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Córdoba, 💚 El Rincón de la Memoria

El terrible incendio que destruyó la Iglesia de la Magdalena

Hace tan sólo unas semanas se cumplieron cumplen treinta años, ocurrió un 5 de septiembre 1990, del día en que un terrible incendio en Córdoba destruyó completamente el interior de la Iglesia de la Magdalena, un templo ligado inequívocamente al pasado y al presente de la historia devocional de la Córdoba ya que albergó en sus entrañas algunas de las imágenes que gozan en la actualidad de un importante protagonismo en el seno de algunas cofradías cordobesas. La iglesia de la Magdalena, que da nombre al barrio que la alberga en su interior, es una de las iglesias fernandinas construidas en el siglo XIII por orden de Fernando III de Castilla tras la conquista cristiana de la ciudad en 1236. Es una iglesia de planta basilical con cabecera tripartita, con tres naves separadas por pilares que sostienen los característicos arcos doblados. Sobre ellos, apoya la cubierta, de bóveda de crucería para las naves laterales y artesonado la central, más ancha y alta que las laterales. La capilla mayor no cuenta con altar; en su lugar, una talla de María Magdalena, antigua titular de la iglesia, preside la capilla, con un crucificado. Su estilo artístico es el propio de la época en esta ciudad: estilo en el que se pone de manifiesto el influjo puramente castellano traído por los conquistadores, pero en el que es estilo tardorrománico que por entonces se trabajaba en Castilla, es sustituido por el mudéjar, combinado con elementos góticos. La portada de la Epístola es la más antigua de las iglesias de la ciudad. Actualmente la Iglesia de la Magdalena no es objeto de culto habiendo sido desacralizada habiendo sido convertida en una sala de exposiciones y conciertos vinculada a la Obra Social y Cultural de Cajasur en virtud de unas obras de restauración que se iniciaron en 1995 y culminaron en 1998.

Aquella fatídica tarde, las llamas se originaron cerca de las 20.00 horas en el retablo y se propagaron en apenas unos minutos por todo el templo. Treinta minutos más tarde, sin que la rápida actuación de los bomberos pudiese hacer nada por impedirlo, el techo de la nave central se derrumbó, favorecido por el estado ruinoso en que se encontraba desde hace años el edificio. Tres horas más tarde se logró apagar completamente el incendio que arrojó un balance desolador, la destrucción prácticamente integral del interior de la iglesia. El Obispo de Córdoba, José Antonio Infantes Florido, que hizo acto de presencia en el lugar de los hechos mostró su desolación por la pérdida, al igual que acudió el entonces alcalde Córdoba, Herminio Trigo quien apuntó a la sospecha de que el incendio fuese provocado; fueron muchos los vecinos que subrayaron que el inmueble era utilizado por okupas (mendigos les llamaban entonces). El incomprensible abandono hizo el resto para terminar de dictar una de las páginas más lamentables de la historia arquitectónica contemporánea de Córdoba.

La influencia de la Iglesia de la Magdalena en las cofradías cordobesas es un asunto sobradamente conocido por el gran público. No en vano son muchas las joyas que ha albergado entre sus muros. En las últimas décadas, la Córdoba Cofrade se ha venido esmerando y empleando a fondo en tareas y gestos simbólicos con los que muchas hermandades han pretendido honrar a los que un día fuesen sus titulares – o aún son – en un ejercicio de justicia en relación con su pasado y los antecedentes que, poco a poco, consiguieron dar forma e impulsar a las cofradías tal y como las conocemos actualmente. Estos detalles merecen, sin duda una mención especial, sobre todo teniendo en cuenta que ese respeto y cariño por la historia no siempre ha estado ahí por increíble que pueda parecer a las generaciones actuales. Y a su vez, ese desapego y desatención se tradujo en numerosas ocasiones en desapariciones, ventas, destrucciones o, simple y llanamente, en el olvido más absoluto con todo lo que esto conlleva.

