Galería | Un encuentro con la Virgen del Rosario

Algunos encuentros no necesitan palabras. Basta con cruzar el umbral, detener el paso y buscar sus ojos para comprender que delante de la Virgen del Rosario de Montesión el tiempo adquiere otra medida. Durante estos días de besamanos, la Señora espera en la intimidad de su templo, sin el estruendo de la calle, sin la distancia de la procesión, permitiendo que cada mirada encuentre la suya y que cada corazón deposite ante Ella aquello que quizá no sabe explicar a nadie más.

Encontrarse con la Virgen. Ese es, quizá, el verdadero sentido de estos días. Acercarse despacio, contemplarla de cerca, hablarle bajito, como se habla a quien conoce nuestras heridas antes incluso de que seamos capaces de pronunciarlas. Llegar hasta Ella con las manos vacías y marcharse con la certeza de haber dejado a sus pies las peticiones íntimas, las preocupaciones, los nombres propios, las ausencias y las esperanzas que cada devoto guarda en lo más profundo de su alma.

Y también llegar para agradecer. Para decirle sencillamente gracias, sin necesidad de grandes discursos, por aquello que salió bien, por aquello que no salió como esperábamos y por todo cuanto permanece. Porque delante de una Madre también se puede llorar, sonreír, guardar silencio y permanecer unos instantes sin otra pretensión que sentirse acompañado. Allí ha estado nuestro compañero, Benito Álvarez, para dejar testimonio gráfico de esos maravillosos encuentros.

Una Virgen que medita el dolor

La singularidad de la Virgen del Rosario de Montesión se comprende también cuando se contempla su iconografía. Nuestra Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos representa a la Madre de Dios al pie de la Cruz, siguiendo una fórmula que adquirió independencia temática en el arte cristiano del siglo XII y que remite al Stabat Mater, el himno por excelencia de los Dolores de María.

No es una Dolorosa más. Su particularidad reside precisamente en esa expresión de recogimiento, reflexión e introspección que parece detenerla en un instante interior. Su advocación explica esa actitud: la Virgen aparece en su soledad al pie de la Cruz, meditando sobre los cinco Misterios Dolorosos del Rosario: la oración en el huerto, la flagelación, la coronación de espinas, la calle de la Amargura y el Calvario.

Hay algo profundamente conmovedor en esa mirada que no parece buscar el exterior, sino penetrar en el misterio. Como si la Señora estuviera allí, sola ante el dolor de su Hijo, recorriendo en silencio cada uno de aquellos pasajes de la Pasión. Y quizá por eso, cuando el devoto se coloca frente a Ella, comprende que también puede dejar allí sus propios dolores, porque María conoce el lenguaje de las heridas que no hacen ruido.

El lenguaje de una imagen única

Como sucede con otras imágenes marianas de la Semana Santa sevillana, la Virgen del Rosario responde a la tradición de las esculturas «de candelero»: el rostro y las manos son las partes esculpidas, mientras que el resto del cuerpo se configura mediante una estructura articulada destinada a recibir sus vestiduras.

También las manos, separadas y dispuestas según un modelo difundido por los Servitas y relacionado con Santa María de Ara-Coeli de Roma, participan de una tradición iconográfica perfectamente reconocible. Sin embargo, en Montesión todo parece conducir hacia otro lugar: hacia dentro.

La cabeza inclinada hacia la derecha, la frente amplia, las cejas largas y finas, el ceño pronunciado, la nariz recta, los ojos entornados y esa mirada de enorme concentración espiritual construyen un rostro que no necesita aspavientos para expresar el dolor. La boca entreabierta, los labios menudos y carnosos, el mentón redondeado, la acusada sotabarba y las mejillas planas completan una fisonomía en la que el sufrimiento se convierte en silencio.

También las lágrimas de cristal participan de ese lenguaje. Más allá de cualquier intención puramente realista, constituyen un recurso expresivo destinado a hacer visible un desconsuelo que, en las Dolorosas sevillanas, suele manifestarse de forma contenida. No hay estridencia. No hay desbordamiento. Hay un llanto mudo, sereno y sostenido, una tristeza asumida desde la entrega y el recogimiento.

