Galería | Un reencuentro con la gloria: la Virgen de la Amargura, bajo palio, en un besamanos inolvidable

La iglesia de San Juan de la Palma ha acogido este sábado, 1 de junio, un acontecimiento de honda resonancia devocional y estética: el besamanos extraordinario a la Virgen de la Amargura, celebrado con una disposición absolutamente insólita y cargada de simbolismo. La venerada imagen mariana, atribuida a autor anónimo y datada en los primeros años del siglo XVIII, ha sido expuesta bajo su palio procesional, ofreciendo una estampa inusitada en el interior del templo. Este encuadre litúrgico, dispuesto en paralelo a la puerta por la que cada Domingo de Ramos inicia su itinerario penitencial la cofradía, ha evocado con intensidad las emociones propias de la Semana Santa, trasladadas, esta vez, a la luz diáfana del mes de junio.

Nuestro compañero Benito Álvarez ha estado presente ante la Señora de San Juan de la Palma, dejando testimonio gráfico de esta jornada excepcional para los archivos de la memoria cofrade. El resultado: un documento visual imprescindible para comprender la hondura de lo vivido.

Un palio convertido en altar: el esplendor de Ojeda

Uno de los elementos que más ha cautivado a los fieles ha sido el sublime techo de palio, bordado por Juan Manuel Rodríguez Ojeda en 1926, una de las cimas del arte textil sevillano. Ejecutado en terciopelo de tono rubí y realzado con hilos de oro, plata y seda, este palio —el tercero que diseñó para la Virgen de la Amargura— brilla por su riqueza ornamental y complejidad iconográfica, superando las innovaciones cromáticas de sus predecesores de 1901 y 1902. Sus bordados, que cubren por completo la superficie, presentan un conjunto simbólico de enorme sofisticación teológica.

En el centro del techo destaca una Inmaculada Concepción repujada y policromada, rodeada por una ráfaga de plata bordada y una mandorla de rosas doradas, simbolizando la plenitud de la Gracia. A ello se une una cuidada selección heráldica: escudos de la Hermandad, de la ciudad de Sevilla, de Asturias —por el vínculo con la Casa Real— y de las órdenes religiosas vinculadas a la corporación, entre los que se intercalan lemas marianos de tradición bíblica y patrística como Pulchra ut luna o Electa ut sol.

La profusión vegetal, con cardos, zarcillos, acantos y ramajes en espiral, añaden una capa más al discurso visual de clara inspiración barroca.

Orfebrería, historia y una pieza recobrada

La solemnidad del montaje ha sido reforzada por la orfebrería: los doce varales diseñados por Cayetano González en 1929, en plata de ley, han aportado no sólo su imponente presencia material, sino también su valor narrativo. Cada uno incorpora iconografía del colegio apostólico y de las virtudes cardinales, distribuidos en una arquitectura compleja de siete tubos articulados. Estas piezas, que sufrieron daños irreparables durante los sucesos de 1936, han conocido restauraciones sucesivas que las han devuelto a su antigua prestancia.

No menos emotivo ha sido el reencuentro con el antiguo manto azul bordado por Rodríguez Ojeda, cedido para la ocasión por la Hermandad del Desconsuelo de Jerez, a la que fue vendido en 1926. Desde aquel 28 de marzo de ese mismo año no se veía en Sevilla sobre los hombros de la Virgen de la Amargura. Su retorno, aunque efímero, ha permitido una recreación cercana al conjunto patrimonial original, en un gesto que ha sobrepasado lo meramente estético para convertirse en un acto de profunda fidelidad a la historia de la cofradía.

Un día para la historia devocional de Sevilla

La escena generada en San Juan de la Palma ha sido mucho más que un besamanos. Ha sido una recreación sensible del alma de la Hermandad, una catequesis plástica que ha hablado sin palabras al corazón de los devotos. La disposición bajo palio, el diálogo entre bordados y orfebrería, la luz matizada del templo y la recuperación de un manto perdido en el tiempo han conformado un acontecimiento irrepetible, llamado a ser recordado como uno de los momentos culminantes del año cofrade sevillano.

Y allí estuvo Benito Álvarez, cámara en mano, para que lo extraordinario no se disuelva en el olvido, sino que quede fijado en la retina de la ciudad.