El rincón de pensar | ¿Extraordinarias? Ya no tanto

Hubo un tiempo en el que una procesión extraordinaria era algo especial. De esas que se esperaban durante años y que, cuando llegaban, se vivían de verdad. Hoy parece que hemos cogido carrerilla y que, si no sacamos una imagen a la calle cada dos por tres, nos estamos perdiendo algo.

Y claro, como cada vez hay más, hay que buscar la manera de sorprender. Porque ya no basta con poner una imagen en la calle. Ahora hacen falta petaladas interminables, juegos de luces que se encienden y se apagan, efectos por aquí y por allá… Un auténtico espectáculo. Vamos, que cualquier día vamos a necesitar una productora, un director artístico y un presupuesto de película.

¿Y todo esto para qué? ¿Para despertar la devoción o para que el vídeo quede bonito en las redes sociales?

Que nadie me malinterprete. Las procesiones tienen su sentido y las imágenes merecen todo el respeto y el cariño del mundo. Pero una cosa es acompañar a nuestros Titulares y otra muy distinta convertirlos en protagonistas de un espectáculo donde parece que lo importante es sorprender al público.

Y luego está lo de siempre. Calles abarrotadas, móviles en alto, aplausos, pétalos y mucha emoción. Pero se cierran las puertas del templo y se acabó todo hasta la próxima. ¿Dónde está esa gente durante los cultos? ¿Dónde está en la vida diaria de la Hermandad? ¿Dónde queda la fe cuando ya no hay música, luces ni nada que fotografiar?

Porque, aunque a algunos se les olvide, la devoción no se demuestra llenando una calle, sino estando cuando no hay nadie mirando.

Quizá nos estamos preocupando demasiado por lo que ocurre fuera y muy poco por lo que debería ocurrir dentro. Y así, entre tanta extraordinaria, corremos el riesgo de que lo extraordinario termine siendo lo ordinario.

Menos petaladas, menos efectos y menos ganas de montar el espectáculo del año. Que esto va de Hermandades, de Iglesia y de fe, no de ver quién organiza la función más llamativa.

Y si para que una procesión tenga éxito necesitamos montar un circo, igual el problema no es que falte público, sino que estamos olvidando para qué sale la imagen a la calle.

Porque cuando se apagan las luces, se recoge el último pétalo y se cierra la puerta, el espectáculo termina. La fe, si es de verdad, debería continuar.