Una de esta imágenes es el entrañable nazareno de la Hermandad del Buen Suceso, antigua imagen a la que el pueblo cordobés devolvió su atención con la fundación de la cofradía que se constituía en 1973 a iniciativa de un grupo de personas anteriormente vinculadas con el Colegio Parroquial de San Andrés, quienes realizaron los oportunos esfuerzos con los que lograron que la hermandad realizase su primera estación de penitencia tan solo un año más tarde. Con este ambicioso proyecto, los miembros fundadores devolvían un más que perdido protagonismo a la talla de Nuestro Padre Jesús del Buen Suceso, de la que no se ha podido conocer con certeza su autoría, pues de Él siempre se ha reiterado su anonimato a pesar de que los estudios apuntan al círculo de Pedro Roldán, con lo que sí quedaba revelado que su realización tuvo lugar en el lejano siglo XVII.

Con estos mismos datos se hacía eco el número de 1974 de Patio Cordobés de la recién creada cofradía a la que entonces se refería como “la más moderna de cuantas existen”, centrándose asimismo en la figura del nazareno, con quien se insiste en la posible autoría de Roldán y en la procedencia de la imagen, que nos conduce directamente a la durante muchos años ruinosa Iglesia de la Magdalena. Desde este enigmático templo, hogar de antiguas y fuertes devociones, sería trasladada la talla de Nuestro Padre Jesús del Buen Suceso con motivo de la fundación de la hermandad en la Parroquia de San Andrés, abandonando en ese momento por primera vez la iglesia en la que probablemente permaneció desde su llegada allí en el año 1772, dato que por lo tanto nos lleva a pensar en un destino anterior de la imagen. Hasta aquí llega la información oficial y más extendida entre los círculos más curiosos de la comunidad cofrade, lo que quiere decir que, seguramente, no haya muchas personas dentro del colectivo que conozcan las condiciones en que fue hallado el nazareno presumiblemente cercano a la escuela de Pedro Roldán, sobre el que el peso del transcurso del tiempo había caído inexorablemente, condenándolo a permanecer en silencio y durante largo tiempo bajo una escalera.

Francisco Melguizo sería, por su parte, el orgulloso descubridor del Santísimo Cristo de la Misericordia. Este hallazgo sería el detonante que le valdría al recordado cofrade para erigirse como una de las personalidades más destacadas del colectivo cofrade cordobés. Serían estos primeros acontecimientos los que le impulsaron a convertirse en el fundador de la hermandad establecida en San Pedro. Esta bella andadura comenzaba cuando la citada Iglesia de la Magdalena dejaba de ser parroquia para ceder esa categoría a la Basílica Menor de San Pedro, a la que ya pertenecería gran parte de la feligresía de Puerta Nueva. Aunque la Magdalena siguió abierta durante un tiempo su historia se vio irremediablemente interrumpida en 1929, año en que quedó definitivamente cerrada al público. En aquel momento, el interés de Melguizo por el templo, que comenzaba a mantenerse como un sigiloso vestigio del pasado, creció tras haber tenido conocimiento de la existencia de un retablo, obra de Alonso Gómez de Sandoval, que se encontraba en el altar mayor de la Magdalena. Ese descubrimiento fue el que guió sus pasos hasta la mítica iglesia para tener la ocasión de estudiarlo allí mismo.

Durante esa visita, Melguizo se encontró en aquel escenario con Juan Roldán, sacerdote en cuya compañía aprovechó para estudiar no solo el valioso y desaparecido retablo sino también el resto de elementos que se congregaban en la sede. El recorrido no pudo pasar por alto la presencia de una oscura y discreta capilla en cuyo fondo se escondía la esbelta figura de un crucificado. Entonces, la curiosidad de Melguizo se hizo manifiesta una vez más cuando, intrigado, solicitó al mencionado sacerdote un cirio que permitiese ver con claridad la imagen del Cristo – antiguamente también conocido como el Santísimo Cristo de la Salud – de quien el fundador de la Misericordia reconoció haber visto en Él “una imagen buena y me dio pena de verlo tan abandonado”. El padre Roldán presentaba en ese contexto al misterioso crucificado como el Cristo del Sagrario – lugar donde está tomada la instantánea que acompaña estas líneas – por ser del mismo nombre la capilla en la que Él se encontraba. Allí mismo permaneció al menos desde 1650, abandonando el citado sagrario únicamente para cumplir con las rogativas que se llevaban a cabo en tiempos de crisis, fuesen estas de la índole que fuesen, y cumpliendo con lo establecido mediante al acuerdo al que quedaban sujetas la Parroquia de la Magdalena y la antigua hermandad del Santísimo Sacramento.

