Septiembre cayó sobre el Campo de la Verdad con esa luz tibia que parece hecha para acompañar los reencuentros. En la parroquia de San José y Espíritu Santo, después de casi seis meses apartada del culto, Nuestra Señora de los Dolores y del Rayo aguardaba sobre su paso, recién recuperada por una intervención de conservación y restauración que ha devuelto a la ciudad no solamente una imagen, sino también preguntas, certezas y fragmentos de una historia que hunde sus raíces en los primeros años del siglo XVII. A las siete de la tarde, las puertas se abrieron y la Virgen volvió a la calle acompañada por la Banda de Música de El Saucejo, mientras el barrio acudía a recibir a una devoción que ha atravesado generaciones enteras. Y en algún punto del público, una mujer pudo resumir con la sencillez de quien lleva mucho tiempo esperando aquel instante todo lo que significaba volver a verla: «Ya estás otra vez con nosotros, Madre».
Una Virgen que regresaba después de seis meses
No era una salida más. Sobre aquel paso viajaba también la memoria de los meses en los que la Virgen permaneció lejos de la veneración de los fieles, mientras las manos de Ana Infante de la Torre trabajaban sobre su estructura, sus materiales y su policromía. El 15 de septiembre había regresado a su templo y, un día después, pudo ser contemplada en veneración extraordinaria por hermanos, devotos y vecinos que acudieron a descubrir el resultado de una intervención que ha permitido recuperar parte de su policromía original, especialmente en el rostro y las manos, además de poner nuevamente en valor sus manos primitivas. Por eso, cuando esta tarde volvió a cruzar el umbral de San José y Espíritu Santo, cada mirada parecía detenerse en aquellos detalles que durante tantos meses solamente habían podido ser contemplados por quienes trabajaron directamente sobre la talla. Una restauración había terminado, pero comenzaba ahora otra etapa: la de volver a verla entre quienes le han rezado durante generaciones.
Y mientras la Banda de Música de El Saucejo comenzaba a acompañar su caminar, la escena adquirió ese carácter solemne que tienen los regresos largamente esperados. La Virgen del Rayo volvía a ser una imagen de calle, a reencontrarse con sus vecinos y a recuperar un itinerario que no era únicamente geográfico, sino sentimental. Había calles por las que pasaría esta tarde y que, durante décadas, han aprendido a reconocerla; había personas que la habían contemplado antes de la restauración y otras que la descubrían ahora con una mirada diferente. Entre unas y otras se tendía un mismo hilo de devoción, ese que permite que una imagen antigua siga siendo presente para quienes se sitúan hoy frente a Ella.
El Campo de la Verdad sale a su encuentro
La procesión fue avanzando por el entorno del Campo de la Verdad y la Virgen comenzó a recuperar poco a poco los lugares que forman parte de su paisaje devocional. Virgen del Rayo, Fray Pedro de Córdoba, Adalid, Tenerife y Doña Aldonza fueron componiendo los primeros capítulos de una tarde en la que el barrio volvió a reconocerse alrededor de su imagen. Cada esquina ofrecía una perspectiva diferente y cada grupo de personas parecía guardar su propia relación con Ella. Había quienes habían acudido expresamente para verla después de la restauración y quienes simplemente se dejaron llevar por el sonido de la música hasta terminar frente al paso. Entre el público, una madre pudo señalarla a su hijo mientras le explicaba que aquella Virgen llevaba mucho tiempo sin salir, como si estuviera entregándole no solamente una imagen, sino un pequeño fragmento de la memoria del barrio.
La procesión continuó hasta Beato Henares, donde la tarde empezaba a adentrarse en una nueva fase. El paso de la Virgen tenía ahora ese aire sereno de las imágenes que parecen conocer las calles por las que transitan. Y quizá por eso resultaba imposible contemplarla sin pensar en el tiempo. Más de cuatro siglos de historia podían estar concentrados en aquellos materiales, en aquella madera, en aquellas manos que la restauración había permitido recuperar y en un rostro cuya presencia ha sobrevivido a generaciones. La calle contemporánea quedaba, durante unos instantes, frente a una devoción nacida en otro tiempo, como si el pasado hubiera decidido caminar esta tarde entre nosotros.
