En el corazón de Valdezorras, donde la devoción mariana ha echado raíces desde hace más de medio siglo, los fieles vuelven a encontrarse con Nuestra Señora de las Veredas en sus Dolores en la intimidad de un besamanos que transforma la cercanía en oración y el silencio en una profunda declaración de amor. En la parroquia que lleva su nombre, en la calle Liebre, 33, cada mirada dirigida a la dolorosa encierra una historia, cada plegaria guarda una esperanza y cada beso depositado en sus manos expresa la confianza de quien reconoce en la Madre de Dios un refugio al que regresar cuando la vida se vuelve difícil.
Esculpida en 1988 por el imaginero loreño Juan Ventura y bendecida en febrero de 1989, la actual imagen de Nuestra Señora de las Veredas en sus Dolores prolonga una historia de fe que comenzó a principios de los años setenta, cuando llegó al barrio una primitiva imagen mariana cedida desde Utrera. Desde entonces, la presencia de la Virgen ha acompañado el devenir de esta barriada sevillana hasta convertirse, por el cariño de sus vecinos, en la patrona sentimental de Valdezorras, una Madre cercana a la que generaciones de devotos han confiado sus alegrías, sus sufrimientos y sus anhelos más íntimos.
En su rostro doloroso, de rasgos profundamente expresivos, se reconoce el misterio de una Madre que conoce el sufrimiento y permanece junto a sus hijos. Ante Ella, los gestos adquieren una elocuencia especial: una mano que se aproxima con delicadeza, unos ojos que se humedecen al contemplarla, una oración que apenas consigue abrirse paso entre la emoción. El besamanos se convierte así en un encuentro personal con María, un instante en el que cada fiel parece encontrar su propio espacio para hablarle, agradecerle, pedirle amparo o sencillamente permanecer a su lado, dejando que su presencia ilumine aquello que las palabras no alcanzan a expresar.
El reportaje fotográfico de nuestro compañero Benito Álvarez recoge la sensibilidad de estos encuentros y la hondura de una devoción que pertenece a la identidad de todo un barrio. A través de su objetivo, quedan inmortalizados los pequeños detalles que hacen grande la fe: la emoción contenida, la reverencia de los gestos y la serenidad de quienes se acercan a la Señora buscando consuelo. Cada instantánea preserva la memoria de un momento irrepetible, de esos que permanecen en el corazón mucho después de abandonar el templo.
La historia de la dolorosa también está marcada por la superación de la adversidad. Un incendio fortuito llegó a quemar su manto y ocasionó leves desperfectos en la policromía y en la articulación de uno de sus brazos, daños que fueron restaurados con éxito por su propio autor, Juan Ventura. Una circunstancia que forma parte del recorrido histórico de una imagen cuya presencia ha seguido siendo un referente de fe para los vecinos de Valdezorras.
La devoción a Nuestra Señora de las Veredas en sus Dolores alcanza también su expresión pública cada Cuaresma, cuando la imagen recorre tradicionalmente las calles del barrio el sábado del quinto fin de semana cuaresmal. En esa salida procesional, la estrechez de la puerta de la parroquia obliga a los costaleros a realizar una compleja maniobra cuerpo a tierra, de rodillas, antes de que los miembros de la asociación le coloquen la corona en el porche exterior. Un gesto de entrega y reverencia que simboliza el profundo vínculo entre la Virgen y quienes la acompañan, una estampa que hace de su salida un momento tan delicado como emocionante.
La Asociación Parroquial de Nuestro Padre Jesús del Amor y Nuestra Señora de las Veredas en sus Dolores, que también venera a San Simón de Rojas y al beato Marcelo Spínola, mantiene viva esta herencia espiritual en torno a la parroquia de Nuestra Señora de las Veredas. En el besamanos, sin embargo, todo parece concentrarse en la cercanía de la Madre: en sus manos abiertas al encuentro, en su dolor sereno y en esa capacidad maternal de acoger a cada persona sin preguntas ni condiciones.
Porque María siempre encuentra la manera de hacerse cercana a quienes la buscan. Y en Valdezorras, ante Nuestra Señora de las Veredas en sus Dolores, cada beso es una plegaria, cada mirada una confidencia y cada silencio una forma de decirle cuánto se la necesita. Así, entre la emoción de sus fieles y la delicadeza de los instantes captados por Benito Álvarez, vuelve a hacerse visible una certeza que atraviesa generaciones: el corazón de un barrio también late al compás del amor de su Madre.





























Burladero | Chari
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