¿Inspiración o imitación? El cartel de El Saucejo 2025 levanta sospechas por su semejanza con una obra de Nuria Barrera

El diseño de Laura Vega Sánchez para anunciar la Feria de El Saucejo de 2025 ha desatado un aluvión de comentarios tras evidenciarse su extraordinario parecido con el cartel que la reconocida artista Nuria Barrera realizó para la Feria de Alcalá de Guadaíra en el año 2022.

Hace tan solo unos días, el Ayuntamiento de El Saucejo proclamaba con júbilo a través de sus canales oficiales el fallo del jurado del I Concurso de Cartel de Feria, cuya obra ganadora había sido firmada por Laura Vega Sánchez, joven artista que, según el consistorio, había logrado “capturar con maestría la esencia de nuestra feria”. En la pieza, una mujer vestida de flamenca se asoma al balcón de una vivienda típicamente andaluza, contemplando desde allí el corazón del municipio: la plaza que cada año se transforma en epicentro de alegría, tradición y bullicio popular. A través de una cuidada perspectiva y composición, la imagen enmarca la figura femenina y el paisaje urbano, guiando la mirada del espectador hacia ese punto neurálgico donde todo confluye.

El cartel fue descrito oficialmente como un “homenaje visual a nuestras raíces”, donde colorido, orgullo local y alegría se entrelazan con vocación celebrativa. Una pieza que, en palabras del Ayuntamiento, “no solo adorna, sino que celebra lo que somos: una comunidad que vive sus fiestas con emoción, identidad y arte”.

Sin embargo, no han tardado en surgir voces críticas que cuestionan con contundencia la originalidad de la propuesta, al advertir una similitud más que evidente —e incómodamente precisa— con otra obra previa de una artista consagrada: el cartel de la Feria de Alcalá de Guadaíra del año 2022, firmado por Nuria Barrera Bellido, una de las autoras más reconocidas del panorama pictórico andaluz contemporáneo.

En aquel cartel alcalareño, Barrera retrataba a una mujer ataviada con traje de flamenca, situada igualmente ante un gran ventanal desde el que se proyecta un paisaje abierto al exterior. La mujer —de pie, con gesto sereno y contemplativo— se presenta como símbolo de esperanza, reencuentro y renovación espiritual, cualidades que la artista quiso subrayar incorporando, en el reflejo del espejo, el rostro de la Virgen de la Amargura, devoción íntimamente ligada a la autora. “Son las madres quienes cumplen la función de mantener viva la llama de la fe”, explicaba entonces Barrera, justificando así la inclusión de esta imagen sagrada como homenaje tanto a la Hermandad de la Amargura como al pregonero de la feria, el recordado Teo, amigo personal de la artista.

¿Hasta qué punto es lícito hablar de “inspiración” cuando los elementos compositivos, simbólicos y estéticos coinciden con tal exactitud? Esa es la pregunta que recorre ahora los círculos culturales y cofradieros, donde se sigue con atención esta polémica que, lejos de atenuarse, crece a golpe de comparativas virales que se propagan por redes sociales.

La semejanza es abrumadora. Ambas composiciones se centran en una mujer flamenca enmarcada en una arquitectura doméstica tradicional, ambas sitúan su figura de espaldas o perfilada frente a una apertura visual al exterior, y ambas exploran el contraste simbólico entre el espacio íntimo del hogar y la vastedad abierta de la plaza, la feria, el mundo. Y lo hacen —he aquí lo más inquietante— con una estructura formal prácticamente calcada, lo que ha hecho aflorar el término maldito: plagio.

El debate no es nuevo. En un panorama como el actual, en el que el acceso a referencias visuales es casi instantáneo y donde la creación artística se desenvuelve bajo la lupa implacable de internet, cualquier “coincidencia” resulta rápidamente escrutada. Y más aún cuando el supuesto original procede de una figura de peso como Nuria Barrera, cuya obra cuenta con un estilo inconfundible y reconocible.

Resulta difícil de entender cómo en plena era digital, donde la difusión de imágenes y referencias es masiva, se pueda presentar como novedad una composición que remite de forma tan explícita a otra ampliamente conocida. No se trata de una simple resonancia temática, ni de compartir un mismo universo costumbrista, ni es la primera vez que esto sucede, tal y como hemos denunciado en más de una ocasión en este medio. Estamos ante una estructura casi especular, donde los elementos esenciales se reproducen con fidelidad pasmosa.

¿Puede hablarse entonces de homenaje? ¿Es lícito reinterpretar fórmulas exitosas sin citar su procedencia? ¿O estamos más bien ante un ejemplo claro de apropiación visual sin permiso ni crédito?

El Saucejo, sin quererlo, se ha convertido en el epicentro de un debate incómodo pero necesario sobre los límites de la creatividad y el respeto al trabajo ajeno. Mientras tanto, la obra de Laura Vega Sánchez, lejos de recibir el aplauso unánime que suele acompañar al cartel de feria, ha quedado atrapada en una sombra que pone en entredicho no solo su legitimidad, sino la del propio concurso que la ha elevado a imagen oficial de las fiestas.

Ningún artista está exento de influencias. Pero hay una línea que, una vez cruzada, deja de llamarse inspiración. Y esa línea, en esta ocasión, parece haberse traspasado con una osadía desconcertante.