Fallece el cofrade Manuel Cerrato

El conocido cofrade cordobés Manuel Cerrato ha fallecido repentinamente, dejando un profundo vacío entre familiares, amigos y numerosas personas vinculadas al mundo de las hermandades de Córdoba. Su muerte ha provocado una incesante marea de muestras de condolencia entre quienes compartieron con él años de amistad, convivencia y numerosas vivencias en torno a la Semana Santa y a la vida cofrade de la ciudad.

La noticia ha sido recibida con enorme pesar por quienes más estrechamente compartieron su camino, especialmente aquellos amigos que encontraron en Manolo una persona cercana, generosa y siempre dispuesta a estar presente. Su recuerdo queda asociado a incontables momentos de fraternidad, a sus risas y ocurrencias, pero también al compromiso y al esfuerzo que dedicó a sus hijas y a la atención permanente hacia quienes formaban parte de su círculo más próximo.

Una vida entendida desde la amistad

Entre los recuerdos que ahora afloran con mayor intensidad se encuentra su taberna —su casa—, convertida durante años en un verdadero punto de encuentro. Allí se sucedieron los encuentros entre amigos, las conversaciones y las largas jornadas de convivencia, hasta el punto de que para muchos dejó de ser simplemente el hogar de Manuel para convertirse también en la casa de todos.

Una hospitalidad que encontraba continuidad en otros escenarios y en otros momentos de la vida cofrade. Manolo compartió veranos interminables, Cuaresmas, noches de ensayo, salidas procesionales y procesiones extraordinarias, experiencias que terminaron conformando una memoria colectiva inseparable de su figura.

Entre esas vivencias permanece también el recuerdo de aquellas ocasiones en las que, después de cerrar su casa, Manolo y sus amigos se montaban en su moto para acudir directamente a algún Rosario de la Aurora. Noches que se prolongaban hasta el amanecer y que hoy regresan a la memoria con la intensidad propia de aquello que ya no podrá repetirse.

El Madero y una casa siempre abierta

Su presencia habitual en la taberna El Madero forma igualmente parte del recuerdo que deja entre quienes compartieron con él tantas horas. Aquel entorno se convirtió en uno de los escenarios de una sociabilidad construida alrededor de la amistad y de las inquietudes cofrades.

Pero quienes estuvieron cerca de Manolo saben que su verdadera capacidad de acogida trascendía cualquier espacio físico. Su casa más grande y acogedora era su propia alma y su corazón, siempre abiertos para quienes acudían a él.

Esa disposición hacia los demás explica que hoy sean tantos los que sientan su marcha como una pérdida especialmente dolorosa. Manolo no solo estuvo presente como amigo, sino que llegó en ocasiones a ejercer como una figura paterna para alguno de quienes tenía a su alrededor, cuidando de ellos y permaneciendo pendiente de sus necesidades.

El recuerdo de su padre

En medio de la tristeza por una partida que ha llegado demasiado pronto, también aparece el recuerdo de su padre, con quien ahora, desde la esperanza que acompaña a la despedida cristiana, se evoca un posible reencuentro.

La ausencia deja preguntas y dolor, pero también la certeza de que Manolo permanece en la memoria de quienes lo quisieron. Sus amigos conservan las experiencias compartidas, las conversaciones, las risas y todos aquellos instantes cotidianos que con el paso del tiempo adquieren un valor todavía mayor.

«Nos vemos en tu casa»

La despedida de Manuel Cerrato se convierte así en un ejercicio de gratitud por todo lo que fue para quienes tuvieron la fortuna de compartir su vida. Por sus gestos, por su amistad, por su manera de estar siempre disponible y por haber convertido tantos momentos ordinarios en recuerdos extraordinarios.

Queda también el deseo de que, cuando llegue el momento del reencuentro, las puertas permanezcan abiertas, igual que Manuel acostumbró a mantenerlas para sus amigos, sin importar la hora ni las circunstancias.

Y entre el dolor de la despedida y el afecto que permanece, queda una última frase dirigida al amigo que ya no está: «Así que amigo Manolo, nos vemos en tu casa».

Una despedida que resume el profundo vacío provocado por su muerte, pero también la huella que Manuel Cerrato deja entre quienes compartieron con él una amistad construida durante años, en torno a Córdoba, sus hermandades, sus calles y, sobre todo, alrededor de ese patrimonio intangible que ninguna ausencia puede borrar: el recuerdo de los amigos.