No habían quedado ahí los descubrimientos, pues la iglesia aún albergaba en sus oscuros rincones otros tesoros que, en aquellos momentos, no eran más que unos tímidos y mudos recuerdos de devociones perdidas. Así pues, tras encontrar a su titular cristífero, la Hermandad de la Misericordia regresaría a la Magdalena nuevamente para hallar entre sus muros a la que pronto sería Nuestra Señora de las Lágrimas en su Desamparo, con la que se rescataba la historia de la conocida como Hermandad del Santo Rosario de los Dolores de Nuestra Señora, erigida en 1772 también procedente de la Iglesia de la Magdalena, concretamente de la Capilla de los Dolores o “Capilla de los Armentas” – situada en el evangelio, donde aún se conserva la hornacina que debió albergar la imagen – pues había sido fundada en 1413 por Rodrigo Alfonso de Armenta. Probablemente el nombre con el que se había popularizado aquella vieja capilla recibía el nombre de la advocación de la Virgen de las Lágrimas, puesto que antes de pasar a ser imagen titular de la Hermandad de la Misericordia había sido conocida como “los Dolores Chicos”, ya que tanto Ella como su original cofradía procedían de la Capilla de los Desamparados – luego casa situada en la esquina de la calle Ramírez de las Casas Deza con Conde de Torres Cabrera – lugar donde la talla estuvo tras dejar de pertenecer a la Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores, fundada a finales del siglo XVII en el cercano Hospital de San Jacinto de Capuchinos.

A lo anterior hay que añadir una anécdota como poco curiosa, ya que algunos testimonios de personas cercanas a Francisco Melguizo, aseguraban que había sido el fundador de la Hermandad de la Misericordia el encargado en ponerse en contacto con Juan Martínez Cerrillo para encargarle la hechura de una Virgen que más tarde sería María Santísima de la Paz y Esperanza. No obstante, el destino quiso que, en una de sus visitas a la Iglesia de la Magdalena, Francisco Melguizo descubriese la imagen cubierta de Nuestra Señora de las Lágrimas, luciendo un rostrillo negro que hizo resaltar el hermoso rostro de la Virgen, dejando al popular cofrade absolutamente impresionado, convencido de haber encontrado en la dolorosa a su ansiada titular mariana y decidido a devolverle el cariño del que gozase en el pasado.

Para concluir con la que en su día parecía ser una fuente inagotable de historia, aportando a la comunidad religiosa y cofrade magníficas y anteriormente veneradas imágenes, aún habría que detenerse en la Virgen de los Remedios. Por descontado, no nos referimos a la que habita en la emblemática Parroquia de San Lorenzo, sino a su homónima a la que el tiempo no respetó del mismo modo y que actualmente se conserva en la Basílica Menor de San Pedro. Se trata de otra antigua y desconocidísima Gloria, que al igual que el Cristo de la Misericordia, ya había recibido culto antes de su llegada a San Pedro donde se encuentra actualmente – en concreto en la hornacina del baptisterio – procedente de la cercana Iglesia de la Magdalena. Aunque ignorada por muchos y ya sin el fervor que suscitase en el martes 13 muchas décadas atrás, durante las que fueron tomadas fotografías como las que publicaba la propia Hermandad de la Misericordia en su página oficial, la antigua Virgen de los Remedios también consiguió captar las atenciones oportunas para no quedar sepultada bajo la pesada capa de la desmemoria en el antes templo de la Magdalena cuya historia consagrada fue interrumpida abruptamente por la voracidad de las llamas que la asolaron un 5 de septiembre.

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