La historia de la religiosidad popular, que se halla profundamente enraizada en las entrañas de nuestra idiosincrasia, está repleta de hitos que han determinado su desarrollo y han potenciado su brillo condicionado de manera inexorable su propia existencia y por ende el propio devenir histórico de las ciudades en las que esta religiosidad popular se desarrolla. Cada 9 de mayo la hermandad de los Dolores celebra el aniversario de la Coronación Pontificia, autorizada por una Bula Papal suscrita por Su Santidad Pablo VI, de Nuestra Señora de los Dolores, uno de estos hitos inequívocos que marcaron la devoción popular en la ciudad de San Rafael, de manera particularmente acusada en la segunda mitad del siglo XX. Un acontecimiento que paralizó la ciudad y puso el foco de toda España en su más importante devoción mariana.
El 9 de mayo de 1965 dos acontecimientos diametralmente distintos y al mismo tiempo íntimamente relacionados, por cuanto representan el espíritu del pueblo en el que tuvieron lugar, dos eventos de una trascendencia superlativa, coincidieron bajo el cielo de Córdoba. En la entonces lejana frontera que se situaba el final de Ciudad Jardín, fue inaugurada la plaza de toros de Los Califas, con una corrida a beneficio de la Asociación Española Contra el Cáncer en la que participaron Manuel Benítez el Cordobés, José María Montilla y Zurito, lidiando reses de Carlos Núñez. Si aquel acontecimiento determinó de manera definitiva la evolución de la afición taurina cordobesa no menos importante fue lo que ocurrió aquella intensa jornada en la que Córdoba coronó a la Reina de San Jacinto en otro punto de la ciudad.
Ocurrió en la Avenida Conde de Vallellano, frente al Hotel Palace, un punto simbólico que representaba su apertura hacia la modernidad que estallaba en manos de sus conciudadanos en pleno ecuador de la década de los 60 y a un paso de la Santa Iglesia Catedral y de la Córdoba más profunda, la de sus callejuelas, la de su legendaria y eterna Judería, como si quienes idearon que fuese allí, precisamente allí, donde la Señora de Córdoba fuese coronada, desearan evidenciar una suerte de simbiosis entre tradición y modernidad, metáfora perfecta de que la devoción popular permanece inalterable pese el transcurrir de los tiempos.
Consciente de la importancia que este acontecimiento supuso para la ciudad la Asociación de Vecinos Vallellano está promoviendo la instalación de un recuerdo aún por concretar en este enclave. Una propuesta que aún se halla en su germen y que pretende rememorar este hito.
Miles de personas se dieron cita en aquel rincón de Córdoba, travestido de corazón íntimo de la ciudad, que latió poderoso solamente para Ella. El evento, que concitó la atención de toda España, como revela el extracto del NO-DO con el que finaliza este artículo, representó la rúbrica de una interrelación entre la Virgen de los Dolores y el pueblo de Córdoba que se ha ido fraguando a lo largo de los últimos tres siglos alimentándose de miles de devociones individuales, de miles de oraciones y miradas y miles de sentimientos que siempre buscaron en la joya Servita el cauce insustituible a través del cual alcanzar las orillas de Dios.
El altar, al que la Virgen llegó procedente de la Santa Iglesia Catedral después de que se celebrase allí un triduo en su honor, se dispuso de tal forma que el Cardenal Bueno Monreal, desde las espaldas de la Dolorosa, dispusiera la presea sobre sus sienes ante la expectación de los miles de cordobeses y las múltiples autoridades presentes, que no quisieron faltar a su cita con su Madre, una cita que marco la historia de la Hermandad para siempre. La Virgen de los Dolores se presentó ante su pueblo ataviada con el legendario Manto de las Palomas y fueron precisamente palomas las que se elevaron al cielo en su honor con motivo de tan magno acontecimiento.
Una devoción incalculable que más de medio siglo después permanece vigente, superando las modas y las vicisitudes que inevitablemente acompañan el caminar de todas las cosas, para confirmar que pase lo que pase, Córdoba será siempre el altar eterno en el que reluzca con su fulgor inabarcable y perenne la Virgen de los Dolores, la Madre de Córdoba.
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