulación pública. No hay inconveniente en mostrar el esfuerzo, divulgar el patrimonio o reconocer a quienes contribuyen a engrandecer una hermandad; sería injusto confundir la legítima difusión con la vanidad por el mero hecho de que ambas compartan un escaparate. El problema comienza cuando la comunicación deja de servir a la obra y la obra empieza a servir a la comunicación. Entonces, la fotografía sustituye al mérito, la presencia desplaza a la discreción y el reconocimiento deja de ser consecuencia del trabajo para convertirse en una de sus condiciones. Se trabaja para que se vea que se trabaja; se sirve para que conste quién ha servido; se participa en una empresa colectiva como si cada contribución exigiera una parcela de propiedad sobre el resultado. Y la hermandad, sin advertirlo quizá, corre el riesgo de transformarse en una constelación de individualidades que coinciden en el mismo espacio, pero ya no siempre en el mismo propósito. La comunidad se resiente cuando cada cual desea ser protagonista de una historia que solo tiene sentido porque nadie debería serlo por entero. La antigua máxima non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam —no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria— podría servir de examen de conciencia para más de una empresa cofrade. No como ornamento retórico ni como divisa para exhibir una piedad de escaparate, sino como recordatorio de que el servicio pierde parte de su nobleza cuando quien lo presta pretende apropiarse de aquello que trasciende su persona.

Conviene, por tanto, reivindicar la elegancia moral de quienes saben permanecer en un segundo plano sin sentirse relegados, de quienes comprenden que la discreción no es insignificancia y que el anonimato puede constituir una de las formas más altas de la grandeza. No se trata de exigir una falsa modestia, ni de proscribir el talento, ni de condenar el reconocimiento merecido; se trata de restituir a cada cosa su justa medida y recordar que ningún oficio cofrade debería convertirse en un pedestal. La música ha de conducir la emoción, no reclamarla para quien la interpreta; la trabajadera ha de ser escuela de entrega, no tribuna de vanidades; el vestidor ha de contribuir a la dignidad de la imagen, no disputarle el centro de la mirada; la priostía ha de preparar el ámbito de lo sagrado sin convertir su meticulosidad en una proclamación de autoría. Y todos, absolutamente todos, deberían saber que la grandeza de su cometido se mide menos por el espacio que ocupan que por la huella que dejan. En una cofradía, el verdadero magisterio comienza cuando el ego aprende a guardar silencio. Acaso ahí resida también una forma de kénosis —κένωσις, el despojamiento de sí—, esa renuncia a la propia preeminencia que encuentra en el horizonte cristiano su expresión más honda: vaciarse de vanidad para que el servicio no termine convertido en una prolongación del amor propio. Porque, al cabo, cuando se apagan las luces, se repliega el cortejo y el último eco de la banda se disuelve en la noche, permanece una verdad elemental que ninguna estrategia de visibilidad puede alterar: el misterio no necesita figurantes que compitan por el centro del escenario, sino servidores capaces de apartarse para que lo esencial pueda ser contemplado. Sic transit gloria mundi: así pasa la gloria del mundo. Y cuando el último aplauso se extinga, cuando los nombres propios pierdan su eco y las pequeñas majestades regresen a la penumbra de la que nunca debieron salir, quizá solo entonces comprendamos que la mayor grandeza de quien sirve consiste, precisamente, en no necesitar que lo confundan con aquello a lo que sirve.