La Virgen que guarda un secreto entre sus manos
Porque la historia de Nuestra Señora de los Dolores y del Rayo ha adquirido, tras la restauración, una profundidad especial. Los análisis realizados sobre la talla han situado provisionalmente su ejecución entre 1604 y 1606, una datación que todavía debe recibir la certificación definitiva, pero que abre una perspectiva extraordinaria sobre su antigüedad. Si finalmente se confirma, la Virgen del Rayo pasaría a ser considerada la imagen mariana más antigua datada de Córdoba. Y mientras esta tarde avanzaba por las calles, esa posibilidad convertía cada instante en algo todavía más singular: quienes la contemplaban no estaban solamente ante una devoción recuperada, sino ante una imagen que podría conservar en su propia materialidad más de cuatro siglos de historia cordobesa.
Existe, además, un detalle que hace todavía más sugerente esa hipótesis. La Hermandad del Descendimiento ha consultado documentación conservada en la parroquia de San José y Espíritu Santo en la que aparecen referencias a la devoción a la Virgen del Rayo alrededor del año 1605. La coincidencia entre esa documentación y la datación provisional obtenida mediante los análisis abre un camino de investigación en el que la materia y el documento parecen encontrarse en un mismo horizonte cronológico. Esta tarde, sin embargo, toda esa investigación quedó suspendida por unos momentos ante la emoción de contemplarla en la calle. La historia podía esperar; la Virgen estaba pasando.
Cuando una restauración también devuelve memoria
La intervención dirigida por Ana Infante de la Torre tampoco ha sido una cuestión exclusivamente estética. La restauración nació de la necesidad de actuar sobre diferentes aspectos relacionados con la conservación y estabilidad de la talla, pero terminó ofreciendo mucho más: permitió recuperar parte de la policromía original y devolver protagonismo a elementos primitivos como las manos, al tiempo que proporcionó nuevos datos para profundizar en el conocimiento de la imagen. La restauración no borró las huellas del tiempo; permitió comprenderlas mejor y conservar aquello que el tiempo había conseguido preservar.
En ese sentido, la salida de esta tarde parecía convertirse en la culminación visible de todo un proceso. Después de meses de ausencia, de trabajos, estudios, cultos y expectación, la Virgen regresaba a las calles. El 16 de septiembre había sido venerada de manera extraordinaria y entre los días 17 y 19 se había celebrado el triduo en su honor, con el rezo del Santo Rosario y la Eucaristía. Todo conducía hasta esta jornada. El culto había preparado el reencuentro y la procesión lo hizo realidad.
La avenida de Cádiz y el abrazo de las calles
Cuando la Virgen alcanzó la avenida de Cádiz, la procesión adquirió otra dimensión. El espacio permitía contemplar con amplitud el paso mientras los sones de la formación musical sevillana acompañaban su avance y el cortejo seguía escribiendo su recorrido por el barrio. La escena tenía algo de celebración y algo de regreso a casa, como si la Virgen estuviera recorriendo nuevamente un territorio que le pertenece por la fuerza de los años y de la devoción.
En torno al paso se repetían las miradas, las fotografías y las conversaciones. Alguien comentaba los cambios apreciables tras la restauración; otro recordaba cómo era la Virgen antes de marcharse; una mujer permanecía en silencio con las manos juntas mientras el paso se acercaba. Cada persona parecía contemplar una Virgen distinta porque cada cual la miraba desde su propia historia, pero todas coincidían en un mismo punto: había vuelto.
