El Gran Teatro de Córdoba se ha vestido de gala este peculiar sábado de Cuaresma para acoger la celebración de un pregón también singular, único e irrepetible, que ha creado una expectación indisimulada entre el público asistente, ávido de paladear sabores inherentes a la Semana Santa y respirar, metafóricamente, el aroma del incienso que la miserable pandemia que nos asola nos ha hurtado respirar en las calles de Córdoba.
Poco a poco, como queriendo retener el momento, llegaban los asistentes. Miembros de hermandades, familiares de los pregoneros, representantes de la clase política, con el alcalde, José María Bellido, a la cabeza así como Isabel Ambrosio, Salvador Fuentes, Andrés Lorite y Luis Martín, entre otros… y medios de comunicación. Todos ocuparon su sitio asignado, siempre cumpliendo con las normas de seguridad vigentes.
A las 18:05 dio comienzo el acto, subiendo el telón para desvelar un piano a los pies de la cruz, flanqueada por los bacalaos de las Hermandades de los pregoneros. Como preámbulo a lo que había de acontecer, se han entregado los nombramientos de Cofrade Ejemplar. Fernando Morillo, Cofrade Ejemplar designado el año pasado, y Ángel María Varo, galardonado en 2021, han subido al escenario mostrándose muy agradecidos por tal distinción que han sido entregadas por la Presidenta de la Agrupación, Olga Caballero.
A continuación, sones de marchas procesionales han llenado de magia el Gran Teatro de la mano de la impecable y embriagadora interpretación de las marchas «Un recuerdo», «Lágrimas y Desamparo», «El Cielo de Capuchinos» y «De tus Penas, soleares», por parte de los hermanos Wals Dantas, Rafael al piano y Eduardo al violín, que han transportado al espectador a esos momentos íntimos, personales e intransferibles que se viven en cada plaza, en cada esquina, en medio del bullicio que cada Semana Santa nos regala. Una interpretación evocadora que ha provocada el nostálgico brillo en la mirada de muchos de los ensimismados asistentes.
A su término, y tras una sonora ovación del respetable, consciente de haber sido testigo de un momento inolvidable, ha tomado la palabra Rafael Fernández, encargado de presentar a los pregoneros de este año. Con el telón bajado, como si se tratara de guardar un emocionante secreto materializado en seis atriles, ha presentado Rafael Fernández a Maite Montero, Gonzalo Herreros, Pastora Doctor, Miguel Ángel Lopera, Andrés Romero y Domingo Torres.
Fernández ha hecho referencia al silencio que nos tocó vivir el año pasado y al Decreto de Trevilla como el otro gran virus que asoló a las hermandades cordobesas a lo largo de la historia, privando a la ciudad de ellas durante treinta años, pero que Córdoba logró superar. Mensaje lleno de esperanza que subraya la fortaleza de nuestras tradiciones, imposibles de vencer pese a la crudeza del efecto de enemigos como el que ahora sufrimos.
Fernández ha recordado a los primeros pregoneros de la historia de Córdoba y ha realizado una semblanza de los pregoneros cuyos textos articula la antología que ha concebido Miguel Ángel de Abajo para anunciar esta sui generis Semana Santa: Pablo García Baena, Fray Ricardo de Córdoba, Francisco Montero Galvache o Francisco Melguizo.
Un pregón orientado a «mantener vivos a aquellos que con sus textos mantuvieron nuestra Semana Santa», ha afirmado Miguel Ángel de Abajo, que ha subrayado que se trata de «un pregón nuevo que funde textos antiguos con fragmentos de pregones nuevos; Un pregón para y por la Semana Santa», pronunciado por «seis voces«, que son «seis corazones«. Voz -la de Miguel Ángel- que se fundió en negro para dar comienzo al pregón.
Tinieblas. Todo está oscuro. De repente el telón se abre y un niño sale a escena, escenificando una mañana de Domingo de Ramos, canastilla de Merced que anuncia el comienzo de la Semana Santa. Tras su alegato ilusionado e ilusionante, los pregoneros han ido tomando la palabra, alternativamente enfatizando el valor de la Cuaresma como preludio de la Semana Santa… un preludio lleno de cultos y espiritualidad…
Las seis voces han regalado un retablo de cofradías, cuajado de hermandades extinguidas, de hermandades recientes y otras con una historia más longeva. Un retablo preñado de escenas vigentes y perdidas en la memoria colectiva de Córdoba, como las de la Caridad en el Potro, la Sangre en el Convento del Císter, el sabor inconfundible del Cerro en su popular y populoso barrio o la Esperanza en Santa Marina, «que hasta para verla por La Lagunilla Manolete se ponía en pie». Escenas no vividas por los más jóvenes, como el paso de Misericordia por la Magdalena, las saetas de «La Talegona» a la salida del Calvario o la primera vez que María Santísima de la Concepción pisó las calles de la ciudad.
A lo largo de su intervención, los pregoneros han realizado un emotivo recorrido histórico y sentimental, a través de las hermandades pero también a través de sus vivencias de niñez, de sus recuerdos atesorados. Una Semana Santa diferente a la que vivimos hoy pero que ha sentado las bases de la Semana Santa que vivimos hoy.
Un pregón diverso, enhebrado con mimo, con sensibilidad y cercanía, cuyo hilo conductor ha sido la misma historia de las cofradías cordobesas y los cofrades, presentado y presenciado mediante la mirada íntima de seis cofrades que, fundida con la palabra de cofrades inmortales, han materializado sus recuerdos y sus vivencias para dar forma a un secuencia de instantes, un rosario de acontecimientos, muchos de ellos transmitidos de un modo tan gráfico que bastaba con cerrar los ojos para ser testigo de lo contado, como el recuerdo de Pastora Doctor de su abuelo y la primera estación de penitencia en la que llevó su cubrerrostro.
Un pregón con instantes para la introspección como la reflexión de Maite Montero sobre su condición de Cofrade que ha concluido con una declaración de amor al mismo Dios a través de su familia y su Hermandad. Con momentos para la emoción como la saeta esbozada por Andrés Romero y hasta para un extemporáneo alegato de una Madrugá, más imaginada que real, que ha sido aplaudido por parte del público asistente -ya saben que el silencio de los no partidarios no se escucha cuando otros aplauden-, buena parte del cual huye despavorido cada año, a sus casas o a Sevilla, cuando el Jueves Santo llega a su fin y la Buena Muerte camina hacia la Catedral.
Un conglomerado de emociones, de sensaciones, de vivencias, de imágenes y pensamientos. Un pregón inusual, peculiar, para un año de esperanza. Un pregón donde la puesta en escena ha sido tan importante como la palabra. Una palabra de recuerdo, una palabra de futuro… una palabra de resurrección, de Alegría y de Esperanza «de que acabe esta noche oscura y larga… » para concluir con un grito de luz: «que tu Merced nos libere, dame la mano, Esperanza».