Una Reina vestida de luto

Su condición de imagen de vestir permite contemplar, además, todo un universo de significados en torno a su indumentaria. La tradición vinculó esta fórmula con el modo en que Gaspar Becerra dispuso a la Virgen a petición de Isabel de Valois, siguiendo el modelo de las viudas castellanas y utilizando un austero traje cedido por la Condesa de Ureña.

María aparece así como Madre del Redentor y viuda del carpintero de Nazaret, condición que se expresaba mediante las prendas oscuras y el monjil a modo de toca. Bajo el manto negro, la vestidura contribuía a subrayar la pena, la viudez, la ancianidad y el menosprecio del mundo.

Durante siglos, además, la Señora de Montesión lució una saya blanca hasta 1916, vinculada a la tradición del alba o la sobrepelliz, prendas que en el barroco cubrían el traje de las Dolorosas y que se asociaban simbólicamente con la pureza del alma adquirida por los méritos de la Pasión.

A ello se sumaba en ocasiones la estola negra, relacionada con los instrumentos de la Pasión y con la concepción de la Semana Santa como un entierro cargado, paradójicamente, de esperanza, puesto que la Pasión contiene también los valores escatológicos de la Redención.

Todo este lenguaje convertía a María en Correparadora, Correndentora y Mediadora coadjutora de la Humanidad, presentándola como Virgen Sacerdotal que ofrece al Padre los padecimientos de su Hijo. Las llamadas «toallas», portadoras de los instrumentos del martirio o de alegorías de la Pasión como el cáliz, reforzaban esa dimensión oferente.

A la corona real y a la daga sobre el pecho izquierdo se añadía el recuerdo de la profecía de Simeón, mientras que la ráfaga evocaba el vestido de sol de la Mujer del Apocalipsis. El manto negro y la saya blanca señalaban igualmente los vínculos dominicanos de la advocación y de la Hermandad, una vinculación que posteriormente encontró también expresión en el rosario anudado a la cintura a modo de cíngulo.

La madera, la policromía y el paso de los siglos

La materialidad de la imagen añade otro capítulo a una historia construida a través de los siglos. Según los técnicos del IAPH, la Virgen fue realizada con diversas maderas de la familia de las coníferas, entre ellas el cedro, material apreciado por su dureza, consistencia e incorruptibilidad y al que la tradición cristiana atribuyó además una dimensión simbólica relacionada con la sangre de Cristo y con el Templo de Salomón.

Su busto está tallado a partir de diferentes piezas que conforman cabeza, cuello y pecho. Sus 1,73 metros de altura la sitúan entre las Dolorosas más altas de la Semana Santa sevillana. Las manos constituyen piezas independientes y presentan dos ensambles en sendos dedos, posiblemente relacionados con fracturas.

Sobre la madera se desarrolló todo un proceso técnico que incluyó la preparación de la superficie, la aplicación de capas de yeso mezclado con ajo y cola animal y, posteriormente, la policromía a pulimento. Los estratos más antiguos y otros posteriores, posiblemente del siglo XVIII, conservan esa huella material, mientras que intervenciones posteriores incorporaron otros pigmentos.

Después llegarían las pestañas y las lágrimas de cristal, esas pequeñas señales que terminan de convertir el rostro en un paisaje de dolor contenido.

El candelero, de estructura troncocónica y con brazos articulados mediante el sistema de «galletas», responde igualmente a una concepción en la que la realeza de María debía expresarse no solo mediante corona, manto o vestiduras, sino también mediante la gravedad del cuerpo, la majestad del porte y el reposo de los movimientos.

Una historia que todavía busca respuestas

La autoría de la Virgen del Rosario continúa siendo una cuestión abierta. Tradicionalmente se la relacionó con el taller de Roldán, mientras que la tradición popular atribuyó su ejecución a Luisa Ignacia Roldán, «la Roldana». Sin embargo, otros estudiosos han defendido cronologías y atribuciones diferentes.

Hilario Arenas la vinculó con Roque de Balduque; Juan Miguel González Gómez y José Roda Peña la consideraron una obra anónima del último cuarto del siglo XVI, remodelada posteriormente en época barroca; y José María de Mena la relacionó con Benito Hita del Castillo.