Después llegaron Burgos, Fray Albino y la Bajada del Puente, y con cada nuevo enclave la tarde iba quedando atrás. El cielo comenzaba a cambiar de tonalidad y la Virgen continuaba su camino, acompañada por una devoción que ha sabido sobrevivir al paso de los siglos y también por una hermandad que desde 2020 trabaja en la recuperación y puesta en valor de esta antigua advocación.
Una devoción que volvió a casa
La relación contemporánea entre la Virgen del Rayo y la Hermandad del Descendimiento se remonta precisamente a 2020, cuando la imagen regresó a la corporación después de la disolución de la hermandad que hasta entonces había mantenido su culto. Pero aquella historia reciente no comenzó desde cero: la imagen ya había procesionado junto al Santísimo Cristo del Descendimiento en los primeros años de la corporación, dejando constancia de un vínculo que pertenece a la propia memoria de la hermandad.
Por eso, al atravesar esta tarde las calles del Campo de la Verdad, la Virgen no caminaba únicamente hacia el templo. Caminaba también sobre una historia recuperada. Una historia que tiene su raíz en una devoción documentada desde los primeros años del siglo XVII y que, tras distintas circunstancias, ha vuelto a encontrar un lugar dentro de la Hermandad del Descendimiento. La restauración ha sido, en ese sentido, otro capítulo de una recuperación que comenzó años atrás y que esta tarde pudo contemplarse en toda su plenitud.
Santo Cristo y el último tramo de la tarde
La llegada a Santo Cristo, en torno a las nueve de la noche, encontró a la Virgen ya inmersa en la última parte de su recorrido. Después atravesó Virrey Moya, Segunda de Miraflores y Fernández de Córdoba, mientras la noche comenzaba definitivamente a envolver el barrio. La música seguía acompañando el paso y la cuadrilla costalera, mandada por David Arce, conducía a la Virgen en un caminar que parecía acompasarse con el sentimiento de quienes sabían que quedaba poco para regresar al templo.
A esas alturas, la procesión ya había dejado atrás la expectación de la salida y había entrado en ese territorio íntimo de las despedidas. El público comienza a mirar de otra manera cuando sabe que una procesión se acaba. Se busca una última fotografía, una última mirada, un último instante para guardar la imagen antes de que desaparezca tras la puerta. Y mientras la Virgen se acercaba a la plaza de la Iglesia, alguien pudo decir a quien tenía al lado que después de tantos meses había merecido la pena esperar. Quizá esa frase resumiera toda la jornada.
Cuatro siglos mirando a Córdoba
Cuando el paso afrontó el tramo final hacia el Paseo Cristo del Descendimiento, la historia parecía concentrarse en unos pocos metros. La Virgen que podría haber sido tallada entre 1604 y 1606 regresaba al lugar del que había partido, después de una restauración que ha permitido conservarla, estudiar su materialidad y descubrir nuevas claves sobre su pasado. A su alrededor caminaban personas nacidas muchos siglos después de aquella posible fecha de ejecución, pero unidas por la misma devoción. Cuatro siglos podían caber en una sola tarde.
La entrada, finalmente, se produjo en torno a las diez de la noche y, cuando la Virgen volvió a aproximarse a su templo, quedaron atrás las calles, la música y el bullicio. Pero quedó también algo más difícil de medir: la emoción de quienes habían esperado su regreso, el orgullo de quienes han trabajado por conservarla y la certeza de que una restauración no solamente puede devolver estabilidad a una imagen, sino también abrir nuevas páginas en la historia de una ciudad.
Y así, mientras Nuestra Señora de los Dolores y del Rayo regresaba a San José y Espíritu Santo, el Campo de la Verdad recuperaba una presencia que llevaba meses echando de menos. La Virgen había vuelto a caminar entre los suyos y lo hacía llevando sobre su paso algo más que flores, música y devoción: llevaba las huellas de un pasado que quizá comenzó hace más de cuatrocientos años y que esta noche volvió a hacerse presente ante los ojos de Córdoba.
























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