Madrugada de Viernes Santo.
Hoy volverá a morir Jesús en la Cruz. Todo se ha cumplido. ¿Cómo el que todo lo puede no ha podido evitar esta muerte, la suya propia? ¿Cómo la Muerte ha podido apagar al que es la Vida?
El cortejo de silencio, el cortejo de nazarenos de negro, el cortejo de la Buena Muerte, sale cuando el Jueves Santo muere y nace otro Viernes Santo. La plaza de San Hipólito es un bullicio silencioso.
El Santísimo Cristo de la Buena Muerte es llevado con un andar tranquilo y calmado. Todo el calvario se ha teñido del rojo de su sangre. Ya no queda más sangre que derramar. Los cuatro velones crean luces y sombras en su rostro, mientras su silueta se recorta en el fondo verde de la arboleda por el Bulevar.
Y bajo el paso de palio por excelencia de Córdoba, con un caminar largo y profundo, Nuestra Señora Reina de los Mártires, en un paso tan rojo como la sangre que ha derramado su Hijo. Sólo la flor blanca de las piñas que lucen entre los varales y delante de su candelería contrastan con la plata de los respiraderos y el rojo de los bordados. La Virgen vuelve a tener en sus sienes la Corona de salida ahora restaurada, como estreno de la Cofradía para este año.
Obra maestra del patrimonio cofrade cordobés, como se pudo contemplar hace unos meses en la Catedral. Oportunidad de admirar con detenimiento y desde todos los ángulos este conjunto artístico que es joyero donde portar su única joya, la Reina de los Mártires. La Reina de quienes dieron y siguen dando la vida por la Fe cristiana, la Reina de quienes hoy siguen muriendo víctimas de la guerra, el hambre, las enfermedades; la Reina de quienes mueren sin haber tenido la oportunidad de comenzar a vivir. La Reina de la Cristiandad.
La madrugada se muere cuando la Buena Muerte regresa a la Colegiata. Es Viernes Santo. Jesús muere.














