La pérdida de buena parte de la documentación de la Hermandad en el incendio del 24 de junio de 1864 dificulta todavía más la posibilidad de alcanzar una conclusión definitiva. Por ello, el estudio formal de la imagen y su comparación con otras obras constituyen una de las vías para seguir avanzando, aunque siempre con las cautelas que exige cualquier atribución artística.

Entre las hipótesis planteadas aparece con especial fuerza la figura de Andrés de Ocampo, cuya producción presenta paralelos formales con la Virgen del Rosario en distintas obras. El relieve de la Encarnación de Santa María de Arcos de la Frontera, realizado entre 1586 y 1587, el San Pablo del retablo mayor de San Martín de Sevilla, labrado entre 1609 y 1611, y otros trabajos vinculados a su trayectoria han servido para establecer comparaciones relacionadas con perfiles, ojos, mejillas, manos y movimiento de la cabeza.

También resulta significativo el vínculo de Ocampo con el entorno de Montesión y con el barrio de la Feria, así como su actividad en distintos templos cercanos. Todo ello ha llevado a considerar su posible relación con la ejecución de la imagen, aunque el debate permanece abierto y los futuros estudios deberán determinar hasta dónde puede llegar cualquier hipótesis de autoría.

La imagen pudo experimentar además una remodelación sustancial de su rostro durante el último tercio del siglo XVII. En ese contexto cobraría sentido la tradicional vinculación con el entorno de Roldán y, especialmente, con Luisa Roldán, siempre condicionada a que futuras investigaciones puedan acreditar que aquella intervención se produjo entre 1670 y 1684.

Las transformaciones de aquel periodo pudieron incluir la incorporación de ojos de cristal, pestañas postizas, una dulcificación de determinados rasgos y una nueva encarnación. Posteriormente se produjo otro repinte en el siglo XVIII, caracterizado por un tono nacarado y unas transparencias que llegaron hasta nuestros días. Las restauraciones contemporáneas también forman parte de esta historia: Francisco Buiza intervino en 1976, mientras que Enrique Gutiérrez Carrasquilla realizó la última restauración en el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico en 1995.

Y entonces llega el silencio

Pero toda esta historia, toda esta materia, todos estos siglos de arte, tradición, restauraciones, hipótesis y devoción terminan encontrando su verdadero sentido cuando un hermano se acerca.

Porque frente a la Virgen del Rosario de Montesión no hacen falta tratados de iconografía. No hacen falta fechas, atribuciones ni explicaciones. Basta con mirarla.

Basta con acercarse lentamente.

Basta con hablarle bajito.

Quizá para contarle aquello que nadie sabe. Quizá para pedir por alguien que no puede venir. Quizá para pronunciar el nombre de un enfermo, de un ausente, de un ser querido que ya no está. Quizá para pedirle fuerzas cuando las fuerzas comienzan a faltar. O simplemente para decirle, con la humildad de quien sabe que está delante de su Madre: gracias.

Y Ella permanece.

Con la mirada hacia dentro, recorriendo silenciosamente los Misterios Dolorosos. Con el dolor sereno de quien ha aprendido que amar también significa permanecer al pie de la Cruz. Con esa majestad antigua que no necesita elevar la voz para hacerse escuchar.

Durante estos días, la Virgen del Rosario se deja encontrar.

Y quizá ese sea el milagro sencillo del besamanos: que por un instante el mundo se detenga, que el ruido desaparezca y que una Madre pueda escuchar todo aquello que su hijo no sabe decir.

Entonces uno comprende que no ha venido solamente a verla.

Ha venido a encontrarse con Ella.

Y cuando llega la hora de marcharse, cuando el último vistazo busca conservar en la memoria cada detalle de su rostro, queda la certeza íntima de que las peticiones han sido escuchadas, las lágrimas han encontrado refugio y los agradecimientos han llegado hasta el corazón de una Madre.

Porque hay lugares donde uno entra como quien visita un templo.

Y hay lugares de los que uno sale sintiendo que ha estado, durante unos minutos, en casa.

La Virgen del Rosario de Montesión es uno de ellos.